Vivimos en una época en la que confundimos con demasiada facilidad la fama con la influencia. Solemos pensar que quien más seguidores tiene, quien más aparece en televisión o quien más veces vemos en redes sociales es, automáticamente, la persona más influyente del planeta.
Pero ¿es realmente así?
Desde hace un tiempo llevo dándole vueltas a una pregunta que parece sencilla, pero que cada vez me resulta más difícil responder:
¿Quién es realmente conocido en el mundo?
No hablo de ser famoso en Occidente, ni de aparecer en los medios, ni de acumular millones de seguidores. Me refiero a ser conocido por personas completamente diferentes entre sí: alguien que vive en una gran ciudad europea, un agricultor en una zona rural de Asia, una familia en África, un joven en Latinoamérica o una persona mayor en un pequeño pueblo de cualquier rincón del planeta.
Es una pregunta que me ha acompañado durante semanas.
He decidido hacer el mismo ejercicio con distintas personas. La respuesta casi siempre cambia. Algunos responden Jesucristo. Otros mencionan a Donald Trump. También aparecen nombres como Michael Jackson, Cristiano Ronaldo o Elon Musk.
Cada respuesta refleja mucho más a quien responde que a la realidad.
Porque nuestra percepción del mundo está condicionada por nuestro entorno, nuestra cultura, nuestra edad y la información que consumimos.
Por curiosidad, también hice la misma pregunta a la inteligencia artificial. Entre las respuestas aparecían Jesús de Nazaret, Mahoma, Michael Jackson o algunos de los grandes líderes de la historia. Y probablemente tenga sentido. Sin embargo, ni siquiera así podemos afirmar que exista una persona conocida absolutamente por todo el mundo.
Y entonces entendí que quizás estaba buscando la respuesta equivocada. La verdadera cuestión no es quién tiene más influencia.
La verdadera pregunta es:
¿Qué haces tú con la influencia que ya tienes? Porque todos influimos en alguien.
Un profesor influye en sus alumnos. Un padre influye en sus hijos.
Un empresario influye en su equipo. Un amigo influye en otro amigo.
Incluso ese estudiante que se sube por primera vez a un escenario delante de sus compañeros puede convertirse, sin saberlo, en una inspiración para alguien que lo observa desde la última fila.
La influencia no siempre necesita millones de personas para existir. A veces basta una sola.
Nos hemos acostumbrado a medir el impacto en números: seguidores, visualizaciones, “me gusta”, alcance o reproducciones. Sin embargo, casi nunca medimos aquello que realmente importa: cuántas personas cambiaron una decisión, encontraron una motivación o se atrevieron a dar un paso gracias a nosotros.
Quizás nunca sepamos hasta dónde llega nuestra influencia. Tal vez una conversación cambió el rumbo de alguien.
Quizá una palabra de ánimo evitó que otra persona abandonara.
O una simple forma de actuar sirvió como ejemplo para quien nos observaba en silencio. La influencia no siempre hace ruido.
Muchas veces trabaja en silencio.
Por eso, más que obsesionarnos con ser conocidos por todo el mundo, quizá deberíamos preocuparnos por algo mucho más importante: qué mensaje dejamos allí donde sí somos escuchados.
Porque el valor de la influencia nunca ha estado en la cantidad de personas que nos conocen.
Siempre ha estado en la calidad de la huella que dejamos en quienes se cruzan en nuestro camino.
Al final, ninguno de nosotros sabe cuál será el verdadero alcance de su vida. Pero todos podemos decidir qué tipo de influencia queremos ejercer desde hoy.
Y, probablemente, esa sea la única influencia que realmente merece la pena construir.
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