Hay algo que últimamente me pasa cada vez más cuando entro en redes sociales: veo una imagen o un vídeo y durante unos segundos me pregunto si eso que estoy viendo ocurrió de verdad.
Y creo que no soy el único.
La inteligencia artificial ha avanzado a una velocidad impresionante. Hace no demasiado tiempo era relativamente fácil reconocer una imagen creada con IA. Hoy tenemos fotografías, vídeos, voces e incluso personas que parecen completamente reales y que nunca han existido.
Internet se está llenando de contenido creado con inteligencia artificial y, personalmente, no creo que eso sea necesariamente malo. Yo mismo utilizo IA prácticamente todos los días y me parece uno de los avances tecnológicos más importantes que hemos vivido en los últimos años.
El problema empieza cuando no sabemos qué estamos viendo.
Desde el 2 de agosto han comenzado a aplicarse nuevas obligaciones del Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial, el conocido AI Act, y una parte importante tiene que ver precisamente con la transparencia y con poder identificar determinados contenidos creados o manipulados con inteligencia artificial.
No voy a entrar demasiado en la parte técnica porque no es mi campo, pero sí hay algo de todo esto que me parece importante.
La inteligencia artificial necesitaba cierto orden.
Y cuando hablo de orden no hablo necesariamente de ponerle freno.
Cuando aparece una tecnología con semejante capacidad para cambiar nuestra manera de trabajar, crear y comunicarnos, creo que es lógico que existan unas reglas. No solamente para establecer límites, sino para saber cómo utilizarla y bajo qué condiciones.
Porque una cosa es ver una imagen sabiendo que está creada con inteligencia artificial y otra muy diferente es pensar que estás viendo algo que realmente ocurrió.
Ahí el espectador siempre está en desventaja.
Por eso me parece positivo avanzar hacia una mayor transparencia. Que podamos saber cuándo algo ha sido generado o manipulado de manera significativa con IA y decidir, con esa información, cómo queremos interpretarlo.
Las propias plataformas llevan tiempo moviéndose también en esa dirección. Facebook e Instagram, por ejemplo, ya cuentan con sistemas para identificar determinados contenidos relacionados con inteligencia artificial.
Y tiene sentido.
Al final, las redes sociales deberían servir para conectar personas. Podemos utilizar IA para trabajar mejor, crear, editar, automatizar o ayudarnos a desarrollar una idea, pero creo que sería un error convertir nuestras redes en un lugar lleno de avatares, situaciones inexistentes y contenido creado simplemente por crear.
De hecho, creo que puede ocurrir algo curioso.
Cuanto más artificial sea internet, más valor va a tener lo humano.
Cuando cualquiera pueda crear una fotografía perfecta en segundos, quizá tenga más valor una fotografía real. Cuando podamos generar vídeos impecables con un clic, quizá queramos escuchar más a una persona hablando desde su experiencia.
Porque la IA puede ayudarnos muchísimo, pero no debería sustituir nuestro criterio, nuestras ideas o nuestra capacidad de contar algo.
No creo que tengamos que tener miedo a la inteligencia artificial. Todo lo contrario. Creo que tenemos delante una herramienta extraordinaria y que todavía estamos empezando a descubrir todo lo que puede aportarnos.
Pero precisamente por eso necesitamos aprender a utilizarla bien.
Y quizá el primer paso sea bastante sencillo: que cuando miremos una pantalla podamos saber qué es real, qué es artificial y hasta qué punto lo es.
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