Nadie abre un negocio para mirar una acera vacía a través de una persiana a medio bajar. En Ceuta, la rutina diaria se ha roto por lo más elemental: el miedo. No hacen falta discursos ideológicos para entender qué ocurre cuando una madre decide no llevar a su hijo al colegio, cuando la compra de la semana se hace esquivando patrullas militares o cuando las playas de siempre quedan inutilizadas por asentamientos de chabolas. La realidad no es abstracta ni admite eufemismos: se traduce en cajas registradoras que han perdido un 80% de su facturación y en familias enteras encerradas en sus propias casas.
El espacio público ha dejado de pertenecer a los vecinos. Escuchaba a una vecina decir en la tele: “Quiero volver sola y borracha a casa”; he de reconocer, que me sacó una sonrisa. Dar un paseo al atardecer o sentarse en una terraza a tomar una cervecita fresca se ha convertido en un recuerdo del pasado. Quien antes bajaba a la orilla a pasar la tarde se topa hoy con un entorno degradado que expulsa a cualquiera. No es una molestia menor: es la confiscación del derecho más básico de una comunidad, que consiste en poder pisar su propia calle sin mirar de reojo. Esa parálisis asfixia a la economía real. La sangría de los comercios locales no es un índice macroeconómico de despacho; es la ruina del tendero, del camarero y de familias enteras que ya no llegan a fin de mes. Y junto a la quiebra material, la fractura más grave: niños que han perdido semanas de verano encerrados entre cuatro paredes y que hoy sienten verdadero terror ante la sola idea de salir para ir a la escuela.
Y al otro lado de la valla, el palacio de Rabat se frota las manos. No hay ingenuidad posible a estas alturas: a Marruecos le trae sin cuidado el recuento de cadáveres en el mar. Cada oleada humana no es una fuga espontánea, sino un instrumento de desgaste deliberado. Cuanto mayor sea la tensión en nuestras calles, más débil parece el Estado y más fácil resulta estrangular puntos estratégicos clave como el puerto de Ceuta, ahogando su pulso comercial. Frente a esta agresión por goteo, la sumisión y la pasividad del Gobierno central adquieren tintes incomprensibles. Resulta legítimo preguntarse qué pactos inconfesables, qué deudas ocultas o qué cobardías mueven los hilos de un poder que prefiere mirar hacia otro lado mientras desmantelan una parte de su propio territorio.
Hagamos un ejercicio de honestidad elemental: si esta catástrofe no ocurriera en Ceuta sino en Tarifa, la reacción habría sido diametralmente opuesta. Bruselas habría activado gabinetes de crisis en cuestión de horas, los fondos de emergencia de Frontex habrían desembarcado de inmediato y los titulares internacionales abrirían con la amenaza a las puertas del continente. Pero Ceuta está al otro lado del Estrecho. Catorce kilómetros de agua bastan para que la diplomacia europea y la complacencia de Madrid se encojan de hombros bajo esa máxima no escrita pero bien conocida: está lejos, no es nuestro patio trasero, no nos sacude de lleno. Es la misma miopía del que piensa que el fuego en casa del vecino nunca cruzará el pasillo. Eso le dijo Pedro Sánchez a Europa cuando le pidieron armarse por la amenaza de Rusia, y de aquellos polvos, estos lodos.
Ceuta ha sido abandonada. Y lo ha sido en todos sus frentes.
La Policía Nacional y la Guardia Civil están a años luz de contar con las plantillas necesarias. Al Ejército se le despliega en las esquinas poco menos que como guardias jurados de centro comercial, atados de pies y manos, sin competencias reales ni respaldo operativo. Los juzgados sobreviven bajo mínimos y la sanidad pública trabaja al borde del colapso asistencial. Mientras el Gobierno gasta energías en sacudirse las culpas y la oposición calcula el rédito del desgaste, la ciudad se desangra sola. Al Jefe del Estado ni se le permite pisar el territorio para no importunar a quien nos asedia. Ceuta ha sido abandonada.
Al otro lado de la calzada, el paisaje no es menos crudo. Cientos de personas malviven hacinadas en las aceras, desprovistas de cualquier higiene o amparo. Negar la realidad sería tan torpe como suicida: entre quienes cruzan hay de todo, incluidos delincuentes, ladrones, acosadores y agresores que justifican con creces la alarma del vecindario. Pero también hay hombres y mujeres que cargan con el peso de buscar un plato para sus hijos y que asumen cualquier miseria con tal de sacarlos adelante, convertidos en carne de cañón por su propio régimen.
La degradación urbana estalla cuando la impotencia institucional muta en salvajismo. La noche del pasado lunes, unos desalmados atacaron una chabola con una escopeta de plomillos e hirieron de gravedad a un niño pequeño en la cabeza, rozándole los ojos. Disparar perdigones contra un crío indefenso no es defender a una ciudad ni proteger un barrio: es cruzar una frontera moral de la que no se regresa. Cuando una sociedad normaliza que unos vivan atrincherados por temor y otros salgan a cazar de noche como alimañas, el problema ha dejado de ser solo de fronteras; es la quiebra absoluta de nuestra propia condición humana.
Decir que Ceuta está sola no es una queja de campanario; es la constatación de un abandono colectivo. No hay un solo español sensato que no lamente lo que ocurre al otro lado del Estrecho, pero casi nadie está dispuesto a aceptar en su propio municipio un reparto que alivie la asfixia local. La solidaridad que se detiene en los límites de la comodidad personal no es apoyo: es alivio por no estar en la diana. A Ceuta se le exige hacer de muro de contención para que el resto del país pueda seguir viviendo sin sobresaltos.
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