Créeme, amigo lector, que durante años nos han vendido la moto de la superioridad y la excelencia. En Cataluña y en el País Vasco, hay quienes nos miran por encima del hombro, convencidos de su superioridad en todos los aspectos y de que su modelo educativo jugaba en otra liga respecto al resto de España. Pero cuando las cosas vienen mal dadas y la realidad estalla en la cara, la reacción del mal gobernante siempre es idéntica: si el termómetro marca fiebre, se rompe el termómetro y aquí no ha pasado nada.
Lo ocurrido con el informe PISA en Cataluña no es un descuido burocrático; es una vergüenza en toda regla. Dejar fuera de la muestra a más de un 23% de los alumnos significa apartar a uno de cada cuatro chavales para maquillar las cifras. La OCDE permite un descarte máximo del 5% por causas muy tasadas, pero aquí han multiplicado ese límite por cuatro. Han intentado hacer trampas para no retratar el descalabro de un sistema que acumula ya un año entero de retraso en matemáticas y lectura. Sí, amigo lector, en Cataluña, el nivel de matemáticas y lectura está un curso académico por detrás de la media europea. Lo que se viene llamando en ese castellano castizo que tanto odian, hacerse trampas al solitario. La pillada ha sido tan monumental que han tenido que rodar cabezas en la Consejería y abrir expedientes a toda prisa para apagar el fuego. En el País Vasco la jugada ha sido más sutil pero igual de elocuente: no han falsificado la lista, pero han recortado la muestra a 56 colegios, el mínimo legal, cuando hace unos años examinaban a casi doscientos. Todos corren a esconder la cabeza como un avestruz.
Es curioso como el supremacismo étnico que sufrimos en este país desde algunos rincones del norte, como no podía ser de otra manera, empieza a mostrarse inútil, falso y, si me permite, amigo lector, peligroso para sus propios habitantes.
El verdadero drama no radica solo en las estadísticas de la OCDE, sino en el monumental tinglado de distracción en el que vivimos atrapados. Mientras en las aulas se falsean las pruebas y en los ambulatorios faltan manos, la política nacional sobrevive a base de respiración asistida, barro constante y un ruido ensordecedor. Ya lo dejó escrito Francisco de Quevedo con una lucidez que escuece: «Donde no hay vergüenza, no hay honor; y donde no hay honor, no hay gobierno». Vivimos empantanados entre causas judiciales, comisiones bajo sospecha, parálisis parlamentaria y la guinda de situaciones límite como la de Ceuta, donde la dejación de funciones roza el esperpento. Todo vale con tal de mantener la poltrona. Nos manejan como trileros de feria, alimentando la bronca para que nos llamemos fachas o traidores en la barra del bar mientras ellos siguen cobrando la nómina y el país se desgasta por las costuras.
La educación es el único ascensor social verdadero, la única herramienta que permite al hijo de un trabajador prosperar y pensar por sí mismo. Si consentimos que manipulen las notas de nuestros jóvenes para salvar carreras políticas y tapar el fracaso de sus dogmas, los cómplices seremos nosotros por tragar con todo. Si la escuela pública funcionase como es debido y formase ciudadanos libres, ningún gobernante se atrevería a intentar semejante engaño. Pero claro, quizás sea justo eso lo que temen y lo que quieren evitar. Mientras haya pobres e incultos, siempre les podré prometer riqueza y estudios.
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