Opinión

San Mateo

Amigo lector, por si no lo sabes, soy un gran amante de las fiestas de San Mateo. Desde mi más tierna juventud, sobre los 14 años, no me he perdido un San Mateo en mayor o menor intensidad. Encontrarme con amigos que solo veo de año en año como si no hubiera pasado el tiempo, repetir costumbres e inventarnos nuevas, ponerme de nuevo la camiseta de mi peña —la mejor del mundo, siendo objetivo—, dormir poco y mal, es algo que añoro y que deseo que llegue todos los años.

Las reuniones previas para organizar la peña, los encuentros con la Asociación de Peñas Mateas y las reuniones de seguridad de ésta con el Ayuntamiento son costumbres que también procuro no perderme; el que me conoce sabe que me gusta estar enterado de todo desde el punto de vista organizativo y sobre lo que rodea a las peñas y su participación en la fiesta.

Creo que no hay ninguna fiesta en España con tanta heterogeneidad en su núcleo como la de San Mateo en Cuenca. Cada peña hace las cosas muy distintas a la que tiene al lado o en frente, y eso es maravilloso. Hay peñas que encargan sus comidas a una empresa de catering, mientras otras cocinan, y otras utilizan una mezcla de ambas. No hay dos zurras iguales, ni dos camisetas iguales. Hay peñas que viven más la noche, y otras que en cuanto se pone el sol desaparecen. Hay gente sin peña y otros con peñas improvisadas a base de una camiseta serigrafiada con un rotulador y mucha paciencia. Hay peñas más jóvenes y otras con mucha más solera, pero todas ellas hermanadas entre sí. Qué bonito es comprobar que, yendo con buena fe y amistad, nunca te faltará una cerveza bien fría, un vaso de zurra o un plato de comida en ningún rincón del casco antiguo.

Qué bonito es visitar las charangas que pueblan el barrio, bajar a escuchar los pasodobles o ver a los más pequeños disfrutar de su mañana con los carretones.

Como puedes comprobar, amigo lector, no hablo mucho de la suelta de vaquillas, algo fundamental en la fiesta sin la cual no sería nada, pero que, a mí, personalmente, es de lo que menos me interesa. No es mi intención en este artículo hablar de la gran labor de los maromeros o de la gran valentía de los corredores, de los cuales ya se han escrito ríos de tinta, y con razón.

Es cierto que cada año oigo a las peñas hacer reclamaciones al Ayuntamiento, algunas repetidas y algunas nuevas: aquel reglamento prometido años ha, que nunca llega, la petición eterna de más urinarios mientras se nos pide no hacer necesidades contra el patrimonio público, la demanda de puntos de energía eléctrica mientras se nos limita el uso de grupos electrógenos, o el recordatorio sobre la violencia machista mientras se destinan recursos policiales a cosas mucho menos importantes. Cada vez se les exige más responsabilidad a las peñas “legales” y se les ponen más normas, mientras que ni una sola de sus peticiones son escuchadas. Es un tira y afloja entre dos instituciones condenadas a entenderse para un futuro exitoso, no quiero ni imaginarme qué pasaría con esta fiesta si una de las dos decide retirarse de ella. Tengo la impresión —que nace de mi conocimiento de lo que ocurre en las tripas de la concejalía de festejos, aunque no deja de ser una impresión, no tengo la certeza— de que el Ayuntamiento le dedica bastante poco tiempo y presupuesto a una fiesta tan querida y participativa. He leído en algún sitio que la afluencia al casco antiguo estas fiestas ha sido superior a sesenta mil personas, desconozco la diferencia proporcional con las fiestas de San Julián, pero dudo mucho de que sea 99 a 1, como sospecho que es el esfuerzo. No quiero que sea una crítica poco constructiva, si no al revés, creo que es una corporación que no lo está haciendo mal, con un gran hito con la reducción de deuda, pero sí quiero que sea una llamada de atención sobre lo que esta fiesta se merece, nada más.

Sin embargo, y quiero dejar bien claro que no tengo nada en contra de la Policía Local; al contrario, hacen una labor primordial y fundamental, al igual que Protección Civil y los servicios de limpieza, para que la fiesta continúe sin problemas. Pero hay órdenes de sus superiores que me cuesta mucho entender. La noche del domingo, he de reconocer que me fui indignado: al salir por la puerta del local de mi peña con la intención de irme a dormir, me encuentro entrando a la vez a seis policías locales —nunca había visto en mi ciudad tantos juntos— para obligarnos e instarnos a quitar la música. Sé y conozco la norma de que la música en los locales y en los lugares asignados a las peñas, debe apagarse cuando empieza la verbena, pero que se gasten tantos recursos públicos en algo tan nimio e inofensivo, mientras se realizan verbenas con una afluencia de gente que roza la locura y que exige vigilancia en los alrededores; teniendo los grandes accesos a la plaza mayor con gran afluencia de gente, tanto de subida como de bajada, gente

que no puede utilizar un precario transporte público para llegar a casa, de verdad que no lo entiendo. Se nos seca la boca hablando de la seguridad ciudadana y de las posibles agresiones sexuales a chicas que bajan solas a sus viviendas, y gastamos recursos policiales en apagar el altavoz bluetooth de un grupo de peñistas pacíficos.

No es la intención de este artículo convertirlo en una queja o en una reivindicación; al revés, simplemente quería contarte, amigo lector, mi amor por estas fechas y dejar constancia de mi más profundo agradecimiento a todo aquel que aporta su granito de arena para que esta fiesta sea tan grande. Sobre todo, las Peñas Mateas.

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