Por fin ha acabado el eclipse. He de reconocer, amigo lector, que he acabado hasta las narices del mismo, y, mis ojos, intactos. No me creas lector un negacionista ni nada por el estilo, pero es que durante semanas, la humanidad entera pareció suspender el aliento —y el juicio— a causa de una simple
alineación de astros que, para colmo de males, apenas regaló un par de minutos de penumbra sobre nuestras cabezas, dos minutos preciosos y maravillosos, pero dos minutos. Nos anunciaron el acontecimiento como si el universo fuera a reinventarse, y los medios de comunicación, en especial las televisiones, se subieron al carro sin frenos: horas y horas de expertos explicándonos hasta el último detalle del fenómeno y cientos de oftalmólogos advirtiéndonos, con cara de funeral, de que el mismísimo demonio vive agazapado en el sol. ¿El resultado? Millones de ciudadanos con gafas de soldador mirando al infinito y olvidándose por completo de pisar los baches de nuestra propia calle.
Pero el verdadero problema no es que un fenómeno astronómico monopolice las pantallas; el fondo del asunto es el paisaje social que nos va dejando detrás. Si uno afina la mirada, descubre que desde la tragedia de la DANA de Valencia las autoridades nos tratan sistemáticamente como si fuéramos tontos. Bueno, lo hacen siempre y a todas horas, pero en lo que respecta a cuidar nuestra supuesta integridad física, el paternalismo ya raya el insulto a la inteligencia.
Aunque, seamos sinceros, aquí debajo no hay un verdadero afán de protegernos: lo que buscan es lavarse las manos como Poncio Pilatos. El razonamiento oficial es tan simple como cínico: «Yo ya te he avisado por SMS y la tele ha puesto al oftalmólogo de turno; si te pasa algo, no me lo eches en cara». Es la caradura de un cargo público que prefiere cubrirse las espaldas por escrito ante cualquier imprevisto antes que asumir la responsabilidad de gestionar con eficacia,
aterrorizado ante la simple idea de que le sorprenda una catástrofe mientras come en un restaurante con la querida, al menos sin haber dejado constancia previa de que nos había advertido del peligro.
Frente a esta tutela asfixiante, tanta matraca televisiva y tanto descargo de responsabilidades, la respuesta de la calle ofrece un contraste elocuente. Ya desde los meses oscuros de la pandemia, el ciudadano ha desarrollado un apetito voraz, casi desesperado, por salir, participar y disfrutar de los cada vez más abundantes eventos que nos rodean. Nos quieren atemorizados en el salón y firmando exenciones de culpa ajena, y respondemos llenando las plazas, devorando el asfalto y buscando cualquier excusa para celebrar la intemperie.
Bien es cierto que, muchos políticos, locales, provinciales y regionales han quemado las naves publicitando sus inmejorables sitios para ver el eclipse, dándose cuenta más tarde de que era peligroso para los incendios, la seguridad y los atascos.
He conocido gente de primera mano, con las que he podido hablar, que no han visto el eclipse por miedo, lo prometo, y otros por hastío, y ambas cosas meparecen terribles. Quizás el verdadero riesgo no sea que una gota fría nos coja sin paraguas o que una chispa encienda el monte, sino que terminemos aceptando este pacto taciturno: dejarnos gobernar como niños indefensos a cambio del permiso para divertirnos como adultos desesperados. Entre el parte oficial que
busca exculpar al político y la verbena que nos redime, nos va creciendo un territorio de postal prohibida, poblado por ciudadanos con chubasquero y confeti en el bolsillo. Y a ver quién es el guapo que distingue ya la prudencia del miedo.
Foto: AstroCuenca
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