Son tantas las temporadas estivales y tantas las canciones, que elegir un tema en una lista categorizada como “Canciones del verano” -cuando tienes más de medio siglo de existencia y al menos un quinto de esos años son recuerdos vívidos y vividos de memoria musical- supone un sugestivo, aunque complejo, ejercicio de exploración en evocaciones olvidadas.
En 1984 el ovetense Tino Casal publicaba Pánico en el edén. Se convirtió en la sintonía oficial de la Vuelta Ciclista a España de ese año y también en la melodía oficiosa de las siestas estivales de aquellas calurosas tardes de verano de hace cuarenta y dos años. En la mayor parte de los hogares de España, después de comer y de la emisión del telediario de TVE (única televisión por entonces), cada miembro de la familia tomaba su porción nominativa e intransferible de sillón frente al televisor para seguir o dormir la Vuelta Ciclista a España, el Tour de Francia o el Giro de Italia. Eso sí, optaras por verla o amodorrarte, solías despertarte para ver el emocionante final de etapa y saber quién era el ciclista de maillot amarillo o rosa, según la competición.
Como la mente es caprichosa y toma libertinos derroteros, al empezar a escribir estas líneas, múltiples conexiones cerebrales se arremolinaron alrededor de estíos lejanos. Pánico en el edén, es la canción que más nítidamente acudió a mis pensamientos, aunque después, haciendo consulta de hemeroteca digital, he comprobado con sorpresa que, por aquel entonces, la Vuelta Ciclista a España se disputaba a finales de primavera y era el Tour de Francia quien realmente ocupaba las sobremesas de más bochorno del verano.
Independientemente del acontecimiento ciclista al que aluda este artículo, el corte Pánico en el Edén, del disco Hielo Rojo de Tino Casal, formó parte durante varias temporadas estivales, de la miscelánea de pop y tecno pop (fundamentalmente en castellano) que sonaba en el magnetófono analógico -entonces “loro”- de esas tardes veraniegas.
Desde junio a septiembre, mi hermana Ana y yo bajábamos al reclamo del telefonillo (antes de existir los móviles) ante una voz que decía: “¿os bajáis?”. Al mismo tiempo, notábamos la mirada aniquiladora de nuestra madre que, sin decir palabra, lo decía todo: “¿Podéis decirles a vuestros amigos que no llamen a estas horas? ¡Me han vuelto a joder la siesta! ¡Todos los días igual!”.
Durante más de una década, de lunes a domingo, nos reuníamos en la piscina para terminar de hacer la disciplinada digestión y poder sumergirnos en ese azul cristalino. Nuestra principal motivación no era refrescarnos, sino reunirnos con la pandilla y troncharnos de risa haciendo jaimitadas en una algarabía propia de la edad del pavo, hasta que, a las nueve en punto, y aún de día, el socorrista tocaba el silbato para que saliéramos de allí sin chistar ni remolonear.
La banda sonora de tantas y tantas tardes veraniegas se comprimía en unas cuantas casetes de sonido atroz que se iban desgastando año tras año. A esta lista añadíamos nuevos álbumes y canciones según íbamos acumulando experiencias vitales. Las conseguíamos grabándolas de la radio o de nuestros primos y hermanos mayores, algo más experimentados que nosotros en la vida. Además de los modernos sintetizadores de Pánico en el Edén sonaban canciones dispares: unas pegadizas, otras románticas o lánguidas.

Escuchando de fondo los temas de esta lista, retrocedo a nuestro lugar favorito de aquellas tardes: la sombra del sauce llorón que cada año contemplaba nuestros cambios físicos y despertares púberes. Fue testigo de tardes de pipas, helados, juegos de cartas, chapuzones y juegos disimulados, sensuales e inocentes. Conservo el recuerdo de un primer amor, un chico de piel extremadamente sensible al que escribía en la espalda palabras que no me atrevía a pronunciar. Nunca supe si adivinaba, pero quedaban marcadas hasta después de escuchar el pitido del socorrista. Cruzaba la puerta de salida con mariposas en el estómago, deseosas de salir por la boca y pintar de colores ese escenario. Al llegar el final del verano nos despedíamos tristes, hasta las vacaciones de Navidad.
El destino, igual de antojadizo que la mente, me sorprendió en agosto de 2005. Una tarde, vi la reconocible espalda de aquel chico en una calle de Cuenca. Lo llamé por su nombre. Nos reconocimos.
—¿Qué haces en Cuenca? —le pregunté.
—Estoy aquí esta semana, trabajando en la Vuelta Ciclista a España —me respondió.
Muchos recuerdos se agolparon. Esa nostalgia común perdura hasta hoy con una entrañable celebración anual al finalizar septiembre, en la que suenan muchas de estas sintonías que nos transportan a la cuadrilla, en hermandad, a la alegre añoranza de aquellos maravillosos años. Ayer acabó San Mateo y, como conquense de adopción, despido un verano más.
MÁS CANCIONES DE VERANO:
- ‘OTHERSIDE‘, DE RED HOT CHILI PEPPERS
- “Missing” de Everything but the girl
- Segundo premio, de Los Planetas
- Aunque tú no lo sepas, de Enrique Urquijo
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