Un amigo me pedía estos días que escribiese sobre el ático de Ayuso —sin tener muy claro si se refería al de su novio o al que compró la Comunidad con dinero público—, mientras otro insistía en que abordase lo que está pasando en Ceuta, donde uno lee titulares tan surrealistas y tristes como el de unos militares
infectados de sarna, una palabra que uno creía desterrada desde la infancia. Es el bucle incesante de la actualidad: nos quieren con el ceño fruncido, atrapados en un lodazal de trinchera que cambia de pantalla cada pocas horas. Pero el otro día, charlando con un amigo que vive de la hostelería, me dio un dato que, a mi, me duele más que cualquier bronca política: este año el pueblo está más vacío que nunca. Se nota en el reparto, en el silencio de las calles a la hora del vermú, en esa sensación de que la España Vaciada está más vacía que nunca.
A cierta edad, amigo lector, el verano deja de ser una fecha en el calendario para convertirse en añoranza de tiempos mejores. Tuve la suerte de tener dos pueblos, el de mi padre y el de mi madre, y los recuerdo a ambos con esa alegría bobalicona de quien lo vivió todo por primera vez. Aquello olía a libertad: a ir en la Vespino a las fiestas del pueblo de al lado, a jugártela robando mazorcas de maíz en una parcela cercana, o a noches sin dormir con amigos eternos.
De aquellos veranos sacamos una carrera entera sin pisar una facultad. Aprendimos física y mecánica a base de romper la bici o la moto; construcción y arquitectura improvisada adecuando locales para las peñas o levantando cabañas para albergar a unos gatos que habíamos salvado de morir ahogados en el río. Y, sobre todo, aprendimos psicología pura: lidiando con el golpe seco de salir volando por encima del manillar al intentar un salto imposible, o sufriendo el primer desamor e intentar recuperar a un amigo que se había enfadado porque nos gustaba la misma chica.
Con aquellos amigos de ciudades extrañas medíamos el mundo a ras de suelo: entre caídas tontas que dejaban las rodillas cosidas a costras, los aprendizajes obligatorios en la piscina y aquellas tardes interminables de dormir a pierna suelta, acostarte tarde y beber fresco directamente de la fuente. De aquello nos queda una geografía íntima hecha de primeras veces: el primer amor, el primer enfado y aquel pequeño desencuentro con la autoridad que hoy se ha convertido en una anécdota entrañable de barra de bar.
Son recuerdos que hoy nos parecerían imposibles para nuestros hijos y adolescentes, pero que constituyen un cimiento insustituible. Porque la España vaciada no solo expulsa a sus trabajadores; nos está robando el verano de los que vienen detrás. Ver a mis hijos jugando en la plaza del pueblo, me hace pensar que, aunque la vida nos empuje a la periferia y a las grandes ciudades, estamos cometiendo un error imperdonable si les negamos este rincón de la infancia.
Se nos ha ido Juan Tamariz estos días, el mago que nos enseñó que el asombro era posible, una persona que te provocaba una sonrisa de forma automática, tan complicado en estos días, y da la sensación de que, con él, se lleva un poco de nuestra capacidad de ver la magia en lo sencillo. Quizás de eso se trate todo esto: de resistir al asedio del tiempo moderno. Mientras queden niños pedaleando sin rumbo fijo bajo el sol de agosto, mientras sigamos empeñados en volver al pueblo aunque las neveras del bar estén medio llenas ─o vacías, depende de cada cual─, el mundo seguirá guardando un resquicio de humanidad.
Tal vez de eso se trate todo este viaje de vuelta: de reivindicar un refugio invisible pero indestructible, blindado contra el asedio de las pantallas, los bucles algorítmicos de la urgencia y los referentes de usar y tirar. En el pueblo, lejos del ruido de las grandes urbes, aprendimos a convivir sin manuales de instrucciones, rozándonos con lo extraño hasta que el asombro se convirtió en un colchón mullido y cómodo. Allí descubrimos que la amistad no se mide en notificaciones, que el verdadero descanso sabe a agua de fuente y que el asfalto caliente, las rodillas peladas y los veranos en bicicleta siguen siendo, todavía hoy, el mejor antídoto para resetear la vida y encontrar la fuerza que nos sostiene cuando el mundo de los mayores se empeña en complicarlo todo.
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