Opinión

Tengo un sueño

Te voy a confesar una cosa, amigo mío: últimamente me da por soñar despierto. Bueno, siempre he soñado despierto, pero he dejado de soñar con ser una gran estrella del rock o ganar la NBA; creo que me he convencido de que eso ya no llegará. Sueño con una ciudad, una ciudad imaginaria, en la que me gustaría vivir, una ciudad sin obras eternas. Sueño con una ciudad bien comunicada con Teruel, Valencia y Albacete, que parece que vivimos en una isla. Sueño con calles donde se les vean las líneas a las calzadas y con un ayuntamiento que piense en cómo aparcar en vez de estar todo el día inventando formas de cobrarte por dejar el coche; sigo esperando que alguien me explique la legalidad de cobrar por aparcar en unas calles construidas con los impuestos de mis padres y mantenidas con los míos.

Pero es que ya sueño con algo tan básico como coger el coche sin tener que consultar antes un plano de cortes de tráfico, desvíos y obras como si fuera a cruzar el Sáhara. He pensado, seriamente, contratar un copiloto del Dakar para llegar de las quinientas al parque San Julián. Sueño con que te den una licencia en dos semanas y no en tres años para montar un negocio o comenzar una obra, y con un centro que vuelva a tener los escaparates encendidos, el comercio de barrio protegido y no media ciudad con el cartel de «se alquila» porque los alquileres y los impuestos asfixian al que se atreve a levantar la persiana. Sueño con que no se nos vayan los jóvenes porque aquí el empleo es el que es, la renta media no da para tirar cohetes y la provincia se nos desangra entre listados del INE y la despoblación.

A veces, la verdad, me pregunto si aquí hay un proyecto de ciudad con cabeza o si se gobierna a puro golpe de ocurrencia y apagafuegos. Y no tomes, amigo lector, estas líneas como una crítica a la actual corporación: las estoy criticando a todas, porque, claro, sueñas con cosas tan locas como unos pabellones polideportivos municipales que no tengan goteras cuando llueve, o con un transporte público que no sea el último recurso de quien no le queda otra, sino un servicio tan bueno que te invite a dejar el coche en casa. Sueño con una ciudad que de verdad apueste por la bicicleta y los carriles bici en condiciones, y no por meros pegotes. Y, oye, sueño con una ciudad justa con el ocio, donde no se beneficie a unos locales por encima de otros —que no tengo pruebas, claro, pero tampoco ninguna duda, y como esto es un artículo de opinión, pues lo digo y tan ancho que me quedo—.

Y cómo no voy a soñar con una ciudad que presume de ser Patrimonio de la Humanidad, pero tiene unos accesos que da vergüenza enseñar. Si es que piensas en el pobre turista que viene ilusionado a ver las Casas Colgadas y se mete por la carretera de Alcázar o por la de Valencia… El hombre tiene que pensar que se ha equivocado de ciudad o que ha aterrizado en una zona catastrófica.

Sueño con una ciudad que piense de verdad en la infancia, donde los padres no tengan que rezar y pasar por una tómbola de la suerte para conseguir que sus hijos entren en una escuela municipal —con los apuros económicos que arrastra media región en riesgo de exclusión—. Sueño también con una ciudad que empuje de verdad a los clubes deportivos del barrio, en vez de acordarse de ellos solo cuando hay foto. Con que te escuchen en el consistorio por ser vecino, sin preguntarte de qué asociación eres ni qué carné llevas en el bolsillo. Y, oye, lo más fuerte de todo: sueño con ver a los políticos de aquí sentados en una mesa, remando juntos para arreglar los baches y los problemas de verdad, en vez de tirarse los trastos a la cabeza cada dos por tres.

Al final, va siendo hora de despertar de una vez de este letargo. De dejar de tragarnos el cuento del pan y circo: el año electoral con sus conciertos a todo tren y los cinco días de San Mateo estirados hasta el infinito para taparnos los ojos. Porque una ciudad no se muere de golpe. Se muere a plazos. Cada vez que cierra un comercio, cada vez que un joven hace la maleta, cada vez que alguien desiste de montar un negocio porque está hasta las narices de papeles, tasas y esperas. Se muere cuando nos acostumbramos al bache, a la valla, a la persiana bajada y al «esto es lo que hay». Y, sobre todo, se muere cuando dejamos de cabrearnos porque ya nos parece normal.

Y no, no pido milagros. No quiero Manhattan junto al Júcar ni que mañana inauguren un AVE a Nueva York. Me conformo con algo bastante menos ambicioso y, por lo visto, bastante más complicado: que las cosas funcionen. Que emprender no sea una penitencia, aparcar no sea un deporte de riesgo, cruzar la ciudad no requiera un copiloto del Dakar y quedarse a vivir aquí no parezca una decisión que tengas que justificar ante tus amigos.

Porque Cuenca es demasiado bonita para conformarse con sobrevivir. Y los conquenses llevamos demasiado tiempo escuchando lo mucho que podría ser esta ciudad mientras vemos lo que realmente es.
Así que igual ha llegado el momento de dejar de soñar con la ciudad que queremos y empezar a exigirla.

Porque lo verdaderamente peligroso no es que Cuenca tenga problemas.

Lo verdaderamente peligroso es que terminemos acostumbrándonos a ellos.

Cerveza muy fría aquí.

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