Opinión

Los árboles no votan

Olga Díaz-Cano

Parece que ahora que se acercan las elecciones, todo el mundo recorre las calles de nuestra ciudad. Cada quién con su objetivo, claro. Y yo me pregunto, ¿serán conscientes todo el año de la falta de arbolado y de sus consecuencias? Desde hace un tiempo, tengo la sensación de que hay menos árboles, pero no es solo una sensación. Tomando un café con Ana, impulsora de Verdeando Cuenca, me contaba que gracias al trabajo que realiza junto con compañeras y compañeros de Ecologistas en Acción, Intermón Oxfam y Barrios por el Clima, están documentando la desaparición de árboles y las carencias del arbolado urbano, dejando en evidencia un problema de fondo: quienes toman las decisiones parecen estar renunciando a proteger la vida de las personas que vivimos en Cuenca.

A veces pienso que, como los árboles no votan, no acuden a los plenos ni presentan alegaciones, se convierten en elementos prescindibles para quienes gobiernan. Se talan ejemplares alegando enfermedad o riesgo de caída, motivos que deben estar respaldados por informes técnicos rigurosos y transparentes. Pero ¿y la planificación medioambiental? ¿Por qué seguimos encontrando alcorques vacíos y proyectos urbanísticos en los que parece que el arbolado es lo primero que se sacrifica cuando dificulta una obra? ¿Qué modelo de ciudad quiere este Ayuntamiento? ¿Se está teniendo suficientemente en cuenta la emergencia climática a la hora de decidir cómo invertimos los recursos públicos?

Los datos del EcoMapeo del Arbolado Urbano, realizado en Cuenca en octubre de 2026, tampoco dejan dudas: se identificaron 420 alcorques con deficiencias, de los cuales 168 estaban vacíos, 184 tenían tocones o árboles muertos y 68 presentaban condiciones que dificultaban el desarrollo de los ejemplares. El colectivo estima que, si se extrapolan los resultados al conjunto del casco urbano, sería necesario reponer o mejorar al menos 520 árboles.

Estas cifras no son solo números. Son menos sombra, más espacios públicos expuestos a las altas temperaturas y menos lugares donde pasear, encontrarnos y descansar cuando el calor aprieta. Una ciudad con menos árboles en sus calles es una ciudad peor. Por supuesto, hay árboles enfermos y situaciones en las que la seguridad exige intervenir, pero una gestión responsable debe estudiar alternativas, justificar las talas con criterios técnicos y proteger el arbolado siempre que sea viable. Un árbol adulto no se sustituye de un día para otro con una nueva plantación.

Deberíamos ser conscientes de que no todas las personas pueden refugiarse en una vivienda con aire acondicionado o desplazarse en un coche para evitar las altas temperaturas. Pensemos en quienes realizan trabajos de cuidados, acompañan carritos de bebé o sillas de ruedas, hacen la compra, esperan el autobús o trabajan en la calle. De igual modo, nuestro ocio no puede verse condicionado al consumo en terrazas con un nebulizador. El espacio público debe ofrecer lugares donde resguardarse, divertirse y descansar.

Por eso, defender los árboles no es solo una cuestión ecológica: es una cuestión de clase, feminismo y justicia social. Las zonas verdes no pueden ser un lujo reservado a determinados barrios. ¿O es que la solución a la falta de arbolado va a ser pedir a cada vecina que ponga una planta en su balcón como en Madrid?

Gracias al trabajo colectivo, hoy conocemos mejor el estado del arbolado de Cuenca. Pero la implicación ciudadana no puede convertirse en una excusa para que el Ayuntamiento se olvide de sus responsabilidades. Necesitamos transparencia sobre los criterios que justifican las talas, acceso a los informes técnicos, protección de los árboles durante las obras y un compromiso real con la reposición y el mantenimiento de los ejemplares que faltan. Y, sobre todo, necesitamos que la ciudadanía sea escuchada antes de que los daños estén hechos.

Como ciudadana, me gustaría que los éxitos de nuestro Ayuntamiento se midieran en derechos y bienestar garantizados, y no en macroproyectos anunciados. Cuenca puede convertirse en una ciudad más amable, más verde, más justa y mejor preparada para afrontar la emergencia climática. Pero para eso necesitamos políticas públicas valientes, que escuchen a la ciudadanía y entiendan que los espacios verdes son una necesidad, no un decorado.

Desde la política también se decide qué vidas se cuidan y qué ciudad dejamos a quienes vienen detrás, porque cuando cuidamos los árboles cuidamos nuestra salud, nuestros barrios y nuestro futuro.

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