Hay canciones que suenan a salitre, a chiringuito y a puesta de sol en la playa, y luego están aquellas que pertenecen a otra geografía sentimental completamente distinta. Son los himnos de verano que se gestan en la carretera, lejos de la costa, al ritmo de un motor revolucionado y con la ventanilla bajada desafiando al calor de mayo. Para mí, el verano no arranca con el primer chapuzón en el Mediterráneo, sino con los acordes melancólicos y electrónicos de Missing. Y no la versión que todos/as bailamos hasta el desfallecimiento, sino la semilla original que germinó en un viaje iniciático que desafió toda lógica juvenil.
Retrocedamos a mayo de 1995. Mi tío Miguel acababa de hacerme el mejor regalo posible: mi primer coche. No era un utilitario discreto ni un compacto manejable; era un imponente Ford Sierra, una auténtica mole de chapa que gastaba más gasolina que un camión de gran tonelaje pero que destilaba una elegancia rutera imbatible. Con semejante bólido bajo los pies y la complicidad indestructible de mis dos mejores amigos, David y Vélix, la excusa perfecta apareció sola: nos íbamos a la Fiesta de las Cruces de Mayo en Granada.
El casete de la gasolinera y la cumbre en Sierra Nevada
Sin planificación, sin reservas y con la única brújula de las ganas de juerga, pusimos rumbo al sur. Con el viaje ya avanzado y buscando munición sonora para el camino, paramos en una estación de servicio. Allí cayó en nuestras manos un pack de casetes que incluía el inmortal Purple Rain de Prince – el auténtico cebo por el que lo compramos- y una joya inesperada: “Amplified Heart”, el álbum que Everything but the girl había publicado un año antes, en 1994.
Lo que descubrimos en aquella cinta nada tenía que ver con la pista de baile. Era una versión acústica, íntima, casi susurrada de “Missing”, dominada por la guitarra acústica y la voz frágil y profunda de Tracey Thorn. Aquella cinta, junto a la furia de Prince, se convirtió en la banda sonora perpetua de un trayecto donde acumulamos más anécdotas que kilómetros.
Por ejemplo, al llegar a Granada sin alojamiento previo, comprobamos que la ciudad estaba completamente abarrotada. ¿La solución de emergencia? Acabamos durmiendo en un Albergue de montaña en Sierra Nevada, bastante alejado de la capital. La estampa era surrealista: tres jóvenes con espíritu estival y fiestero, enfundados en ambiente de alta montaña, rodeados de picos nevados cuando íbamos buscando la primavera andaluza. No íbamos a esquiar, desde luego; íbamos a vivir. Y aquella canción de tempo pausado sonaba de fondo mientras contemplábamos el paisaje montañoso preguntándonos cómo habíamos acabado allí.
Del desamor acústico a la apoteosis de Todd Terry
Unos meses más tarde, ya en pleno verano de 1995, el destino de la canción dio un vuelco absoluto. La productora y el circuito comercial pusieron sus ojos en el tema y el DJ y productor neoyorquino Todd Terry obró el milagro con su famoso remix de house bailable.
La canción mutó por completo. Aquel lamento acústico se transformó en un pulso rítmico imparable, con un bajo magnético y unas percusiones que te atrapaban desde el primer segundo. Explotó en todas partes: en las terrazas, en las verbenas, en los chiringuitos y en cada rincón de la geografía nacional. Se convirtió de inmediato en la quintaesencia de la canción para “bailar llorando”.
Dicen que el verano es el territorio exclusivo del amor optimista y estival – como bien proclamaban Sonia y Selena con aquello de “cuando llega el calor, los chicos se enamoran”– , pero la realidad de las estivaciones está plagada de ausencias, de nostalgia y de amores que se quedaron por el camino. Missing capturaba ese reverso tenebroso de la estivalidad.
Las entrañas de “Missing”: La letra y el dolor de la distancia
Para entender por qué esta canción caló tan hondo hay que mirar fijamente su letra. Escrita por los propios miembros del grupo, Ben Watt y Tracey Thorn, la composición es una autopsia emocional de la pérdida y la distancia.
I step off the train I’m walking down your street again and past your door but you don’t live there anymore…
La letra nos sitúa en el doloroso ritual de regresar a los lugares compartidos cuando el otro ya no está. Habla de la memoria involuntaria, de cómo los pasos se dirigen por pura inercia a los mismos sitios y de la constatación de la ausencia. Versos como “I miss you / Like the deserts miss the rain” (Te echo de menos / Como los desiertos añoran la lluvia) son de una belleza devastadora y directa. En pleno verano, una época donde la soledad pesa el doble y las ausencias duelen con más fuerza, la combinación del ritmo eufórico de Todd Terry con la letra desgarradora de Thorn generaba una catarsis colectiva única en la pista de baile. Bailabas con una sonrisa en la boca y un nudo en la garganta.
Más allá del éxito: Everything but the girl
Reducir a Everything but the girl a un único éxito veraniego es hacer justicia poética a medias con una de las trayectorias más elegantes, sofisticadas y respetadas del pop británico independiente.
Formado en Hull en 1982, el dúo estaba compuesto por la cantante Tracey Thorn y el guitarrista, teclista y productor Ben Watt. Su nombre, tomado de un lema publicitario de una tienda de muebles local (“For all your household needs, everything but the girl”), ya adelantaba un talante irónico, culto y alejado de los focos estridentes del pop comercial de usar y tirar.
Un recorrido sonoro camaleónico
Los inicios (Años 80): Arrancaron vinculados al movimiento sophisti-pop y al jazz-pop británico junto a bandas como Style Council o Sade. Sus primeros discos destilaban una pátina bohemia, con arreglos de cuerda sutiles, influencias de bossa nova y letras de una gran madurez literaria (destacando obras maestras tempranas como Eden en 1984).
La madurez y el punto de inflexión (1994): Amplified Heart – el álbum que rescatamos en aquella gasolinera de camino a Granada – supuso un punto de inflexión. El disco respiraba un tono más orgánico, marcado además por un episodio dramático personal: poco antes de grabarlo, Ben Watt sobrevivió milagrosamente a una enfermedad autoinmune casi mortal (un síndrome de Churg-Strauss) que lo mantuvo al borde de la muerte. Esa cercanía con el abismo impregnó el disco de una vulnerabilidad única.
La eclosión electrónica (Mediados de los 90): Lejos de estancarse en el formato de autor acústico, el remix de Missing abrió las puertas a su incursión en la electrónica ambiental, el trip-hop y el deep house. Su siguiente álbum, Walking Wounded (1996), consolidó esa transición magistralmente, demostrando que la melancolía de la voz de Tracey Thorn encajaba a la perfección con los beats contemporáneos de club.
Un clásico eterno
Treinta años después de aquel viaje alocado en el Ford Sierra, con el recuerdo intacto de mis amigos David y Vélix, de las cuestas de Granada y de las noches frías en Sierra Nevada, Missing sigue sonando en mi cabeza con la fuerza de un motor de 125cv y la delicadeza de una cinta de casete gastada. No es solo un gran tema de pista de baile; es el recordatorio sonoro de que los mejores veranos son aquellos que se escriben sin plan previo, a base de buena música, grandes amigos y la certeza de que, aunque el tiempo pase, hay ausencias que siempre merecen ser bailadas.
MÁS CANCIONES DE VERANO:
ÚNETE AL CANAL DE WHATSAPP DE ENCIENDE CUENCA
AÑADE A ENCIENDE CUENCA EN GOOGLE
SIGUE A ENCIENDE CUENCA EN GOOGLE NEWS
MÁS ARTÍCULOS DEL AUTOR





