Estoy convencido de una cosa, amigo lector, hemos alcanzado el mayor hito de la historia de la humanidad: vivir más y con mayor calidad de vida. Sin embargo, nuestra mayor victoria social se está convirtiendo, paradójicamente, en e rompecabezas más complejo para nuestra economía local. Las predicciones de Eurostat han puesto, por fin, los números sobre la mesa: si el año pasado contábamos en Europa con diez trabajadores en activo por cada tres jubilados, en el año 2100 esa cifra se desplomará a diez trabajadores por cada seis. Para entonces, los mayores de 65 años superarán el tercio de la población total , y la población en edad de trabajar habrá caído drásticamente de 263 millones a poco más de 198 millones. Pero en Cuenca no necesitamos mirar a finales de siglo; el futuro ya ha chocado contra la persiana de nuestros negocios.
«Tu empresa también está envejeciendo, ¿te habías dado cuenta?». Ante este panorama, el ruido mediático suele estancarse en la eterna pregunta de quién pagará las pensiones, incluso, si habrá pensiones, cosa que dudo. Sin embargo, para quienes levantan la persiana de su negocio cada mañana, la urgencia es otra mucho más cruda: ¿quién hará el trabajo? Hasta ahora, el mercado operaba bajo la falsa premisa de que siempre habría personas disponibles para cubrir una vacante o asumir un crecimiento. Al romperse esa ilusión, la solución perezosa ha sido cargar más trabajo sobre quienes ya están en plantilla, generando más horas y dependencia, pero no necesariamente empresas más sólidas, al revés, empresas cansadas y sobrepasadas, trabajadores hasta los huevos, si se me permite la expresión.
Es tentador dejarse deslumbrar por los cantos de sirena tecnológicos. Elon Musk, por ejemplo, sostiene que en un par de décadas la inteligencia artificial y la robótica harán que trabajar sea opcional, permitiendo financiar una renta universal. Ya lo advertía Séneca con enorme lucidez: «La mayor rémora de la vida es la espera del mañana y la pérdida del día de hoy». Resulta paradójico imaginar a un empresario en el polígono de La Cerrajera leyendo fascinado sobre algoritmos que todo lo resuelven, justo en el instante en que tiene que remangarse para organizar cuadrantes a mano. La realidad actual es una reducción progresiva de la población activa y dificultades reales para contratar , mientras se mantiene una dependencia casi suicida de tareas manuales y personas concretas. Esperar un milagro de Silicon Valley para llegar a fin de mes es hacerse trampas al solitario.
Conviene detenerse y ser justos: esta encrucijada es el síntoma de un éxito rotundo. A nuestra innegable longevidad se suma la bendita consolidación de la clase media, que ha llenado las aulas universitarias buscando un futuro mejor. Sin embargo, esa aspiración legítima ha estigmatizado injustamente la Formación Profesional y ha vaciado de relevo generacional oficios físicos o menos reconfortantes. Hoy, intentar que un albañil de barrio te dé cita para una reforma antes de un año es casi una utopía, y pasear por nuestras calles es sortear un goteo incesante de carteles de «Se busca personal» en bares y restaurantes. En provincias como la nuestra, el drama es doble: el joven que finalmente se forma, ya sea en la universidad o en un oficio técnico, termina con demasiada frecuencia haciendo las maletas hacia Madrid o Valencia, vaciando aún más nuestra reserva de talento local.
Y es justo aquí donde tropezamos con nuestra propia hipocresía: la miopía del edadismo. Lloramos por la falta de jóvenes, pero el mercado laboral margina con crueldad a los mayores de cincuenta años. Hablamos de alargar la edad de jubilación por necesidad macroeconómica, pero cuando un profesional de 52 años pierde su empleo, el sistema lo descarta por “demasiado mayor”. Muchas pymes siguen buscando perfiles de 25 años con diez de experiencia —un unicornio estadístico—, mientras desaprovechan un talento sénior que está plenamente capacitado y dispuesto a aportar.
La demografía es una matemática implacable que escapa a nuestro control. Ante ello, toca abandonar la demagogia. Por un lado, debemos construir empresas capaces de funcionar con procesos eficientes en lugar de depender del sobreesfuerzo individual. Por otro, es imperativo exigir una respuesta de Estado. Necesitamos una visión mucho más amplia basada en la colaboración entre los sectores público y privado. Sin la fuerza laboral extranjera, nuestro tejido
productivo colapsaría. Exijo una política que organice una inmigración regularizada y ofrezca formación rápida, lejos de la burocracia y las batallas culturales en redes sociales. El reto no es solo financiero, sino un desafío mayúsculo de competitividad e innovación. La longevidad no es el problema; el verdadero reto es cómo nos preparamos, sin prejuicios, para vivir más y mejor.
ÚNETE AL CANAL DE WHATSAPP DE ENCIENDE CUENCA
AÑADE A ENCIENDE CUENCA EN GOOGLE
SIGUE A ENCIENDE CUENCA EN GOOGLE NEWS
MÁS ARTÍCULOS DEL AUTOR








