Créeme, amigo lector, el suelo tiembla igual para todos, pero no todos nos caemos de la misma manera. El terrible terremoto en Venezuela, con cientos de muertos atrapados bajo los bloques de hormigón, nos deja una verdad dolorosa en la cara: los desastres naturales tienen muy poco de “naturales” y mucho de política. Al final, no es la Tierra la que mata; lo que mata es la desidia de quienes gobiernan.
Como Arquitecto Técnico —y lo digo sin aires de sabelotodo—, uno aprende a ver los edificios con otros ojos. El hormigón es un material maravilloso, pero si un ayuntamiento no controla lo que se construye, si se permite levantar bloques informales de varios pisos sin cimientos, o si se escatima en el acero de refuerzo para llenarse los bolsillos, el edificio se convierte en una trampa mortal. Cuando ves en la televisión esas torres colapsando como un acordeón, no estás viendo mala suerte; estás viendo años de corrupción y abandono populista.
Esta peligrosa mezcla entre populismo y desprecio por la normativa técnica no es exclusiva de las estructuras de hormigón frente a los seísmos. Lo vemos constantemente cuando la política mete la mano en la arquitectura. Pensemos, por ejemplo, en la reciente tragedia del incendio del hotel en el Caribe. Allí, el diseño y las decisiones regulatorias terminaron dictados por el discurso político y la urgencia propagandística antes que por los códigos estrictos de seguridad contra incendios. El resultado fue idéntico: materiales inadecuados, ausencia de vías de evacuación reales y lagunas normativas consentidas que convirtieron un lugar de descanso en un infierno. Da igual si el catalizador es el fuego o un doblete sísmico; cuando un régimen decide ignorar la disciplina de la construcción, las consecuencias las paga la gente con su vida.
El filósofo Francis Bacon decía que para dominar a la naturaleza primero hay que obedecerla. Los países desarrollados lo entendieron hace tiempo. En lugares con muchos seísmos, la ley te obliga a usar aisladores sísmicos —unos amortiguadores de goma y acero en los sótanos— que reducen el meneo del edificio de manera drástica. Allí la norma se cumple porque el Estado funciona. En Venezuela, en cambio, aunque la ley sismorresistente existe sobre el papel, menos de la cuarta parte de las construcciones cuentan con estas protecciones porque se han obviado las mejores prácticas de ingeniería.
Pero lo más indignante viene el día después. Un gobierno que pasa de las normas de construcción es el mismo que luego es incapaz de reaccionar ante la tragedia. Tras el temblor, la realidad te golpea en el estómago: excavadoras paradas porque no hay combustible en uno de los principales productores de petróleo del mundo, hospitales desabastecidos donde no queda ni una venda, y unos servicios de rescate locales obsoletos o desmantelados.
Da una pena tremenda encender la televisión y ver que casi todos los rescatistas que entrevistan llevan banderas de otros países porque el cuerpo de auxilio local no tiene equipamiento ni recursos. Y en medio de ese vacío de autoridad, florece la desesperación más cruda: familias intentando sobornar a los operarios de las pocas máquinas disponibles para que busquen a su hijo, a su madre, antes que al vecino. Es desgarrador. Cuando las instituciones se pudren, la ética se rompe y salvarse se vuelve un sálvese quien pueda.
Y para colmo de males, si miras hacia el norte, el panorama internacional asusta. Mientras medio mundo se cae a pedazos, Donald Trump decidió en su momento desmantelar USAID, que era la mayor agencia de ayuda humanitaria del planeta, y sacó a Estados Unidos de la Organización Mundial de la Salud. El mensaje es de un egoísmo ridículo: “búscate la vida”. Nos demuestra que ser una superpotencia no es solo tener el ejército más grande o amenazar a Irán para luego huir con el rabo entre las piernas; es estar ahí cuando la humanidad te necesita. Si solo tienes armas para asustar, eres una potencia incompleta.
Y ahora, ¿qué nos queda? Nos quedan miles de personas sin hogar, sin comida, sin agua potable ni condiciones mínimas de salubridad. Nos quedan miles de niños durmiendo a la intemperie, en el suelo frío. ¿Durante cuánto tiempo? ¿Va a ser capaz este país de sacar adelante una situación tan extrema? Sinceramente, creo que no. Esto ya era un Estado fallido, pero esta tragedia le ha dado la puntilla definitiva; lo ha rematado. Mientras tanto, en los despachos oficiales seguro que seguirán coreando ¡viva la revolución!, una consigna que hoy se lee con amarga ironía desde la calle, escrita sobre los escombros de un país que se desmoronó mucho antes de que la Tierra decidiera temblar.
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