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Opinión

Se llama Esperanza

No somos víctimas del hechizo de Dios. Dios no embruja ni hipnotiza: llama, propone, acompaña. La fe no es un deslumbramiento pasajero, sino una respuesta libre a una presencia que permanece.

El día después de las procesiones del Corpus y de los encuentros amigables, todavía late el Espíritu Santo en lo escondido, y sigue presente el Cuerpo y la Sangre de Cristo sobre los altares de los pueblos más pequeños, en esa España disponible que apenas aparece en los mapas mediáticos. La vida sigue, y a veces se parece mucho a un restaurante rural de Navaltoril que, un sábado cualquiera, se llena hasta los topes. Allí, entre mesas apretadas y un plato de migas, empieza un pequeño éxodo: hombres y mujeres se levantan para caminar juntos hacia la ermita románica y visigoda de Piedraescrita, como si cada paso fuese una sílaba más en una historia larga que España sigue escribiendo.

También madrugaron 400 jóvenes desde la provincia de Cuenca. Dejaron atrás las plazas silenciosas al amanecer para llegar puntuales a una cita que les importa. Vienen cantando y alzando la mirada. Nadie les ha hechizado: los mueve la esperanza y la fe. No han sido arrastrados por un encantamiento divino, sino que se saben protagonistas libres de una respuesta compartida.

En medio de esta geografía resuenan los caminos y el nombre de Isabel la Católica, y sus leyes que, con todas sus luces y sombras, intentaron poner freno a determinadas injusticias y reconocer la dignidad de quienes encontraban al otro lado del mar. Es otra página de la misma narración: un país que tropieza, rectifica, se contradice y, aun así, insiste en buscar una cierta justicia posible. No hay hechizo aquí, sino un hilo de decisiones humanas que sigue encontrando eco en quienes hoy sueñan una España más justa y más unida.

La llegada del Papa, del Pastor que muchos esperan desde la sencillez de su propia vida, convocó también a responsables públicos y autoridades locales. Entre ellas, la presidenta de la Diputación Provincial de Toledo, empeñada en que la provincia avance hacia un mayor equilibrio territorial, para que los municipios pequeños no queden definitivamente al margen. Lo esperaba también una religiosa que llegó desde África para educar a los niños de este nuevo mundo mezclado, donde los apellidos se cruzan y las lenguas se superponen.

Alrededor, familias hispanas sentían en ese momento sus raíces cristianas comunes, hechas de procesiones humildes, rezos de abuela y fiestas patronales en pueblos que apenas conservan escuela. Estaban allí también las mujeres rurales de AFAMMER que vinieron desde El Casar, en la provincia de Guadalajara, que sostienen la vida con una tenacidad silenciosa; y aquellas que habitan las urbanizaciones de las zonas limítrofes de Madrid, anexas a las tierras del Jarama. Son ellas quienes mantienen encendida la lumbre de lo cotidiano en las zonas despobladas de Castilla-La Mancha y en esas periferias donde el campo y la ciudad se rozan.

De eso trata, en el fondo, cada nuevo día: de la vida, de la paz y de lo que nos une. De un liderazgo cristiano que no se mide en focos, sino en la capacidad de escuchar al último de la fila. De una humanidad que sigue viva en la Iglesia Católica, pese a sus heridas, y que se desborda en tantos rincones de España donde se comparte mesa, pan, tiempo y perdón.

La vida sigue, sí. Aunque, a veces, en un restaurante abarrotado de Navaltoril, pedanía de Robledo del Mazo en plena comarca de La Jara, atravesada por el Camino de Guadalupe, y al pie de la ermita visigoda de Piedraescrita, se detiene, respira hondo y recuerda que somos capaces de encontrarnos, reconocernos y caminar juntos. Ese mismo latido se hace visible cuando los jóvenes cargan el palio del Santísimo, cuando las personas abren las puertas de sus casas a Cristo o preparan con amor y tradición sus altares, no una, sino dos veces al año, como hace el pueblo de Fuentelespino de Haro. Y eso, más que hechizo, se llama Esperanza.

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