Anoche, mientras medio país tenía la mirada puesta en los cuartos de final del Mundial —España peleaba por el pase a semifinales—, más de 300 personas eligieron otro tipo de emoción: llegar al parque arqueológico de Segóbriga, en Saelices (Cuenca), y dejar que la música de las bandas de Villarejo de Fuentes y Quintanar del Rey estableciera un diálogo con la piedra, el viento y las estrellas. Fue la cita del 10 de julio dentro de Actuamos en Patrimonio, el ciclo estival que la Diputación Provincial de Cuenca programa cada verano fusionando patrimonio histórico y música contemporánea, con el teatro romano de Segóbriga como escenario principal. La experiencia, más que un concierto, fue una forma de acariciar con mimo el entorno. Algo muy liberador que desvió al público del ruido mediático para abrazar otros sonidos, que iban desde el cotidiano murmullo suave de los asistentes saludándose hasta la experiencia músico-sensorial del evento.
El teatro romano, construido en parte en la ladera, iluminado por velas y luces cálidas, no era solo un escenario: era un cuerpo pétreo que respiraba con el público. Cada nota oscilaba por las gradas con esa sensación de estar en un lugar que ya existía mucho antes de que nadie llegara y que, seguramente, seguirá cuando ya no estemos.
Bastaba levantar la vista para descubrir el cielo abierto, casi sin contaminación lumínica, y entender que lo que allí ocurría era, también, una forma de cuidado. La naturaleza, el patrimonio, la música y el silencio entre pieza y pieza componían una especie de ritual terapéutico: respirar hondo, escuchar con atención y recordar que el tiempo puede tener otros ritmos más humanos.
Sentarse en la piedra erosionada, sentir el contacto con el suelo, con la historia del territorio, mientras la banda interpretaba un pasodoble, una marcha o un tema más contemporáneo, era casi como una sesión de meditación colectiva. Se mezclaba el orgullo de ver a los jóvenes tocar con la serenidad de estar en un lugar que no exige nada más que presencia. Los chavales y chavalas de la banda, que podrían estar en cualquier otro sitio, mirando cualquier otra pantalla, han decidido invertir sus tardes, sus vacaciones, su energía en ensayar, viajar, tocar, aprender y sostener una tradición que no es una postal antigua, sino un patrimonio vivo. Ese gesto —repetir cada ensayo, cada desplazamiento, cada concierto— es una forma de decir: “El territorio importa, la música importa, la vida en los pueblos importa”.
No es casualidad que sean estas dos formaciones las que sostienen la noche. La Asociación Musical Nuestra Señora de Fuentes, de Villarejo de Fuentes, nació el 5 de febrero de 1986, compró sus instrumentos en enero de 1987 y se presentó oficialmente el 19 de marzo de 1989 bajo la dirección de Jaime Charco Izquierdo; desde entonces recorre la geografía castellanomanchega y en 2026 se ha estrenado incluso en la Semana Santa de Cuenca acompañando al Santísimo Cristo de la Agonía. La Agrupación Musical de Quintanar del Rey llega desde La Manchuela, un municipio de unos 7.500 habitantes donde la banda es, para muchas familias, la puerta de entrada a la música y a la vida asociativa. Verles allí, en el centro del teatro romano, con sus instrumentos, frente a un público atento, era la prueba palpable de que algo se mueve. No solo por los grandes nombres del programa —Malú, Sexy Zebras, Funambulista, Yerai Cortés o Hey Kid, que también pasan este verano por Segóbriga—, sino por estas bandas de pueblo que articulan identidad, memoria y comunidad. Hay algo muy esperanzador en que la emoción de la noche se sostenga con una mezcla de juventud y veteranía. Que quienes empezaron “desde el minuto cero” estén conviviendo con quienes apenas están dando sus primeros pasos musicales es un logro del empeño de varias generaciones.
Al terminar el concierto, pasear entre las ruinas —las mismas de la Segóbriga romana que después, en época visigoda, fue sede episcopal— dejaba una sensación distinta: más ligera, más conectada, más en paz. A veces se olvida que la cultura también puede ser refugio y cuidado, que un concierto de banda en cualquier punto del patrimonio de los pueblos, bajo las estrellas, es una forma de terapia suave, asequible y comunitaria.
Segóbriga no fue solo un lugar en la programación de Actuamos en Patrimonio; fue un espacio donde la cultura y la historia hicieron su trabajo silencioso sobre quienes acudieron. Salir de allí con la sensación de haber compartido belleza, escuchar a los jóvenes tocar, ver al público emocionarse y notar cómo la noche se cerraba despacio sobre el teatro romano es una de esas experiencias que justifican seguir escribiendo y seguir creyendo que las personas, cuando se rinden a su talento, tienen mucho que aportar para transformar los territorios. España pasó a semifinales, sí; pero en Saelices, Villarejo de Fuentes y Quintanar del Rey ganaron por goleada histórica en aplausos y gratitud.
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