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Misa en San Isidro en el 42 aniversario de la muerte de Fernando Zóbel

Este martes 3 de junio de 2026 se celebró en la ermita de San Isidro Labrador (Vulgo de Arriba), la misa funeral anual en memoria del pintor Fernando Zóbel y López de Ayala, fundador del Museo de Arte Abstracto Español y Medalla de Oro de Cuenca a título póstumo, fallecido en Roma el 2 de junio de 1984, a los 59 años de edad, con asistencia de representantes del Museo de Arte Abstracto Español, IES Fernando Zóbel y directivos de la Hermandad de San Isidro.

La ceremonia religiosa, en el 42 aniversario de la muerte del pintor filipino fue oficiada por el párroco de Santiago y San Pedro, Miguel Ángel Albares, rector de la ermita isidril,  quien en la homilía recordó que “han transcurrido ya más de cuatro décadas de la muerte de nuestro querido Fernando Zóbel y, sin embargo, sus creaciones permanecen vivas, intactas en su capacidad de conmovernos y de interpelar nuestra mirada. Su obra sigue hablando al presente con una frescura que desafía el paso del tiempo. Y si esa permanencia da testimonio de la grandeza de su legado artístico, nuestra fe nos invita a contemplar una realidad aún más profunda: la perdurabilidad de su propia vida, no solo en la memoria agradecida de quienes lo admiramos, sino en esa Vida plena que ya contempla cara a cara a su Creador, la Belleza absoluta que Fernando buscó incansablemente a través del arte y de la música”.

Recordaba el oficiante que el pasado mes de septiembre nos dejaba también Gustavo Torner. La misma Catedral que acogió a Fernando en 1984 para su último adiós recibió igualmente a Gustavo en su despedida terrenal. Hoy me gusta imaginarlos juntos en la Cuenca del cielo, conversando como siempre, dialogando, creando, compartiendo intuiciones y hallando, por fin, la razón última de toda belleza”. Señalaba Albares que Gustavo Torner “recordaba una conversación entre amigos durante una cordial cena en la que participaban artistas y críticos de arte, entre ellos Fernando Zóbel. «Hablábamos —decía— sobre cuál podía considerarse la manifestación artística más completa. Algunos defendían el teatro; otros, la ópera, evocando aquella célebre idea de Wagner de la obra de arte total, la Gesamtkunstwerk. Después de escuchar atentamente todas las opiniones, les dije: “No, la Misa es la manifestación artística más completa. En ella convergen la arquitectura, la escultura, la pintura, la música, la luz, las vestiduras y los objetos litúrgicos; y a todo ello se añade incluso la experiencia del olfato, con la cera de las velas y el incienso».

“Gustavo me relató también una anécdota que revela admirablemente la sensibilidad de ambos”, señalaba Albares en su plática. “Una mañana, Fernando Zóbel y él mismo se presentaron en el Obispado para solicitar audiencia con el Deán de la Catedral, don Salvador, hombre culto y profundo conocedor del arte.

—Don Salvador —le dijeron—, venimos a pedir permiso al Cabildo para realizar una intervención en la Catedral.

El buen deán, al ver ante sí a aquellos dos jóvenes artistas, imaginó probablemente la más audaz de las propuestas y no pudo ocultar cierta expresión de alarma. Pero, a medida que escuchaba sus explicaciones, la preocupación fue transformándose en una sonrisa serena.

La intervención que proponían era tan sencilla como hermosa: restaurar mediante una limpieza cuidadosa la capilla de Santa Catalina, entonces uno de los espacios más oscuros, deteriorados y olvidados del templo. Querían devolverle su dignidad original con el máximo respeto y delicadeza. Y añadieron que, si el proyecto recibía aprobación, podrían extender esa labor a otros rincones de la Catedral.

Adquirieron los utensilios necesarios y, armados únicamente de paciencia, esmero y amor por la belleza, comenzaron su tarea. Limpiaron cuidadosamente el retablo y toda la capilla; instalaron una discreta iluminación que realzara su atmósfera sin alterarla; y culminaron la intervención viajando a Madrid para adquirir un mantel de hilo en la Plaza Mayor, que después mandaron confeccionar para el altar, acompañado de dos sencillos candelabros con sus velas.

Así fue como aquellos dos grandes maestros dedicaron parte de su tiempo a una labor silenciosa, humilde y casi invisible, movidos únicamente por el deseo de cuidar y ennoblecer un lugar sagrado. Quizá en esa historia aparentemente pequeña resida una de las más bellas enseñanzas de sus vidas. Que Fernando Zóbel y Gustavo Torner, maestros de la mirada y servidores de la belleza, gocen para siempre de la Belleza eterna que tanto buscaron y amaron”, concluyó el oficiante en el recuerdo eterno a Zóbel y Torner. Finalizada la misa los asistentes se acercaron hasta la tumba de Fernando Zóbel, en el cementerio de Personalidades Conquenses, donde se realizó la ofrenda floral, y el oficiante rezó un responso por su eterno descanso y el de todos los difuntos.

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