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Opinión

Papa a la carta, la moda catecumenal

Sostiene Milan Kundera que si la mentira es imprescindible, uno debe quedar en una situación que se parezca lo máximo posible a la verdad. Algo de ese simulacro se vivió en el Congreso de los Diputados con la histórica intervención del papa León XIV. Durante siete minutos, España pareció un país maduro, capaz de fundirse en un aplauso unánime. Fue, como bien describió un cronista, un orgasmo fingido de convivencia parlamentaria. Pero el telón tardó poco en caer, dejando al desnudo el ridículo de una clase política adicta al oportunismo.

El espectáculo posterior fue dantesco. Los políticos españoles acudieron al discurso del Pontífice a expurgar el texto como quien se sirve en un buffet libre, confeccionándose un Papa a su estricta medida. El ministro Félix Bolaños aplaudió la defensa de los migrantes, ignorando que la doctrina católica colisiona con el aborto o la eutanasia. En la otra orilla, Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal suscribieron cada palabra sobre la familia, pero hicieron equilibrismos para no darse por aludidos cuando el Papa impugnó el desprecio al extranjero. El culmen de la neurosis lo protagonizó Míriam Nogueras, quien en un involuntario homenaje a las comedias de Paco Martínez Soria, retuvo materialmente del brazo al Pontífice para exigirle que la misa de la Sagrada Família fuera en catalán. El Papa, intentando desembarazarse de la escena, debió pensar cosas sobre ella que luego le costaron una buena confesión y una larga penitencia.

Y qué maravillosa imagen para la historia de la hipocresía nos regaló el ministro de Cultura, Ernest Urtasun. Ahí estaba él, de pie, batiendo las palmas con una desgana y una desazón casi poéticas durante los eternos siete minutos que duró la ovación. Qué trago tan amargo debió ser para el ministro —comunista vocacional— aplaudir el discurso de un líder religioso que le acababa de decir a la cara, apelando al derecho natural, que legislar a favor del aborto o la eutanasia atenta contra una meta de civilización. Pero claro, el líder es el líder, y su presidente, Pedro Sánchez, acorralado por los escándalos de corrupción que asedian a su entorno más íntimo, necesita todas las cortinas de humo posibles —incluido el blanqueamiento de la púrpura vaticana— para ganar un tiempo precioso.

Ya sé, amigo lector, que el Papa es Jefe de Estado además de líder espiritual, no hace falta que me mandes una carta al director para corregirme el dato. Pero sabes tan bien como yo que su autoridad procede de la fe y la espiritualidad. León XIV no ha venido aquí a negociar los aranceles de Donald Trump, a reestructurar la economía o a debatir sobre los fondos de la PAC (una política agraria que, sospecho, afecta bastante poco a ese gran productor agrícola que es el Vaticano). Vino a dar un sermón moral.

Andar a tientas en el campeonato de la incoherencia es la especialidad de Podemos, que siempre juega en otra liga. Ione Belarra se apresuró a denunciar la visita comparando al Papa con un ayatolá islámico. Resulta curiosa la doble vara de medir de la izquierda alternativa: tan garantista con la libertad de culto cuando se trata de defender el hiyab musulmán, pero tan ferozmente beligerante con la Iglesia católica. Como entre los sectores católicos no hay ni un solo votante de Podemos, Belarra y los suyos se ahorraron el contorsionismo ideológico. Lo suyo no fue un paripé político; fue, llanamente, una rabieta infantil que consistió en dar la espalda al discurso de un señor porque no encaja en su estrecho marco mental.

Aunque para lección, la que se llevaron los independentistas catalanes en Barcelona. El Papa les dio las migajas que tanto ansiaban al leer un par de frases en catalán, solo para, acto seguido, asestar un golpe directo a la línea de flotación de cualquier separatista al recordar la necesidad de derribar murallas que aíslan y trabajar por la unidad colectiva. La respuesta del independentismo fue otra rabieta infantil —marca de la casa—: intentar montar una revuelta de esteladas en las calles, como si estuvieran en la final de la Copa del Rey; esa competición que tanto odian en la teoría, pero que tanto les gusta ganar en la práctica.

Quiero aclarar, antes de que el lector afile la pluma para contestarme —¿verdad, Daniel?—, que no es el cometido de estas líneas ensalzar ni discutir el dogma de la Iglesia católica; unas ideas con las cuales, en gran medida, no comulgo (valga el juego de palabras). No es este el foro para abrir el enésimo debate sobre la posición vaticana respecto a los homosexuales, las madres solteras o los derechos civiles. Lo que aquí se denuncia no es la fe ni el uso de la iglesia de ella, sino el uso espurio de la fe: la visita de un Pontífice convertida en un desfile de vanidades y la bochornosa actuación de unos políticos incapaces de sostener la mirada a sus propios principios.

Andrés Trapiello recordaba hace poco en la radio que todo se acaba, «hasta la pena». Sin embargo, en medio de este lodo de conveniencias, queda una paradoja innegable. En un tablero internacional asfixiado por los tambores de guerra, resulta indispensable que una figura con millones de seguidores use su altavoz global para exigir el desarme del lenguaje y la paz universal. El Papa demostró tener algo de lo que carece nuestra política: convicciones. Es una lástima que nuestros representantes solo hayan querido ver en él un espejo donde maquillar sus propias miserias. Mañana, cuando el avión papal despegue, la burbuja se romperá, los insultos volverán a las Cortes y confirmaremos que este supuesto milagro de concordia no fue más que un alto el fuego de la hipocresía.

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