El insolente temporal que ha castigado a Cuenca estos días tuvo la deferencia de respetar el luto de la procesión del Santo Entierro, un funeral que ha devuelto el pulso a la malherida Semana Santa de Cuenca.
La ciudad, sedienta de procesión, ha acudido en masa al sepelio. Este año no hemos visto los capítulos que nos han llevado hasta aquí, pero el nazareno conquense puede rellenar con lo tiene grabado en su disco duro las escenas de la pasión que nos hemos perdido.
La banda de la Junta de Cofradías intercala música y silencios en los primeros pasos del cortejo fúnebre, del que forman parte todas las hermandades de la Semana Santa, que han poblado las filas de esta multitudinaria procesión.
Cuando la Cruz Desnuda ya estaba en la calle saltaron las alarmas, porque comenzó a llover, primero tímidamente y luego con un poco más de intensidad. Por fortuna, las gotas de duda se disiparon rápidamente y la comitiva, con el susto en el cuerpo, retomó su camino.
Los Caballeros escoltaban un año más al Yacente de Marco Pérez, que salió de la Catedral cuando sonó el himno nacional en la Plaza Mayor. Por su parte, las enlutadas damas de la Congregación acompañaban en su duelo a la Madre, que comenzó su procesión con la Marcha de Infantes interpretada por la banda municipal.
Las nubes dieron todavía algún pequeño susto al Santo Entierro en su descenso por Alfonso VIII, como si quisieran recordarnos quien manda en esta Semana Santa en la que han mostrado su mano dura, pero mucha agua tenía que caer para detener a una procesión que tenía la responsabilidad de desfilar por ella y por todas las que no habían podido pisar la calla.
El coro del Conservatorio recibió a las sagradas imágenes en San Felipe Neri y cantó “O Crux Ave” de Rihards Druba para la Cruz Desnuda,. El siguiente paso que alcanzó los Oblatos fue el Yacente, al que le dedicaron el primer Miserere de esta Semana Santa plagada de suspensiones. Para terminar, las voces de la escalinata tenían reservado para la Virgen un Stabat Mater cantado desde el dolor del funeral y de las heridas de esta accidentada Semana Santa.
Bañada por la noche, la procesión descendió por San Juan, Palafox y la Trinidad un cortejo en el que, junto a los nazarenos, participan las autoridades locales y provinciales. Tras atravesar Calderón de la Barca y la calle del Agua, la procesión del Santo Entierro llegó a la calle Los Tintes, un escenario en el que se unió al funeral el río Huécar, que funde su melodía de agua con las marchas nazarenas que interpretan las bandas.
La noche más triste llegó a su final en la iglesia de El Salvador, escenario de una despedida íntima y musical. Punto final para un Viernes Santo que no dejó de derramar lágrimas. Primero sobre las aceras, en forma de lluvia y, al final de la noche sobre las almas, donde cala la congoja.
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