Imagínate la escena, porque seguro que la has vivido esta misma semana. Estás con tus amigos de siempre, tomando una cervecita en una terraza. Alguien comenta que la reducción de la deuda del Ayuntamiento es un alivio, o que este año hay más actividades para los niños. En ese instante, el aire se tensa. Para una mitad de la mesa, te has convertido automáticamente en un palmero del sistema. Pero si diez minutos después lamentas los baches de tu calle, la pérdida del tren o el desastre del transporte público, el veredicto cambia: ahora eres un opositor furibundo.
Esta es la falsa dicotomía que nos asfixia. Nos han hecho creer que la realidad solo tiene dos colores: el blanco o el negro, o el azul y el rojo, si lo prefieres. Si alabas un dato contable, citas un informe; si te quejas de un servicio, intentas que tu ciudadfuncione. No son posturas ideológicas, es sentido común. Pero hoy, tener sentido común parece una actividad de riesgo porque te obliga a llevar una “camiseta de un equipo” que ya no te permiten quitarte jamás.
Piénsalo. Si dices que estás a favor de la energía nuclear como un apoyo necesario a las renovables, te etiquetan de antiecologista. Si defiendes que el lenguaje debe usarse correctamente y te niegas al lenguaje inclusivo forzado al máximo, te llaman misógino. No importa que quieras un planeta limpio o que respetes profundamente a las mujeres y la igualdad tan necesaria; la etiqueta ya está pegada. Es el triunfo de la simplificación sobre la inteligencia.
Esta ceguera de bando es el combustible de un sistema que se alimenta de nuestra pelea mientras algunos mantienen sus atalayas de bienestar. No hay más que ver a esas organizaciones y colectivos que, en días señalados, salen a protestar no contra quien gestiona, sino contra la oposición o contra “herencias recibidas” etéreas. Es el mundo al revés: protestar contra el que no manda para no incomodar al que te firma la subvención. Al final, no defienden el bienestar general, sino el suyo propio y el de los puestos que los encumbraron.
Por eso tenemos una clase política llena de “loros”. Cada mañana reciben en su móvil la consigna del día, el argumentario que deben repetir para que la idea cale por repetición. No piensan, transmiten. Practican lo que George Orwell llamaba en 1984 el “doblepensar”: la capacidad l de sostener dos opiniones contradictorias y aceptarlas según convenga. Es lo que permite a un militante indignarse por un bache hoy y olvidarse de él mañana si cambian las siglas en el despacho de la alcaldía.
Y cuando se quedan sin argumentos, sacan el diccionario de la nada. Si escuchas a un político decir que va a “poner en valor” algo, desconfía. Es la palabra comodín para disfrazar que no hay plan, ni dinero, ni ideas. “Poner en valor” es el refugio de quien no sabe qué hacer con un problema pero tiene que llenar el silencio.
Lo más grave es la disolución de la responsabilidad. En nuestra vida diaria, si tú cometes un error, lo pagas. Sin embargo, en la política, nadie tiene nunca la culpa. Lo hemos visto con la tragedia de la DANA en Valencia, lo vemos cada verano con los incendios y lo vemos aquí, en Cuenca, con el estado ruinoso del edificio del Mercado.
El patrón siempre es el mismo: sucede un desastre y la culpa es del cambio climático, de la burocracia o de un enemigo invisible. Nunca del político en vigor. Están para la foto y el sueldo, pero nunca para las consecuencias.
Como decía Schopenhauer, lo leí en un sobrecito de azúcar, “el último recurso de quien no tiene razón es desviar la atención”.
No dejes que te engañen. La verdadera rebeldía hoy no es votar en bloque ni llevar una camiseta de color. La verdadera rebeldía es recuperar el matiz, rechazar las consignas de WhatsApp y exigir líderes que no tengan que pedir permiso a su partido para admitir un error o reconocer una verdad del contrario.
La próxima vez que escuches a un político hablar como un loro, recuerda que su objetivo no es convencerte, sino que dejes de hacerte preguntas. La pregunta es: ¿hasta cuándo vamos a aceptar que nos traten como a una audiencia adormecida —o como imbéciles—? Si no somos capaces de reconocer un acierto y denunciar un fallo al mismo tiempo, no estamos debatiendo sobre nuestra ciudad; simplemente estamos pasando lista en un cuartel. Y tú y yo sabemos que Cuenca se merece algo mucho mejor que un coro de voces subvencionadas.
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