Hoy no voy a hablar de política, amigo lector, al menos, de política como yo la entiendo. Pero tengo que reconocer una cosa que probablemente sorprenda a quien me haya escuchado hablar de Pedro Sánchez alguna vez: le admiro.
No se me asusten. No he cambiado de opinión, no me he afiliado al PSOE —ya lo estuve— y, hasta donde sé, ningún golpe reciente en la cabeza ha alterado mis reducidas facultades. Mi admiración es estrictamente profesional. La misma que uno puede sentir viendo a un trilero hacer desaparecer la bolita delante de veinte personas que saben perfectamente que les está engañando y que, aun así, terminan buscando debajo del cubilete equivocado.
Porque este artículo no va de ideología. Ni siquiera va exactamente de política. Va de Pedro Sánchez como animal político.
Y, en eso, hay que reconocerlo: es un fuera de serie.
Hace diez años recorría España en un Peugeot presentándose como la regeneración de la política española. Defendía cosas que hoy combate, rechazaba acuerdos que después terminaría firmando y establecía líneas rojas que con el tiempo han debido convertirse en líneas discontinuas.
Estoy convencido de que, si pudiéramos sentar al Pedro Sánchez de entonces frente al Pedro Sánchez de hoy, no llegarían al café. A los diez minutos estarían discutiendo y a los veinte probablemente habría que separarlos.
Y, sin embargo, ahí reside precisamente su genialidad.
Pedro Sánchez ha conseguido sobrevivir hasta a Pedro Sánchez.
Vamos a repasarlo, ¿cuántos políticos que competían con él cuando comenzó esta historia siguen en pie?
Mariano Rajoy se fue. Albert Rivera desapareció. Pablo Casado desapareció. Pablo Iglesias desapareció. Antes habían quedado Eduardo Madina y Susana Díaz por el camino. Ciudadanos pasó de aspirar a gobernar España a prácticamente desaparecer y Podemos acabó reducido a una fracción de lo que llegó a representar, y Sumar, y Junts, y el PNV va a perder el gobierno del País Vasco, y su mayor pieza, caza mayor, el PSOE, que solo queda de él las siglas. No deja títere con cabeza.
Y él sigue ahí.
Han cambiado los adversarios, los socios, los discursos, las promesas, las circunstancias y hasta algunas de las convicciones que parecían innegociables.
Pero él sigue ahí.
Ese es el fenómeno que me interesa.
Porque cometer errores en política es sencillo. Lo extraordinariamente difícil es conseguir que tus errores los termine pagando otro. Y Sánchez ha desarrollado esa habilidad hasta convertirla en una disciplina olímpica.
Si algo sale bien, es gestión. Si sale mal, hay contexto. Si el contexto tampoco sirve, está la oposición. Si la oposición no basta, está la extrema derecha. Si tampoco funciona, aparece Europa, una comunidad autónoma, los jueces, los medios, los bulos, los especuladores o la herencia recibida.
Siempre existe un cubilete debajo del que mirar.
Y mientras todos buscamos la bolita, el Gran Maestro ya está preparando el siguiente movimiento.
Por eso enumerar aquí todos los episodios políticos de estos años sería un error. Haría falta otro artículo y probablemente otro periódico. Amnistía, malversación, Presupuestos, vivienda, Fiscalía, RTVE, Puigdemont, los socios parlamentarios, los escándalos que han afectado al partido, las contradicciones en política exterior… Da igual la que elijamos.
Lo fascinante no es cada caso por separado. Lo fascinante es la supervivencia.
A cualquier otro político español le habría bastado una fracción de determinadas crisis para acabar dando una rueda de prensa solemne, acompañado de su mujer, anunciando que abandona la política para pasar más tiempo con su familia.
Sánchez no.
Sánchez vuelve.
Siempre vuelve.
Cuando parece acorralado, reaparece con otro marco, otro enemigo, otra explicación o una nueva batalla que consigue que dejemos de hablar de la anterior. Es el Houdini de la política española.
Y además posee otra cualidad imprescindible para semejante ejercicio: no parece sentir nostalgia alguna por sus propias opiniones. Bueno, en general, no parece sentir, sin más.
La hemeroteca, que para cualquier político normal es un depredador natural, con Pedro Sánchez ha terminado convertida en un álbum de fotografías antiguas.
—Usted dijo exactamente lo contrario hace cinco años.
—Las circunstancias han cambiado.
Y a correr.
Quizá ahí esté una de las claves de su longevidad. Nosotros seguimos esperando coherencia ideológica de un político que hace mucho tiempo comprendió que la coherencia puede convertirse en un lastre cuando el objetivo primordial es conservar la iniciativa.
Otros juegan al ajedrez pensando diez movimientos por delante.
Sánchez juega de otra manera.
Si hace falta cambia las reglas, cambia las piezas y, llegado el caso, cambia de tablero.
Pero continúa jugando.
Y mientras tanto nosotros seguimos discutiendo sobre si aquello que acaba de hacer contradice exactamente aquello que dijo que jamás haría. Claro que lo contradice.
¿Y qué?
Para cuando se termina de demostrar, ya estamos hablando de otra cosa.
Ahí está el Gran Maestro.
No creo que vuelva a aparecer fácilmente otro político semejante. Uno puede detestarlo, votarlo, combatirlo o defenderlo, pero negar su capacidad de supervivencia empieza a resultar absurdo.
Ha visto caer adversarios a su izquierda y a su derecha. Ha sobrevivido a guerras internas dentro de su propio partido, derrotas electorales, socios incómodos, cambios de discurso, crisis institucionales y escándalos que habrían enterrado carreras políticas mucho más tranquilas.
Y ahí continúa, sonriendo con esa expresión de modelo de perfume barato de aeropuerto, como si todo estuviera exactamente donde él quería.
Es extraordinario.
Messi veía un pase donde los demás veían seis defensas. Michael Jordan parecía saber dónde iba a caer el balón antes de que tocara el aro. Pedro Sánchez posee su propio talento sobrenatural: sabe detectar una salida política en habitaciones en las que los demás solo vemos paredes.
Por eso sospecho que algún día se estudiará el sanchismo en las facultades de Ciencias Políticas. Bueno, no es una sospecha, es una certeza.
Teoría y práctica del Sanchismo I.
Primer cuatrimestre: Cómo negar hoy lo que necesitarás mañana.
Segundo cuatrimestre: Conversión del problema propio en responsabilidad ajena.
Y una asignatura optativa especialmente complicada:
Supervivencia política avanzada.
Para aprobarla habrá que sobrevivir a unas primarias, una expulsión, una moción de censura, varias elecciones, una pandemia, una coalición, unos cuantos socios imposibles, una hemeroteca completa y a uno mismo.
Y seguramente el único que sacaría matrícula de honor sería él.
Pedro Sánchez, el Gran Maestro.
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