Cada 15 de octubre, el Día Internacional de las Mujeres Rurales nos recuerda una realidad que quienes vivimos en los pueblos conocemos bien durante los 365 días del año: gran parte de la vida de nuestras localidades descansa sobre los hombros de mujeres que trabajan, cuidan, emprenden y sostienen a sus familias y comunidades, muchas veces sin el reconocimiento que merecen.
La Asamblea General de las Naciones Unidas instauró esta jornada en 2007 para visibilizar la contribución de las mujeres rurales al desarrollo, la seguridad alimentaria y la lucha contra la pobreza. Sin embargo, casi veinte años después, sigue siendo necesario reivindicar algo que debería resultar evidente: sin mujeres no hay futuro para el medio rural.
Porque cuando hablamos de mujeres rurales no hablamos únicamente de agricultoras o ganaderas. Hablamos de quienes mantienen abiertas pequeñas empresas, de quienes trabajan en la industria agroalimentaria, de las auxiliares de ayuda a domicilio, de las cuidadoras de nuestros mayores, de las trabajadoras de residencias, de las emprendedoras que apuestan por quedarse y crear empleo donde otros solo ven dificultades.
Pero también hablamos de algo que rara vez aparece en las estadísticas: del inmenso trabajo invisible que sostiene la convivencia en nuestros pueblos.
Lo veo cada día como alcaldesa de Ledaña y también recorriendo la provincia de Cuenca como diputada provincial. Los pueblos no siguen vivos por casualidad ni por decreto. Siguen vivos porque hay personas que deciden quedarse. Porque alguien abre la persiana de un negocio cada mañana. Porque alguien toma el relevo de la explotación familiar. Porque alguien organiza una actividad, cuida de un familiar dependiente o dedica horas de forma voluntaria para que una asociación funcione. Y, en muchísimos casos, ese alguien es una mujer.
Basta observar cualquier pueblo de nuestra provincia, especialmente los más pequeños. Allí donde apenas quedan unos cientos de habitantes, las mujeres suelen ser el motor de la vida comunitaria. Son quienes mantienen activas las asociaciones, quienes preparan actividades culturales, quienes organizan talleres, quienes colaboran en las fiestas patronales, quienes transmiten tradiciones y quienes consiguen que generaciones diferentes sigan encontrando espacios para convivir.
En La Manchuela conocemos además la importancia económica que tiene el empleo femenino. Sectores como el cultivo y la comercialización del champiñón y la seta han permitido durante décadas fijar población y generar oportunidades para cientos de mujeres. Detrás de muchas familias que han podido permanecer en sus municipios hay empleos ligados a estas empresas. Defender estos sectores no es solo una cuestión económica; es también una política de lucha contra la despoblación.
Lo mismo ocurre con los servicios de atención y cuidados. En la ayuda a domicilio, en las residencias, en las viviendas de mayores o en la atención a personas dependientes encontramos mayoritariamente a mujeres desempeñando una labor imprescindible. Son profesiones que permiten una mejor calidad de vida a nuestros mayores y que, al mismo tiempo, generan empleo estable en zonas rurales.
Sin embargo, seguimos pidiendo a estas mujeres que soporten más cargas que nadie. Se les exige emprender en lugares imposibles. Se les exige conciliar donde los servicios son insuficientes. Se les exige quedarse cuando faltan oportunidades.
Se las abandona cuando la burocracia se come al esfuerzo. Se las abandona cuando emprender es tan difícil. Se las abandona cuando una emprendedora tiene que invertir más tiempo en justificar ayudas que en desarrollar su negocio Y se las abandona cuando los servicios no llegan: cuando falla la conectividad, cuando el transporte y la atención sanitaria quedan lejos, y cuando el cuidado de mayores y dependientes recae, una vez más, sobre las mujeres de la familia.
Por eso reivindicar a la mujer rural no es un gesto simbólico ni una celebración folclórica. Es hablar de igualdad, de oportunidades y de futuro. Es hablar de desarrollo económico, pero también de cohesión social. Es comprender que detrás de cada mujer que logra desarrollar su proyecto de vida en un pueblo existe una familia que se queda, una vivienda que sigue habitada, unos servicios que se mantienen y una comunidad que continúa teniendo futuro.
Necesitamos medidas concretas: menos burocracia, más apoyo al emprendimiento, más oportunidades para las jóvenes, un reconocimiento real de la titularidad compartida en las explotaciones agrarias, respaldo a las empresas que generan empleo femenino y servicios públicos de proximidad que permitan vivir y trabajar en el medio rural en igualdad de condiciones.
Y necesitamos algo más importante todavía: dejar de considerar a las mujeres rurales como una excepción admirable para empezar a reconocerlas como lo que realmente son. El principal activo de nuestros pueblos.
Por eso me cuesta aceptar que se las homenajee un día al año mientras el resto del tiempo siguen enfrentándose solas a muchos de los problemas estructurales que amenazan al mundo rural.
El medio rural no necesita discursos cada 15 de octubre. Necesita compromiso, inversión y políticas que entiendan que el futuro de nuestros pueblos pasa, en gran medida, por el futuro de sus mujeres.
A ellas, gracias por seguir apostando por nuestros pueblos. Gracias por quedaros. Y gracias por demostrar cada día que el corazón del medio rural tiene nombre de mujer.
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