En nuestras vidas, como en las narraciones, hay largos periodos de los que no recordamos apenas nada; son las elipsis que permiten que el relato avance. En otros momentos el tiempo parece ralentizarse y se acumulan los hechos, las tramas, los recuerdos. Es en esos lapsos cruciales cuando se fragua el corazón del relato, de la vida. En mi caso, la trama se desencadena en el verano del 98, y la banda sonora que la acompaña es “Segundo premio” de Los Planetas.
Recuerdo cosas de ese verano que todos vosotros habéis olvidado: la selección francesa ganaba el Mundial con un equipo multicultural, para disgusto de Mariano Le Pen (o Jean-Marie Rajoy, tanto da); nacía en una chocita madrileña el niño Froilán, que tantas alegrías nos daría más tarde; cerca, muy cerca del lugar en el que probablemente estéis leyendo estas líneas, fallecía comido por la leucemia Antonio Saura. En otro orden de cosas, la abuela Angustias perdía la cabeza, microinfartos cerebrales golpeando como hachazos de aizcolari sus memoria hasta quebrarla. Patricia y yo empezábamos a construir nuestra relación en un viaje con amigos a Barcelona previo a un incesante intercambio de cartas, ella desde Alcalá, yo desde Cuenca, hasta nuestro reencuentro en septiembre, que enseguida se convertiría en el encuentro definitivo (y así que pasen 50 años). Mis padres se decidían al fin a comprar un apartamento en Los Moralejos después de años buscando casa en Cuenca. Y Los Planetas sonaban machaconamente en mi walkman, acompañándome en la casa de mis abuelos de la calle San Marcos, en los paseos por las hoces, sacando a pasear a Rufo por el paso a nivel, subiendo a leer por las mañanas en la biblioteca del Museo de Arte Abstracto, a todas horas y en todo lugar.
Yo mismo me he sorprendido al recordar que en 1998 aún usara el walkman, pero hay que entender cómo se consumía la música en aquellos días previos al estallido de internet. Comprar un CD implicaba tomar una decisión, porque como universitario aún no tenía ingresos propios más allá de lo que ganaba dando algunas clases particulares: comprar el “Nevermind” de Nirvana implicaba renunciar al “Ten” de Pearl Jam; si querías el “What’s the story” de Oasis, dejabas de lado el “The great escape” de Blur; para tener “The bends” de Radiohead habías rechazado “Mellon Collie and the infinite sadness” de Smashing Pumpkins. Así las cosas, el algoritmo en aquella época era las casas de tus amigos y lo que pudieras grabarte en las dobles pletinas (o, con suerte, en las tostadoras de Cds). Pero mis muy melómanos amigos tenían una querencia más anglosajona y más tendente al rock pesado que la mía, por lo que los de Granada habían quedado fuera de su radar y de mi alcance.
Había oído hablar de Los Planetas, claro, porque era ávido lector de El País, y eso incluía una dosis semanal del Tentaciones, el suplemento cultureta para jóvenes que devoraba cada viernes; y también, cuando la pescaba en alguna visita a Madrid, de la Mondosonoro. Pero no había podido escucharlos hasta algún momento de la primavera del 98. Los sábados y domingos por la tarde escuchaba con devoción en Radio 3 “Disco Grande”, anotando en una libreta nombres de grupos cuyo disco algún día me gustaría conseguir. Uno de esos sábados, tumbado en el sofá, tres golpes combinados de bombo y charles, cortados con un golpe de caja, retumbaron en mi interior y se quedaron a vivir ahí: era la batería de Eric abriendo “Segundo premio”, a la que se sumaría una púa rasgando el rizo metálico de una cuerda de guitarra antes de lanzarse al riff bajo el que la voz de J comenzaría su letanía quejumbrosa.
No sé describir los elementos de la canción, otros más capacitados que yo seguro que son capaces de hacerlo, pero sí sé lo que provocó en mi interior. Es una de esas escasas canciones que desde una primera escucha se te incrustan en algún sitio del cerebro y sabes que nunca más se irán, y te parece bien que así sea. Necesitaba escucharla otra vez, necesitaba escucharla todas las veces que fuera posible, conocer el resto de las canciones que la acompañaban en “Una semana en el motor de un autobús”, el disco que abrían esos poderosos golpes de baqueta. Mis amigos no podían venir al rescate esta vez, pero si Pablo, un compañero de facultad, que me grabó la que me acompañaría a todas partes los meses posteriores, seis canciones por cara para escuchar en un bucle infinito bajo el sol mientras la vida corría desbocada.
Podrá decirse que “Segundo premio” no es una canción del verano. Nada en su letra, nada en su ritmo ni en sus maravillosos arreglos nos lleva a pensar en vacaciones, chiringuitos, playas, chicos que se enamoran o chorizos parrilleros. La letra, dolorida y rabiosa, parece hablar de una ruptura, de algún tipo de fracaso, con versos punzantes (“y todo lo que habíamos hablado / es todo lo que vamos a perder”) y un final cargado de rencor (“y si esto te hace daño / si te puedo hacer sufrir / ha servido para algo / al menos para mí”). Con el tiempo sabríamos, leyendo a Nando Cruz o viendo la peli homónima de Isaki Lacuesta, que J estaba hablando de cómo la espiral autodestructiva de un Florent de viaje por el toxicosmos estuvo a punto de echar a perder la posibilidad de convertir a Los Planetas en el grupo que ambos llevaban años soñando ser. Nos lo dice en “Desaparecer”, en “Cumpleaños total”, en “Línea 1”.
Pero este es mi relato y este es mi verano. No me preguntéis qué música sonaba en el verano del 97 ni en el del 99. No sé de qué año son el “Aserejé”, la “Macarena” o el “Probe Migué”, por mucho que yo también lleve preguntándome desde entonces qué le estará pasando al probe Migué. Qué se yo qué se escuchaba el verano del 2005, en el que Patricia y yo nos casamos en Las Vegas, ni en el del 2008 o el 2013, cuando la familia creció. Pero sé que “Segundo premio” y el verano del 98 permanecen en el centro de mi cerebro desde entonces fundidos como hierro y níquel en el centro de la Tierra.
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