“Magnifica Humanitas” es el título de la primera encíclica del Papa León XIV. Actualiza la doctrina social de la Iglesia, y trata “sobre la custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial”.
Desde su magisterio sobre 1.400 millones de católicos, el Papa sitúa a la Inteligencia Artificial en el lugar que le corresponde por la magnitud de su impacto en la civilización humana, al tiempo que alerta de los riesgos para la dignidad y la libertad. “Desarmar la IA” es la frase que sintetiza esa alerta.
Nos adentramos en territorio desconocido, y son por el momento escasos los liderazgos que inician la necesaria conversación global en estos tiempos de transformación e incertidumbre.
Es en “la libertad interior y el pensamiento crítico” que encontraremos, en palabras de León XIV, la defensa frente a la “homologación y el dominio”, con un llamamiento a una educación renovada, para que en los jóvenes no se apague “el deseo de hacer preguntas”.
El desafío es de escala global y civilizatoria, y es la humanidad en su conjunto quien debe responder. La dignidad y libertad humanas deben ser la razón última para la guía común, también en este momento del camino humano. Para la Iglesia católica, además, el corazón del ser humano es, también en la era de la Inteligencia Artificial “el lugar donde Dios desea habitar”.
Porque “la dignidad humana fundamental de cada persona no se adquiere, no debe ganarse ni necesita ser demostrada”. Entendiendo el bien común como “forma social de la dignidad reconocida a cada uno”.
Alerta también León XIV del riesgo de ampliar la brecha entre incluidos y excluidos, consolidando al tiempo la “cultura del poder” contraria a la “civilización del amor”, que el cristiano debe construir mediante una “resistencia activa al mal y una sorprendente creatividad en el bien”.
La Iglesia católica se adelanta así al nuevo tiempo, señalando y enmarcando la magnitud de la transformación que ya se ha iniciado. Creo que no existe por el momento palabra que designe lo que viene, radicalmente nuevo en el devenir humano.
Se centra la encíclica en los riesgos para la condición humana, tanto individual como social, lo que en modo alguno agota las inabarcables derivadas de la Inteligencia Artificial. Comparto la centralidad de la dignidad y la libertad, siempre amenazadas porque, aun asumiendo que nos han sido dadas, no por ello deja de ser necesario el empeño humano, individual y social, en su preservación.
No es un futuro imposible que la IA termine por lograr la cura de todas las enfermedades. ¿Dónde nos lleva semejante transformación? Se ocupa también la encíclica de la dignidad del trabajo, porque es verosímil el reemplazo masivo del trabajo humano, también cognitivo. ¿Es incuestionable que la dignidad humana pase por el trabajo, por mucho que sea con frecuencia penoso, esclavo incluso?
Paradójicamente será la IA, como máxima expresión de la tecnología humana, la que venga a poner en el centro cuestiones tan inmateriales como las propias de la filosofía, la psicología, la sociología, la economía, la antropología, también la teología como vemos, también y, como su propia definición lo dice, de la metafísica. Así se explica que, en la presentación de la encíclica, acompañaba al Pontífice Christopher Olah, cofundador de Anthropic, compañía líder en modelos de IA de frontera.
Y en su discurso, este líder tecnológico reconoció las presiones económicas y geopolíticas en el desarrollo de la IA, que precisan de voces externas que aporten discernimiento y perspectiva moral. En sus palabras “Algunos podrían creer que los asuntos relacionados con la inteligencia artificial deberían ser tratados principalmente por científicos informáticos como yo. Están equivocados: las preguntas que plantea la inteligencia artificial son más grandes que la comunidad de investigación en inteligencia artificial, no solo por sus implicaciones, sino también por su propia naturaleza.”
La IA es más que una herramienta, y así se recoge en “Magnifica Humanitas”, es un salto cualitativo en la evolución humana, y para definirlo prefiero el concepto de última frontera, mas en el sentido de confín inexplorado que de último confín. Está casi todo por conocer y explorar.
Y si lo conocido hasta ahora lo ha sido gracias a lo que llamamos inteligencia humana, lo que está por conocer solo será posible gracias a la expansión exponencial de esa inteligencia, que caracteriza a la artificial en soporte de silicio.
Pero pienso que, en algún momento, cambiaremos el nombre de “Inteligencia Artificial” por el de “Inteligencia Humana Expandida”. Porque la que llamamos artificial es ante todo una creación radicalmente humana, una transformación material que no se habría producido sin el ánimo y el impulso humano propio de la búsqueda del conocimiento, y la pulsión de avanzar hacia una humanidad mejor, en sus condiciones materiales y espirituales.
“Desarmar la IA” es atender a los graves riesgos que comporta si no queda alineado su propósito con el humano, si lo ataca incluso. Pero lo anterior es solo una parte de la dualidad eterna, el bien y el mal, si así lo queremos resumir.
Habla la encíclica de “la resistencia activa al mal” y de “una sorprendente creatividad en el bien”, creatividad en el bien que también se verá expandida, ahora en soporte de silicio.
Como dice un buen amigo, el bien es ausencia de mal, por eso me gusta pensar que, en este momento, son muchos los seres humanos que se afanan en conseguir que la Inteligencia Artificial cure las enfermedades, provea de energía limpia e inagotable, eleve exponencialmente la productividad al tiempo que elimina los trabajos repetitivos, cuando no penosos, cuando no esclavos…
Si el ser humano tiene un propósito trascendente más allá de la mera supervivencia, y no seré yo quien lo niegue, estamos dando un paso de gigante en su cumplimiento. Y en la magnitud de la transformación está implícita, tanto la de los peligros, como la de la promesa de una humanidad mejor.
En palabras de Christopher Olah: “Y lo que ha surgido es mucho más sutil, extraño y hermoso de lo que la ciencia ficción nos preparó para imaginar. No son los robots fríos y calculadores que nos prometieron. Están hechos de nosotros, de nuestras palabras; y, como observa el Santo Padre, siguen siendo en aspectos importantes misteriosos incluso para quienes los entrenamos.”
Coincide el viaje apostólico del Papa a España con la publicación de “Magnifica Humanitas”.
Y recuerdo “La poética de la libertad”, la exposición en la catedral de Cuenca, donde se podía leer la famosa frase de El Quijote: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra ni el mar; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida».
Y me da por pensar que, así como el impulso tecnológico que desarrolla la Inteligencia Artificial es claramente anglosajón, podría ser hispano, por compensación y por impronta civilizatoria, el ámbito en el que se desarrolle la conversación global sobre su impacto en la civilización humana.
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