Advertisement

Opinión

Puede que no tengas razón, amigo

Mira, quiero contarte algo que me ronda la cabeza estos días. Como algunos ya sabéis, llevo unos meses trabajando como profesor y lo que me estoy encontrando en el día a día es, cuando menos, sorprendente. No te hablo solo de los casos de agresiones físicas —que por desgracia existen—, sino de algo mucho más sutil y a la vez más preocupante: parece que hemos roto ese pacto de confianza ciega que nos unía como sociedad.

Me viene a menudo a la mente el dueño de la bodega de vino que había al lado de mi casa, en mi barrio, en el Pozo de las Nieves. Vendía vino a todo el barrio y recuerdo perfectamente que se le respetaba de forma natural. Nadie cuestionaba su producto ni su honradez; simplemente sabíamos que estaba allí para darnos un servicio y eso bastaba para tratarlo con dignidad. La gente le dejaba las bolsas de la compra para irse a hacer otros recados, incluso a algún niño —eran otros tiempos—. Era una base compartida de respeto y autoridad moral que no necesitaba leyes. Sin embargo, hoy esa cortesía básica parece haberse evaporado entre gritos en una ventanilla o desplantes en un aula.

Lo más irónico es que vivimos rodeados de actos de fe técnica. Entramos en un edificio sin pensar que se va a caer, nos subimos a un ascensor sin dudar del ingeniero que lo diseñó y ponemos un coche a 120 sin dudar que la mecánica nos llevará seguros al destino. Confiamos nuestra vida a cálculos y máquinas, pero en cuanto entramos en un aula, en un hospital o en un despacho de servicios sociales, de repente todos somos expertos. Creemos saber más que personas que llevan años formándose y dejamos de reconocer la autoridad de quien tiene la experiencia.

Lo veo en clase constantemente. Te sientas con unos padres para intentar ayudar a su hijo porque va mal académicamente o se porta de forma inaceptable, y su primera reacción es ponerse a la defensiva. En vez de hacer equipo contigo, te acusan de “haberle cogido manía” al alumno. Piénsalo un segundo: para mí, lo más cómodo sería pasar inadvertido, cumplir mi horario y dejar que el tiempo corra, si el niño es un vago o un cabrón, el problema lo tienes tú, yo el año que viene ya no lo tendré como alumno. Si te llamo es porque me importa el futuro de ese chico. Pero hoy, casi el 28,5% de los conflictos en educación ya nacen de estas falsas acusaciones. Al final, muchos compañeros prefieren callar por miedo a represalias, y el que sale perdiendo es el niño, que crece pensando que nunca es responsable de sus actos.

Y esto no es una “batallita” personal de los profesores, es una mancha que se extiende a todo el que da la cara por nosotros. Solo en 2025, la sanidad registró 18.563 agresiones a profesionales. Imagínate lo que es intentar curar a alguien sabiendo que, estadísticamente, a más de 24 de cada 1.000 de tus compañeros les han insultado o amenazado ese año. Lo mismo les pasa a los trabajadores sociales, que están en primera línea gestionando recursos críticos en situaciones de mucha vulnerabilidad.

Son el blanco de frustraciones que ellos no han provocado, hasta el punto de que sus colegios profesionales tienen que organizar servicios de acompañamiento psicológico para ayudarles a gestionar el impacto emocional de su jornada. Incluso en las cárceles la violencia ha batido récords, con 508 funcionarios agredidos en un solo año.

Al final, lo que no vemos desde fuera es cómo se queda esa persona cuando llega a casa. Siete de cada diez docentes atendidos por servicios de apoyo reportan ansiedad. Es una señal de fracaso social que hayamos llegado al punto de necesitar que el Estado intervenga con leyes para protegernos, tramitando que los médicos sean considerados “autoridad pública” o blindando a los trabajadores sociales bajo el delito de atentado para que un ciudadano se lo piense dos veces antes de agredirles.

Entonces, ¿cómo empezamos a arreglar esto? Sinceramente, creo que el camino no pasa solo por poner más vigilantes de seguridad, sino por recuperar el beneficio de la duda y la humildad. Si confiamos en el ingeniero del ascensor, ¿por qué no confiar en el criterio del médico o del profesor? La solución está en el ejemplo que damos en casa. El respeto empieza en el sofá, viendo cómo hablamos del médico de urgencias o cómo valoramos el criterio de un docente durante la cena. Si nosotros no validamos la figura de quien ayuda, nuestros hijos tampoco lo harán.

Todos cometemos errores, por supuesto, somos humanos, y algunos muy graves, pero hay mecanismos para quejarse o reclamar, pero recuperar el valor de lo que hacía aquel bodeguero de mi barrio no es nostalgia, es pura supervivencia social.

Necesitamos que los padres vuelvan a confiar en los profesionales y que todos entendamos que servir nunca puede confundirse con ser un siervo. Por respeto a quienes nos enseñaron y por el futuro de nuestros hijos, va siendo hora de que volvamos a remar todos en la misma dirección.

ÚNETE AL CANAL DE WHATSAPP DE ENCIENDE CUENCA

SIGUE A ENCIENDE CUENCA EN GOOGLE NEWS

MÁS ARTÍCULOS DEL AUTOR