Mantener viva una tradición año tras año es un acto de respeto y compromiso con nuestra identidad y la de nuestros mayores. Respeto por honrar su memoria y compromiso al asegurarles que los cientos de niños que el Domingo de Ramos recibirán con palmas al Señor en la Plaza Mayor, el día de mañana serán los encargados de portarle bajo los arcos del Ayuntamiento. Cada año es único, pero siempre habrá alguien para quien este año sea especialmente mágico, quien vive la experiencia por primera vez. Cristina Patricio, nueva integrante de la Banda de Trompetas y Tambores de la Junta de Cofradías de Cuenca, sabe que en una sola Semana Santa caben muchas formas de vivirla y que la magia de la primera vez es algo que se puede sentir en más de una ocasión en la vida.
Cristina, al igual que muchísimos conquenses, está vinculada con la Semana Santa desde que nació. Cuando sus padres la inscribieron inicialmente a la Congregación de la Soledad de la Cruz y la cofradía del Cristo de los Espejos. A sus cortos veinte años de edad, Cristina ha procesionado como nazarena, portaestandartes y dama de la Virgen de la Soledad. Pero este año ha decidido dar un paso más y vivir la semana como trompetista. Una decisión fruto de una inquietud que empezó a surgir cuando iba a ver cómo amigos suyos de la banda realizaban sus ensayos y que terminó de explotar una noche de Viernes Santo, cuando acompañando el luto de la Virgen de la Soledad, coincidió con la banda bajo los pórticos de la Catedral. Un momento inolvidable, una chispa que este año la hará vivir una experiencia totalmente distinta, en un mundo esencial para crear el ambiente que envuelve a la procesión pero mucho más exigente.
“Sé que el Domingo de Ramos, cuando empecemos a tocar voy a estar temblando como un flan pero me siento bien, con muchas ganas, mucha motivación y mucha alegría.” La voz de Cristina refleja unos nervios más que comprensibles, pero al mismo tiempo, la capacidad para controlar emociones y la templanza de una trompetista más que preparada para mantener la calidad musical durante las largas horas de procesión que la banda afronta sin relevos ni casi descanso. Una seguridad producto de mucho ensayo, porque aunque Cristina llegó a la banda con conocimientos de solfeo, no tenía experiencia alguna con instrumentos de viento y no conocía el posicionamiento de las notas ni la técnica para soplar correctamente.
Pero no fue un camino que recorriera sola, desde el primer día que acudió a un ensayo como espectadora, sus amigos y pareja reconocieron su ilusión, siempre estaban ahí para bromear y despertarle aún más el gusanillo con un “va a acabar en la banda” y más adelante, durante los ensayos, hacerle ver que “da igual equivocarse treinta veces, luego lo harás sesenta bien”.
Son muchos los pensamientos que pueden ocupar la mente del músico. Cristina dice estar preparada para ser siempre consciente de todo lo que sucede dentro de la banda y de cuál es la siguiente pieza que se interpretará, pero también tiene momentos de disociación, en los que se siente una con la música, “te vas en la melodía”. Esta pasión y capacidad de conectar con la Semana Santa más allá de lo físico no la hace perder una visión objetiva de la actualidad de esta tradición. Reconoce que ve a su generación presente en el ambiente de la procesión, pero no tan participativa dentro de ella. “Es triste verlo, pero yo creo que mucha gente volverá a reengancharse, puede ser ahora, puede ser cuando tengan hijos, pero en algún momento volverán a participar”.
Ilusiones como la de Cristina son las que despertarán nuevas vocaciones el día de mañana y aseguran el futuro de la tradición.
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