Os reconozco que mi relación con estos días de Semana Santa, cuanto menos, es extraña. Mi mirada hacia la Semana Santa de Cuenca carece de asideros espirituales; no busco en sus ritos una respuesta a lo trascendente ni el consuelo de una fe que me es ajena.
Reconozco, incluso, que cada año me da más pereza acudir a las procesiones, pero luego recuerdo que Cuenca, sobre todo en Semana Santa, es algo más que pasión y fe. Cuenca en su semana de pasión es resolí, torrijas, bares, reencuentro con amigos y pisar la calle. Para mí, particularmente, me encanta el momento de ponerse “guapo” para el Domingo de Ramos, la cena de turbos —seas turbo o no— y la resaca de Viernes Santo viendo pasar a la tan esperada Virgen de las Angustias.
Pero lo vivido la mañana del sábado 14 de marzo en las inmediaciones de San Andrés me ha devuelto una certeza que la rutina a menudo nos nubla: Cuenca posee una gran necesidad de salir a la calle a participar, a juntarse, a convivir y a divertirse. He subido al Casco Antiguo para presenciar la procesión infantil, obligado porque tengo dos hijos muy “semanasanteros” y, más allá de la imaginería, lo que he encontrado es el retrato de una comunidad que protege su identidad con un orgullo absoluto.
Existe en nuestra ciudad un impulso latente, una suerte de hambre que se manifiesta en cuanto suena un tambor, cuando hay un concierto, un carnaval por nuestras calles o cualquier excusa que nos permita salir a la calle a divertirnos. Los conquenses tenemos una necesidad casi física de ocupar nuestras calles, de reconocernos en el vecino y de reafirmar que esta ciudad sigue viva. Lo vemos en San Mateo o en Navidad, pero lo de hoy tiene un matiz de esperanza distinta. Ver a cerca de 600 niños y jóvenes llenando las inmediaciones de El Salvador no es solo una alegría estadística o un récord de 30 pasos; es un acto de rebeldía frente a la mala fama que atribuimos habitualmente a nuestros jóvenes.
El espíritu de este día se hizo presente en gestos de una generosidad simbólica impecable. Fue emocionante observar cómo la banda de tambores y cornetas, en un alarde de coherencia con la jornada, cedía el redoble de su caja principal a un joven integrante. En ese sonido, que marcaba el paso de la cantera, se resumía la voluntad de toda una ciudad: la de dejar que los más jóvenes tomen el mando. Acompañando ese relevo, el regreso de los hermanos Poyatos al frente de la formación no fue solo una vuelta a la excelencia, sino un reencuentro con la maestría que sabe guiar un desfile, uniendo la experiencia con el ímpetu de los que empiezan. Y qué decir sobre la banda de jóvenes del conservatorio, os prometo que me alegró muchísimo ver a tanto joven que con seguridad, en un futuro ya muy próximo, engrosarán las líneas de músicos que recorren nuestra ciudad en las procesiones o que tanto alegran los cafés en San Mateo con sus pasodobles.
Sin embargo, en este mapa de la ilusión también hubo espacios en blanco. Es inevitable señalar que se echaron en falta los “pasetes” de algunas cofradías que no estuvieron representadas. Tendrán, a buen seguro, sus razones para no participar, motivos en los que no es mi intención entrar, pero su ausencia deja una sensación de dibujo incompleto. El éxito de la cantera es ya una realidad imparable, pero la plenitud de este rito religioso solo se alcanzará cuando todas las piezas del engranaje conquense decidan sumarse a esta gran fiesta, si se me permite utilizar esa expresión cuando se conmemora la muerte de Jesuscristo.
Como observador escéptico, siento un orgullo inmenso al ver que Cuenca sigue prefiriendo la calle a la pantalla y el esfuerzo compartido a la indiferencia. Observar a los pequeños bajo el banzo —con esa presencia femenina ya natural y definitiva— transmite una confianza en el futuro que raras veces nos permitimos. Mientras exista esa voluntad de ocupar la ciudad, de ceder el redoble y de proteger lo nuestro, Cuenca seguirá siendo un proyecto vivo y palpitante. Hoy, esos niños no solo han portado imágenes; han portado la dignidad de una ciudad que se niega a ser una sombra —por mucho que se empeñen algunos—. Y eso, para un ateo que ama su tierra, es el único milagro necesario.
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