Antes de un funeral hay una ceremonia interior, necesaria para aclimatarse al duelo que te ha helado el corazón. En la procesión del Santo Entierro, la hermandad de la Cruz Desnuda y la Congregación de la Soledad y de la Cruz viven ese momento en el interior de la Catedral de Cuenca.
Hay una pequeña procesión en el interior del templo, íntima. antes de que el cortejo salga a la calle. En cuanto se abre la puerta, un torrente de pena inunda un Viernes Santo que empezó ensordecedor y termina mudo.
El sepelio ha abarrotado la Plaza, pero el murmullo se reduce al mínimo cuando sale a la calle la imagen de la Cruz Desnuda de Jerusalén. Un nuevo sudario de lino, donado por una hermana y elaborado por las Concepcionistas Franciscanas, llena el vacío del hombre que ha muerto en la madera.
A continuación sale el Cristo Yacente de Marco Pérez, tan estremecedor que la ciudad tiene un nudo en la garganta que llega desde los arcos del Ayuntamiento hasta San Pedro.
Finalmente, sale la devastada Madre, Nuestra Señora de la Soledad. La talla de María Alonso López se ha sometido a una pequeña restauración que le ha permitido recuperar color y expresividad en el rostro.
La multitud abre paso al cortejo fúnebre, del que forman parte las autoridades municipales, con el alcalde marchando en una procesión que tiene tratamiento de funeral de Estado. No es una noche fría como las que han caracterizado esta semana. La temperatura es amable con los nazarenos, algunos de los cuales llevan ya varias procesiones en sus zapatos.
El Coro del Conservatorio canta O Crux Ave a la Cruz Desnuda. un miserere al Cristo postrado y un motete a la madre. Será la última vez que escuchemos esta Semana Santa a estos cantores que forman parte del paisaje de las noches nazarenas de Cuenca.
Los Caballeros que escoltan al yacente caminan tras un nuevo guion, diseñado por Adrián López. Tras él llevan dos cirios negros de respeto en honor a los fallecidos de la Congregación y el Cabildo.
También desfilan en el cortejo las damas, con un rictus serio, tan próximo al llanto como a la dignidad. Su labor es que la Soledad no está tan sola, tarea casi imposible, porque nada puede extraviarnos más del mundo que la pérdida de un hijo.
El lúgubre cortejo culmina su descenso y, tras atravesar Calderón de la Barca y la calle del agua, recorre la calle de Los Tintes. En este tramo el río Huécar, que sabe mucho de lágrimas derramadas, escolta al Yacente y a sus acompañantes. La luz, el agua y la música no esconden el dolor, pero lo mitigan.
En El Salvador llega el reposo de la jornada del año más intensa y más infausta. El Coro Alonso Lobo recibe a las Sagradas Imágenes para poner fin, pasada la medianoche, al Santo Entierro. La Semana Santa de Cuenca nos ha llevado hasta el fondo, pero tiene que ser así. Porque una vez que estamos allí, solo podemos mirar arriba.










































































































































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