Semana Santa

La procesión de El Perdón aguantó hasta que la borrasca Nelson dijo basta

El Martes Santo nos dejó un pulso entre la Semana Santa impertérrita de Cuenca y una borrasca con nombre de almirante, Nelson. Ganó el temporal, que llamándose así partía como favorito en un duelo de taberna portuaria, y hubo que suspender la procesión cuando llegó a la Plaza Mayor, pero durante más de dos horas la Pasión conquense se sintió tan fuerte como para mirar cara a cara a la tempestad.

Desde primera hora de la mañana, las hermandades se preparaban para la salida sin pensar demasiado en el hombre del tiempo. En El Salvador todo el mundo echaba una mano, con la confianza más o menos firme en que la procesión, al menos, iba a salir. Sin embargo, también estaban preparados los plásticos para proteger a las imágenes en caso de que la lluvia y la nieve les asaltaran en el camino. Más arriba, en San Pedro, los hermanos del Bautismo también ultimaban los preparativos en la iglesia de San Pedro, todavía sin saber que serán los únicos que no tendrán la oportunidad de pisar la calle en la procesión de El Perdón.

Pasadas las dos de la tarde nevaba con violencia en la capital y los copos empapaban de pesimismo a la Cuenca nazarena. Sin embargo, cuando rondaba la idea de tirar la toalla, la borrasca dio una tregua. El sol salió y las hermandades confirmaron la cita: a las siete de la tarde en las puertas de sus iglesias.

Era un Martes Santo frío, pero el sol parece sentirse cómodo en los cielos de Cuenca cuando los nazarenos comenzaron a poblar El Salvador y San Felipe Neri. La procesión todavía no se ha movido, pero ya había dado uno de sus pasos fundamentales: el encuentro de sus hermanos y hermanas.

A la hora prevista, para no perder ni un instante en la huida de la borrasca, se abrían las puertas de El Salvador. Las trompetas heráldicas daban la bienvenida al Bautista, que dedicaba esta salida a  su capataz de banceros, que este año no  ha podido participar en el desfile, y sufría un pequeño contratiempo en forma de farol roto.

En El Salvador también comenzaba el periplo de La Magdalena, que en la salida rinde un emocionante homenaje a Ana Mora Tornero.

Simultáneamente, en unos Oblatos teñidos de morado y granate, comenzaba la procesión para Nuestro Padre Jesús del Medinaceli. Superado el siempre complicado obstáculo de las escaleras de San Felipe gracias a sus banceros equilibristas, el Nazareno se ponía en en marcha con los acordes del himno nacional.

Más atrás, en San Andrés, comenzaba la procesión para la Esperanza y su marea blanquiverde. La virgen luce un tocado realizado con mantilla en tono beige y el paso avanzaba más ligero por su nueva estructura de aluminio. En la calle del Peso se cruzó con La Magdalena, en un feliz encuentro de las dos grandes damas de esta procesión.

La procesión ya estaba en la calle y los colores de las túnicas y capuces se mezclaban con los de las fachadas de la calle Alfonso VIII y con la oscuridad de temprano anochecer de esta primavera que todavía se va pronto a la cama. Al frente de la comitiva estaba el Medinaceli, guiado hacia la Plaza Mayor por la banda municipal maestro Aguilar, que entonaba la melodía de “Danos tu paz”, de José Luis Pérez Zambrana, en la subida. El cortejo lo cerraba La Esperanza, que parecía flotar en una nube de luciérnagas.

La subida fue ágil, acelerada por el frío y el presentimiento de que la borrasca estaba a punto de terminar la tregua. Las primeras gotas del agua coincidían con la llegada de la procesión a la Plaza Mayor. Recibidos por una multitud, los banceros y las bandas y se esforzaban en dar el do de pecho, conscientes de que aquellas iban a ser las últimas notas del Martes Santo.

En cuanto la lluvia comienza a ponerse seria, las hermandades se movieron a toda velocidad para proteger a sus imágenes llevándolas a la Catedral. A la Virgen de la Esperanza el agua le sorprendió bajo los arcos, pero finalmente encontró un resquicio para completar su trayecto y resguardarse en el Obispado, mientras la Asociación Musical Moteña, profesional hasta el final, como los músicos del Titanic, interpretaba Caridad del Guadalquivir.

Nevaba con fuerza en la Plaza Mayor mientras en el interior del templo comenzaban las elucubraciones y las llamadas a las agencias meteorológicas. En realidad no había mucho que pensar, porque se había cumplido la predicción casi al milímetro y en las siguientes páginas del guion solo había tinta mojada. La decisión era dura, pero no tardó en llegar, porque lo que se arranca de golpe duele menos. Mariano López, presidente ejecutivo del Perdón, fue el encargado de anunciar que la procesión se suspendía y de organizar la recogida del día siguiente.

Al final ganó la pena en la procesión que intentó ganarle la partida a los radares. Pero nos repondremos, porque en Cuenca sabemos bien, como dice la película 2046, que todos los recuerdos son rastros de lágrimas.

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