Opinión

¿Turismofobia en Cuenca?

Turismofobia es un neologismo afortunado en tanto en cuanto expresa con precisión una nueva realidad.

En su expansión de la mano de la globalización, la actividad turística empezó a generar rechazo. No sé si el término lo inventaron en Barcelona, pero en esta ciudad han hecho bandera del rechazo a la gentrificación (otro neologismo) como efecto no deseado de un éxito turístico de la ciudad condal, por otra parte, deseado y buscado. También se puede morir de éxito.

Toda actividad económica tiene su lado oscuro, unas más que otras, y seguramente el turismo es de las que menos.

El rechazo al turismo vendría por tanto de desarrollos hipertrofiados que alteran modelos de convivencia o socialización cuando los turistas ocupan masivamente el espacio urbano.

Las ideas de conflicto y rechazo suelen tener una difusión entre humanos más fluida que las de concordia y solidaridad. Me pregunto si en Cuenca no habrá anidado cierta forma “light” de turismofobia. Paradójico por otra parte, turismofobia sin masificación turística.

También somos los humanos de repetir lugares comunes, de tomar ideas prestadas, porque cuesta menos que producirlas. Y es así que hablamos en Cuenca de gentrificación del casco, cuando en el casco los turistas no han expulsado a los vecinos, más bien los conquenses lo hemos abandonado y solo una parte de esas casas vacías es puesta en valor por ocupación turística.

Se entiende que en Baleares alguien diga que “no todo va a ser turismo”, pero formular el mismo lugar común en Cuenca, y lo he oído más de una vez, se entiende menos.

Cierto es que el sector del turismo y la hostelería brillan en Cuenca, pero no por propio mérito, que también, si no por demérito de un perfil socioeconómico de atonía galopante. En el paisaje de quietud conquense cualquier movimiento se percibe.

La realidad, por encima de prejuicios y lugares comunes, es que en Cuenca tenemos el mismo turismo que en Orense, y a escala, Barcelona sería como otra galaxia, incluso la provincia “hermana” de Toledo es de otra división.

Cuenca no tiene un problema de gentrificación, ni de masificación turística, ni de turismo de sol y playa, ni de turismo de “balconing” y chancleta”

Jesús Neira

Cuenca no tiene un problema de gentrificación, ni de masificación turística, ni de turismo de sol y playa, ni de turismo de “balconing” y chancleta. Cuenca el problema que tiene es que se muere de inanición por falta de actividad, y justo es reconocer que gracias al turismo y la hostelería mantenemos algo de pulso. Reconocimiento por tanto a sus empresarios y profesionales.

El poco turismo que tenemos en la ciudad multiplica sus efectos no deseados porque no hemos hecho nada para ordenarlo. Se concentra los fines de semana en ausencia de planes de desestacionalización. Se concentra en el casco en ausencia de un modelo integral que incluya a la provincia, en ausencia de remontes y aparcamientos disausorios que lo drenen al conjunto urbano.

No hacemos lo suficiente por facilitar la vida del turista, por no tener, no tenemos ni una señalización turística eficaz. Esa “turismofobia light” nos hace pensar, quizá inconscientemente, que así vendrán menos turistas, y ocurre que vienen los mismos y molestan más. Un ejemplo serían las autocaravanas, que vienen, aunque no tenemos áreas destinadas a su servicio, y generan problemas de aparcamiento desordenado sin motivo ni razón.

Olvidamos con frecuencia que una ciudad amable con los turistas sería ante todo amable con sus vecinos, y en lugar de en ese círculo virtuoso estamos instalados en su contrario.

Es cierto que el turismo a nivel mundial demanda un desarrollo sostenible, que es como decir ordenado, todo un desafío para destinos turísticos maduros, y una asignatura fácil de superar en lugares como Cuenca.

El turismo es una oportunidad de desarrollo para esta ciudad y provincia sin desarrollo, no tiene por qué ser la única, pero que cada palo aguante su vela.

El catedrático Emilio Ontiveros ve una ventaja en que nuestro país tenga atributos “que hacen atractiva a la industria del ocio”, pero cree que hay que darle un giro, como hacen “Francia o Italia” y “poner en valor la historia, el arte y la gastronomía” de forma que entren más visitantes “cuyo gasto medio sea superior”.

Cuenca se puede beneficiar de ese turismo de calidad, de un turismo sostenible como propugna Naciones Unidas, con un triple beneficio, que cuide el medioambiente, que promueva la cultura y los productos locales y cree puestos de trabajo.

Ni que decir tiene que el turismo fomenta el conocimiento muto y la concordia entre los pueblos, pero ya digo, este es del tipo de ideas que fluyen con menos facilidad entre humanos.



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