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Opinión

Pedro Trump y Donald Sánchez

Hola, amigo lector. Hoy voy a proponerte un ejercicio que puede provocar algún atragantamiento a ambos lados de la mesa: comparar a Donald Trump con Pedro Sánchez. No, no me pegues aun, ya sé que uno lleva gorra roja y el otro la de «Make America Great Again». Precisamente por eso merece la pena detenerse a mirar.

Las diferencias de discurso saltan a la vista, sobre todo cuando hablan el uno del otro; las semejanzas en la forma de ejercer el poder requieren algo más de atención.

Comparar comportamientos no significa equiparar trayectorias, sistemas políticos ni responsabilidades. Pero tampoco podemos convertir las diferencias en una excusa para dejar de examinar lo que se parece. Y hay unas cuantas cosas.

Empecemos por el partido. Una organización política debería reunir personas que comparten un proyecto, discuten cómo desarrollarlo y eligen a quien lo dirige. El problema aparece cuando ese orden se invierte y el proyecto termina consistiendo en sostener a quien manda.

Trump ha llevado esa identificación muy lejos. Liz Cheney perdió su puesto en la dirección republicana de la Cámara de Representantes después de enfrentarse a sus falsedades sobre las elecciones de 2020. Se podía discrepar de muchas cosas; discutir aquel relato tenía un precio.

En el PSOE tenemos nuestros propios episodios. En Palencia, los integrantes de la candidatura propuesta al Congreso renunciaron después de que Ferraz sustituyera al cabeza de lista respaldado por la organización provincial. La militancia había expresado su preferencia, pero la dirección tenía otra. Y prevaleció la dirección.

El alcalde socialista de León, José Antonio Diez, ha denunciado públicamente el peso de la reverencia al jefe dentro de su partido. Y cuando García-Page criticó la amnistía situando al PSOE en el «extrarradio de la Constitución», Óscar Puente respondió que quien estaba en el extrarradio del partido era Page. La discusión sobre una decisión política acabó convertida en una discusión sobre dónde debía colocarse al discrepante. Lo curioso es que, respecto a la amnistía, quien mantenía la posición anterior del partido era Page. Los que habían cambiado de sitio eran los demás.

También resulta reveladora la facilidad con la que los colaboradores pasan de imprescindibles a prescindibles. Trump anunció por Twitter el relevo de su secretario de Estado, Rex Tillerson. Sánchez sacó de su estructura de poder, en

una misma remodelación, a Carmen Calvo, José Luis Ábalos e Iván Redondo. Adriana Lastra salió después de la dirección socialista mediante una dimisión que atribuyó a motivos personales relacionados con su embarazo. Fue una salida distinta, aunque políticamente también supuso la desaparición de otra figura decisiva en el regreso de Sánchez al liderazgo.

Un presidente puede cambiar a su equipo, por supuesto. Lo que merece atención es la imagen que deja esa sucesión: quienes parecían sostener al líder desaparecen, mientras el líder continúa presentándose como el único elemento insustituible. La lealtad tiene una duración curiosa cuando se contempla desde arriba.

Pasemos al control de las instituciones de todos.

Trump ha descalificado a jueces que frenaban sus decisiones y ha señalado a medios como enemigos del pueblo. En España, el acuerdo entre PSOE y Junts incorporó referencias al «lawfare» que provocaron el rechazo conjunto de las cuatro asociaciones judiciales. Se puede denunciar una actuación judicial abusiva y se puede combatir una información falsa. Faltaría más. Pero conviene observar cuándo la respuesta consiste en discutir los hechos y cuándo consiste en atribuir al juez o al periodista una misión política. De hecho, el PSOE elaboró una lista de periodistas clasificados por su ideología. Vete tú a saber para qué. Bueno, yo tengo bastante clara mi interpretación.

Ese mecanismo tiene una ventaja evidente para quien gobierna: permite trasladar la atención desde aquello que debe explicar hacia las intenciones de quien le pide explicaciones.

El Parlamento tampoco queda fuera de esta relación incómoda con los contrapesos. Antes de las elecciones de medio mandato, Reuters informó de que la Casa Blanca preparaba vías para avanzar mediante facultades ejecutivas si los republicanos perdían el control del Congreso. Sánchez ya había dejado una frase bastante expresiva en septiembre de 2024: seguiría gobernando «con o sin concurso del Poder Legislativo». Su Gobierno explicó después que se refería a agotar la legislatura. Ya, comprendo. Seguro que se refería a eso.

Las herramientas y los límites legales son diferentes en ambos países. La pregunta política, sin embargo, es perfectamente comparable: ¿cómo se entiende el Parlamento cuando deja de asegurar las mayorías que necesita el Ejecutivo?

¿Como un lugar en el que negociar o como una dificultad que conviene sortear? Llegamos así al dirigente providencial. El que aparece para salvarnos.

Trump afirmó en 2016 que solo él podía arreglar el sistema amañado que describía. Sánchez presentó las elecciones de julio de 2023 como una decisión en

la que estaba en juego la democracia ante la posibilidad de un Gobierno de PP y Vox. Cada uno señala peligros distintos, con discursos y propuestas de diferente alcance, pero en ambos aparece esa identificación entre su liderazgo y la salvación colectiva. El mensaje viene a ser: o yo o el caos. Vengo a salvaros de vosotros mismos, pobres ignorantes.

Y cuando una elección se plantea en esos términos, exigir resultados al propio candidato empieza a parecer una frivolidad. ¿Cómo vas a pedirle cuentas por sus contradicciones, sus errores o sus promesas incumplidas si al otro lado te espera el desastre? Primero salvar el país. La evaluación del salvador ya la dejamos para otro día.

Las contradicciones, por cierto, tampoco les han impedido seguir adelante.

Trump intentó prohibir TikTok durante su primera presidencia y acabó utilizándolo en campaña y oponiéndose a su prohibición. Sánchez pasó del rechazo a la amnistía a defenderla durante las negociaciones que le permitieron continuar en la Moncloa. Él mismo reconoció el papel que habían desempeñado el resultado electoral y la necesidad de reunir apoyos en su cambio de posición.

A mi juicio, los dos son populistas y veletas. No les veo una ideología firme que estén dispuestos a mantener cuando amenaza su permanencia en el poder.

Tienen discursos, etiquetas y electorados diferentes, pero sus convicciones muestran una elasticidad extraordinaria cuando las circunstancias exigen defender lo contrario de lo que defendían ayer. Hacia donde tire el viento, siempre que el viento empuje hacia el despacho.

Cada uno ofreció sus explicaciones para aquellos giros. A mí lo que me llama la atención es la puntualidad de las nuevas convicciones: aparecen justo cuando hacen falta. Lo que ayer había que impedir se convierte hoy en algo que merece la pena defender. Y, además, tenemos que agradecerles la altura de miras.

Cambiar de opinión puede ser una muestra de inteligencia. Pretender que cada giro propio es una lección de responsabilidad y cada giro ajeno una traición exige bastante más fe de la que estoy dispuesto a concederles. Y sus seguidores, mientras tanto, tienen que hacer gimnasia: hoy aplaudir una posición y mañana aplaudir la contraria, sin que se les noten demasiado las agujetas.

Otro parecido aparece en la forma de convertir los problemas personales del dirigente en una causa de sus seguidores. Trump les dijo que estaba siendo acusado por ellos. Sánchez vinculó su decisión de continuar, después de los días de reflexión, con una movilización por la regeneración democrática. Ahora vamos descubriendo qué hizo durante aquellos días de reflexión.

La consecuencia política de esa identificación merece una mirada crítica. Cuando el líder representa tanto para los suyos, una investigación, una información o una crítica pueden vivirse como una agresión contra todo el grupo. El ciudadano deja de examinar lo ocurrido y se dispone a defender su posición en la trinchera. Y desde una trinchera se ve bastante mal.

Por último, está la capacidad de ocupar la conversación. Las declaraciones de Trump, sus intervenciones en redes y sus enfrentamientos obligan una y otra vez a responder a sus términos. Sánchez ha demostrado también la fuerza política de una decisión inesperada: la carta y la pausa de reflexión de 2024 colocaron su continuidad en el centro de la atención pública, desplazando el asunto que había desencadenado aquella crisis. Y quien haya seguido su trayectoria política reconocerá unas cuantas maniobras de este tipo.

No hace falta suponer que cada sorpresa se fabrica para esconder un escándalo. Basta con observar su efecto: durante un tiempo, los demás hablan de lo que el dirigente acaba de introducir. La oposición responde, los medios reorganizan sus prioridades y el debate anterior pierde espacio. Conseguir que todos estén pendientes de tu siguiente movimiento constituye una forma considerable de poder.

Estas semejanzas no borran sus diferencias. Permiten exigirles algo que debería ser bastante elemental: que el partido conserve capacidad de discusión, que los controles funcionen aunque incomoden y que el respaldo electoral no se convierta en un permiso para eludir explicaciones.

La comparación, además, nos examina a nosotros. Al que encuentra intolerable una conducta de Trump y una justificación inmediata cuando se parece a una de Sánchez. Y al que recorre el mismo camino en sentido contrario.

Porque quizá el problema empiece cuando, antes de decidir si algo nos parece aceptable, necesitamos comprobar quién lo ha hecho o dicho.

Cerveza fría aquí.

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