Opinión

La oposición asistida

Hola, amigo lector. En estas primeras líneas quiero, en primer lugar, mandar mi más sincero abrazo a las víctimas del accidente de tren. En segundo lugar, decirte que este artículo está escrito antes de dicho accidente. Y, en tercer lugar, decirte que me comprometí con este medio, que tan generosamente me cede su espacio para publicar mi opinión, a escribir una serie de artículos que amenizaran, por decirlo de alguna forma, la campaña electoral.

No pienso utilizar estos artículos para introducir este accidente en la política ni en la campaña electoral. Pero una cosa te voy a decir: si dijese lo que pienso ahora mismo, acabaría en la cárcel.

Dicho esto, aquí les dejo mi maravilloso e interesantísimo artículo:

Si yo fuera Pedro Sánchez, que no lo soy, amigo lector, una de las primeras cosas que haría cada mañana sería llamar a Génova para dar las gracias. No hace falta hablar con Feijóo. Con dejar un mensaje en recepción sería suficiente.

—Alberto, gracias por otro día más.

Porque pocas veces un presidente del Gobierno habrá tenido enfrente una

oposición con tanto material y tantas oportunidades para intentar convertir el desgaste del gobierno en una alternativa política.

Pedro Sánchez tiene problemas judiciales alrededor del partido, ocho años de desgaste de Gobierno, una legislatura políticamente agotadora y una hemeroteca que podría publicarse por fascículos. No es cometido de este artículo listarlas, otra vez.

Y enfrente está el Partido Popular. Esperando. Siempre esperando.

Esperando a que Sánchez caiga. Esperando a que convoque elecciones.

Esperando a que un juez haga algo. Esperando al siguiente escándalo. Esperando a que Puigdemont se enfade. Esperando a que los españoles lleguemos espontáneamente a la conclusión de que Alberto Núñez Feijóo es la solución.

Samuel Beckett escribió Esperando a Godot. Si hubiera conocido la política española actual, probablemente habría encontrado inspiración en Génova.

Porque la estrategia del principal partido de la oposición parece consistir desde hace demasiado tiempo en una sofisticadísima maniobra política: esperar a que Pedro se rompa solo.

Y lo verdaderamente interesante es que los acontecimientos de esta campaña permiten comprobar hasta qué punto esa estrategia merece ser examinada.

Veamos.

Al PSOE le dimite una portavoz nacional en plena polémica por los negocios

inmobiliarios de su pareja. Un delegado del Gobierno abandona el cargo después de quedarse fuera de las listas y expresa públicamente su malestar. En Palencia, los integrantes de una candidatura respaldada por la militancia renuncian en después de que se sustituya a su cabeza de lista. Todo esto en plena campaña.

A los partidos les gusta hablar de proyectos colectivos, de compromiso con los ciudadanos y de servicio público. Pero cuando llega el momento de repartir los

puestos de salida, algunas organizaciones descubren que la fraternidad socialista, popular o de cualquier otro color tiene sus límites. Son las famosas listas del hambre.

Porque detrás de cada lista electoral hay un proyecto político, naturalmente. Pero también hay puestos, sueldos, asesores, responsabilidades y carreras profesionales. Y cuando alguien descubre que su nombre ha desaparecido de la casilla que daba acceso al Congreso, las convicciones pueden ponerse a prueba con una intensidad extraordinaria. Conviene no confundir las disputas por las candidaturas con las motivaciones personales de todos sus protagonistas. Pero el espectáculo de las luchas internas resulta difícil de conciliar con los discursos de unidad que suelen acompañar a las campañas, que se lo digan a la izquierda de la izquierda.

Y por si el panorama no estuviera suficientemente animado, policías nacionales y guardias civiles deciden encerrarse en dependencias de la Secretaría de Estado de Seguridad. No para pedir una condecoración ni una fotografía con el ministro, sino para reclamar el reconocimiento de su profesión como actividad de riesgo.

¡Qué locura, ni que fueran toreros o periodistas! Después de unas negociaciones sin acuerdo, sus representantes denuncian que el adelanto electoral ha servido para paralizar las conversaciones. Otra crisis más en plena campaña.

Otra noticia incómoda para el Gobierno.

Y otra ocasión para preguntarse qué solución concreta ofrecería el Partido Popular a unas reivindicaciones que no desaparecen simplemente porque cambie el inquilino de La Moncloa.

Y, aun así, algunos sondeos muestran una recuperación del PSOE.

No una recuperación suficiente para borrar todos sus problemas electorales. Ni una garantía de lo que ocurrirá en las urnas. Pero sí una mejora respecto de mediciones anteriores. ¿Cómo se explica?

Una parte puede proceder de la concentración del voto de izquierdas. Otra puede responder a la movilización de electores que, pese a sus críticas al Gobierno,

prefieren mantener su apoyo al PSOE. Y también cabe preguntarse qué papel desempeña la alternativa que tienen enfrente. Porque una cosa es estar descontento con Pedro Sánchez y otra muy distinta es querer que gobierne Alberto Núñez Feijóo.

Y ahí está una de las grandes preguntas que debería hacerse el Partido Popular.

Con todo lo que ha ocurrido, ¿por qué no consigue transformar de manera más clara el desgaste del Gobierno en apoyo propio?

Quizá el problema sea mucho más profundo que Feijóo.

Quizá el PP haya olvidado la diferencia entre oposición y alternativa.

Decir que Pedro Sánchez es malo no constituye un programa electoral. Decirlo más fuerte tampoco. Y decirlo muy enfadado mientras Miguel Tellado pone cara de que acaba de descubrir quién mató a Kennedy sigue sin constituir un proyecto de país.

Después de ocho años de Sánchez debería resultar sencillo responder a una pregunta:

¿Qué quiere hacer el Partido Popular con España?

No qué quiere deshacer. No qué ley de Sánchez derogará. No qué ministro debería dimitir. No qué piensa de Puigdemont. No qué barbaridad acaba de hacer el Gobierno.

¿Qué quiere hacer?

Porque si mañana Pedro Sánchez desapareciera de la política española en una nube de humo, me gustaría escuchar cómo reorganizaría el PP su discurso.

—¿Y ahora de qué hablamos?

Esa es una de las cuestiones que plantea la política construida alrededor de un adversario: el riesgo de que la identidad propia dependa demasiado de la

existencia del contrario. El PP habla constantemente de Pedro Sánchez. El PSOE utiliza constantemente a Vox como referencia para movilizar a su electorado. Son relaciones políticas de una dependencia curiosa.

Luego está Alberto Núñez Feijóo.

Un hombre que llegó desde Galicia precedido por una fama de gestor serio, moderado y solvente. La famosa política para adultos. Y debemos de haber pillado a los adultos en el recreo.

Porque Feijóo lleva años intentando resolver un problema difícil: quiere parecer moderado sin parecer blando, contundente sin parecer radical, distanciarse de Vox sin molestar a sus votantes, acercarse a Vox sin asustar al centro, competir con Ayuso sin competir con Ayuso y ser él mismo siempre que ser él mismo no resulte electoralmente inconveniente.

El resultado es una posición política que necesita explicaciones constantes.

Feijóo puede levantarse por la mañana defendiendo la moderación, llegar al Congreso con un discurso especialmente duro y descubrir después de comer que Isabel Díaz Ayuso ha introducido otro asunto en el debate nacional. Debe de ser agotador.

Y ahí aparece el segundo gran problema estratégico del PP. Vox.

El Partido Popular lleva años intentando decidir qué relación debe mantener con una formación que compite por parte de su electorado y que, al mismo tiempo, puede convertirse en socio parlamentario o de gobierno. Cuando el PP endurece el discurso para recuperar votantes de Vox, se expone a que algunos electores prefieran las posiciones originales de ese partido. Cuando modera el discurso para conquistar el centro, Vox dice que es la “derechita cobarde”.

Cuando pacta con Vox, el PSOE utiliza el pacto como argumento electoral. Cuando no pacta con Vox, puede encontrarse con dificultades para formar gobiernos.

Una maravilla estratégica.

El PP todavía tiene pendiente explicar con suficiente claridad cómo concilia sus diferencias con Vox con la posibilidad de necesitar sus votos.

¿Es un adversario, un socio, un competidor, una muleta parlamentaria o ese familiar incómodo al que hay que sentar lejos de la cámara en las bodas? Me recuerda a la canción “El abuelo fachorro”

Y mientras Feijóo intenta resolver semejante ecuación aparece Isabel Díaz Ayuso.

Ayuso tiene una cualidad comunicativa que Feijóo seguramente querría incorporar a su estrategia: consigue que se hable de ella.

Para bien o para mal. Pero se habla de ella.

Tiene un discurso reconocible, una personalidad política muy marcada, seguidores, detractores y una forma de intervenir en el debate público que difícilmente pasa inadvertida. Uno puede compartir sus planteamientos o rechazarlos. Pero normalmente sabe qué está defendiendo.

Con Feijóo, en cambio, determinados cambios de tono y posición exigen una explicación adicional. Y eso provoca situaciones curiosas en las que los mensajes procedentes de Madrid y de Génova no siempre parecen perfectamente

coordinados. Imagino algunas mañanas en la sede nacional.

—Presidente, Ayuso ha dicho esto. Silencio.

—¿Nosotros qué habíamos dicho?

—Lo contrario.

—Joder.

Y vuelta a empezar.

Pero hay algo que merece una reflexión todavía más seria.

El Partido Popular puede encontrarse con problemas de comunicación propios incluso cuando la actualidad política está centrada en las dificultades del Gobierno. La discusión sobre las pensiones es un ejemplo. Mientras Feijóo ha defendido su garantía, desde la portavocía parlamentaria se ha advertido sobre los problemas de sostenibilidad del sistema y la necesidad de afrontar reformas.

Ambas preocupaciones pueden ser compatibles. El problema surge cuando el partido no consigue explicar con claridad cómo pretende garantizar las prestaciones y, al mismo tiempo, asegurar su financiación futura.

Y entonces Pedro Sánchez encuentra un nuevo argumento de campaña. Porque las contradicciones del adversario también son material político.

Cada vez que el PP tiene que dedicar tiempo en aclarar sus propias declaraciones, dispone de menos espacio para desarrollar las propuestas con las que pretende disputar el Gobierno.

Gracias, Pedro, podría titularse este artículo si lo escribiera alguien que considerase que Sánchez le está facilitando el camino a Feijóo. Pero, desde la perspectiva contraria, también podría llamarse Gracias, Alberto.

Porque esa es la paradoja que recorre toda esta historia.

El PP no tiene que demostrar únicamente que Pedro Sánchez acumula desgaste. Tiene que conseguir algo distinto: que los españoles quieran que gobierne el PP y no simplemente que deje de gobernar Sánchez.

Y no es lo mismo.

Ahí reside toda la diferencia entre una oposición y una alternativa.

Una oposición señala problemas. Una alternativa consigue que puedas imaginar el día siguiente.

Una oposición denuncia la vivienda. Una alternativa explica qué hará con ella.

Una oposición critica los impuestos. Una alternativa explica cuáles modificará, cuánto y cómo financiará después los servicios públicos.

Una oposición denuncia el deterioro institucional. Una alternativa explica qué instituciones reformará y qué límites se impondrá ella misma cuando llegue al poder.

Una oposición dice que España va mal. Una alternativa consigue que alguien piense: «con estos podría ir mejor».

El PP tiene propuestas en distintos ámbitos, desde la fiscalidad hasta la vivienda.

La cuestión no es negar su existencia, sino preguntarse por qué su proyecto no siempre ocupa el centro de su comunicación política y qué parte de sus dificultades electorales puede explicarse por ello.

Porque después de años diciéndonos por qué Sánchez no debería seguir siendo presidente, sigue siendo pertinente preguntar por qué Feijóo debería sustituirlo y qué cambiaría exactamente en la vida cotidiana de los ciudadanos.

Las encuestas permiten observar esa tensión, aunque no ofrecen una explicación única. El PP conserva un apoyo electoral importante, Vox disputa parte del espacio de la derecha y el PSOE mantiene una capacidad de movilización que los conflictos internos no han eliminado.

Todo ello debería alimentar un debate estratégico profundo en Génova.

Sobre el liderazgo. Sobre las propuestas. Sobre los pactos. Sobre la comunicación. Sobre el tipo de mayoría social que pretende construir.

Y, especialmente, sobre el peligro de confiar en que los errores ajenos hagan innecesario explicar las virtudes propias.

Quizá el PP termine gobernando. Quizá no. Eso lo decidirán los electores. Pero incluso una eventual victoria plantearía una pregunta interesante.

¿Hasta qué punto habría conseguido el Partido Popular ampliar el apoyo a su proyecto? ¿Y hasta qué punto se habría beneficiado del desgaste del Gobierno saliente?

Porque son fenómenos diferentes, aunque puedan producirse al mismo tiempo. El PP lleva demasiado tiempo expuesto a una tentación muy humana: comportarse como un heredero que sabe que algún día podría recibir la casa y, por tanto, considera innecesario aprender a construir una.

Tal vez las próximas elecciones le permitan demostrar que tiene un proyecto sólido para gobernar. Pero si de verdad Pedro Sánchez es todo lo que el Partido Popular lleva años diciéndonos que es; si realmente considera que España atraviesa el deterioro político e institucional que describe cada día; si verdaderamente cree que sustituir al Gobierno constituye una prioridad nacional…

¿Esto es todo lo que tiene que ofrecer como alternativa?

Porque entonces la discusión no debería limitarse a Pedro Sánchez. También debería incluir a quienes aspiran a sustituirlo.

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