Hablar de guerra en Europa sería, hoy por hoy, un exceso. Pero hablar de tensión social no lo es. El otoño de 2026 está dejando una ola de protestas en Francia, Italia, Bélgica, Portugal y España, impulsada por la vivienda, el coste de la vida y el deterioro de los servicios públicos. En la mayoría de los casos las movilizaciones han sido pacíficas; en algunos, sin embargo, han terminado en enfrentamientos, saqueos e incendios.
En Madrid, la protesta por la vivienda ha mantenido durante semanas una acampada en la Puerta del Sol, tras el desalojo de una mujer mayor que se convirtió en símbolo de una angustia colectiva. En Europa, ciudades como París, Marsella, Milán, Turín o Bolonia han visto cómo manifestaciones legítimas derivaban en episodios de violencia. No se trata de un conflicto armado: es una advertencia.
¿Queremos eso para Cuenca?
Cuenca no es Madrid ni Milán. Aquí no hay grandes concentraciones urbanas, ni una crisis de vivienda comparable a la de las capitales. Pero sí hay algo que las grandes ciudades no siempre comprenden: una fragilidad demográfica y social que no admite sobresaltos.
La provincia necesita atraer y retener población, mantener servicios, sostener empleos y ofrecer a los jóvenes una razón para quedarse o volver. Cada episodio de crispación, cada discurso que enfrenta a vecinos entre sí, cada promesa de soluciones fáciles basadas en el miedo, aleja a quienes podrían elegir Cuenca para vivir, emprender o criar a sus hijos.
¿Queremos que la imagen de nuestra provincia se asocie al ruido, al enfrentamiento y a la desconfianza?
¿O preferimos que se asocie a pueblos con vida, paisajes cuidados, cultura, empleo rural y oportunidades reales?
La política de Cuenca no es un círculo cerrado
La política de una provincia no se decide solo dentro de sus fronteras. Lo que ocurre en España y en Europa condiciona directamente el futuro de Cuenca: las ayudas al desarrollo rural, las inversiones, los precios de la energía, el acceso a la vivienda, la llegada de población y la estabilidad de los servicios públicos dependen de decisiones tomadas muy lejos de nuestros pueblos.
Por eso no podemos mirar hacia otro lado cuando los extremos incendian las calles de Europa. Esos mismos discursos de confrontación, esa utilización del miedo y esa incapacidad para dialogar no son buenos para París, Milán o Madrid. Tampoco son buenos para Cuenca.
La convivencia no es un lujo: es una condición para poder gobernar, invertir y construir futuro. Y la responsabilidad de preservarla no recae solo en quienes gobiernan aquí: también en quienes, desde el Gobierno de España, han hecho de la dependencia de fuerzas radicales una forma de sostenerse en el poder.
La convivencia, nuestra mayor riqueza
En los pueblos, la convivencia no es un eslogan: es una necesidad cotidiana. Nos conocemos, nos necesitamos y compartimos servicios, fiestas, problemas y esperanzas. Esa paz social, esa capacidad de resolver los desacuerdos sin romper el respeto, es uno de los mayores valores del medio rural.
Cuando la política introduce la indignación permanente, el insulto y el mensaje tóxico, no solo deteriora el debate público: deteriora la vida en común. Y una provincia que necesita atraer población no puede permitirse que la desconfianza sustituya a la colaboración.
La puntilla de una España de segunda
Cuenca lleva décadas luchando por salir de esa condición injusta de “España de segunda”: menos servicios, menos inversiones, menos oportunidades y menos voz. El reto demográfico no se resuelve con eslóganes. Se resuelve con continuidad en las ayudas al desarrollo rural, con vivienda asequible, con transporte, con conectividad digital, con sanidad y educación cercanas, con cultura y con empleo.
La tensión social puede ser la puntilla si se convierte en el clima permanente de la vida pública. Una provincia envejecida y dispersa no puede permitirse que la política se reduzca a enfrentar a unos contra otros. Necesita acuerdos, planificación a largo plazo y una administración que no abandone a quienes viven lejos de las capitales.
El peligro de las respuestas fáciles
El malestar es real y merece respuestas. Pero cuando la respuesta es señalar a los inmigrantes, a las minorías o a quienes piensan distinto, no se resuelve el problema: se agranda. Los partidos extremistas convierten la angustia en enemigo interior y el enemigo interior en una excusa para no abordar las causas profundas del abandono rural.
El problema no es solo su discurso: es su falta de estructura y de experiencia para afrontar la gestión que Cuenca necesita. Gobernar el medio rural exige conocer los plazos de una ayuda, sostener un servicio comarcal, negociar con administraciones, planificar inversiones y responder cuando falla un autobús, un consultorio o una conexión a internet. No basta con gritar contra algo: hay que construir soluciones.
El futuro también tiene nombre de mujer
El futuro de Cuenca pasa, de manera decisiva, por las mujeres que eligen el medio rural como lugar para desarrollar su vida. Mujeres que emprenden, cuidan, producen, dinamizan asociaciones, sostienen comercios, participan en la vida cultural y construyen comunidad allí donde otros solo ven despoblación.
Para que puedan quedarse, volver o llegar, necesitan condiciones reales: empleo digno, conciliación, vivienda, transporte, servicios de cuidado, igualdad de oportunidades y seguridad. Ofrecer a las mujeres un medio rural de calidad no es solo una cuestión de justicia: es la mejor inversión demográfica y social que puede hacer esta provincia.
Y merece un reconocimiento especial a las mujeres rurales que se atreven a liderar: las que presentan proyectos, crean empleo, defienden servicios, organizan la vida asociativa y demuestran cada día que el futuro de los pueblos también se construye con su voz, su trabajo y su determinación.
Lo que Cuenca necesita
Cuenca necesita menos ruido y más gestión. Menos consignas y más soluciones eficaces: consultorios funcionando, autobuses y un tren que conecte de verdad los pueblos, una red telemática de calidad, viviendas rehabilitadas, escuelas abiertas, empleo joven, cultura en los municipios y más oportunidades para las mujeres.
Necesita un proyecto serio para el medio rural, basado en la estabilidad, el diálogo institucional y el apoyo a quienes emprenden, producen y cuidan nuestros pueblos. También necesita que quienes llegan
a la provincia sean recibidos como parte de la solución, con integración, respeto y normas claras, nunca como una amenaza.
La provincia ha demostrado que puede crecer cuando se sostienen las políticas de desarrollo rural, se apuesta por la inversión y se facilita la llegada de población. Pero ese avance sigue siendo frágil y lento. Basta una crisis de confianza, un clima de enfrentamiento o una gestión incapaz de responder a las necesidades reales para que esta parte de España que se ha ido vaciando pierda terreno.
No hace falta alimentar escenarios de conflicto ni llamar a la indignación para entender el riesgo que pueden suponer para esta provincia los partidos extremos. Basta comprobar lo que ocurre cuando la frustración se convierte en violencia, la política en enfrentamiento y la gestión en propaganda.
Cuenca no puede permitirse ese camino. Su futuro demográfico depende de la calma, la convivencia, la seguridad y la capacidad de ofrecer un lugar donde quedarse no signifique quedarse atrás. Un lugar donde gobernar signifique resolver problemas, cumplir compromisos y poner a las personas en el centro de las decisiones.
Yolanda Martínez Urbina es presidenta de AFFAMER
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