Opinión

Cuenca inmarcesible

Hay una hora de la tarde, en octubre, en que el Huécar se queda quieto. La luz entra de lado por la hoz, prende los chopos y trepa por la piedra hasta las Casas Colgadas, que llevan siglos ahí, a punto de caer y sin caer nunca. Desde el puente de San Pablo, quien se detiene a mirar nota que algo se le afloja en el pecho. No hay notificación capaz de competir con eso.

Vivimos con la cabeza alquilada. Una máquina nos recuerda las citas, otra nos sugiere qué leer, una tercera nos escribe el mensaje que no sabíamos cómo empezar. Es cómodo, nadie lo niega. Pero el pensamiento es un músculo, y un músculo que no se usa se ablanda. Poco a poco se pierde la costumbre de esperar, de recordar sin consultar el teléfono, de equivocarse a mano.

A esa erosión silenciosa se suma otra, más dura y más visible. Jóvenes que cumplen treinta años en el cuarto de su infancia porque un alquiler se come el sueldo entero. Gente formada que encadena contratos de tres meses y ya no hace planes más allá de ese plazo. Personas que firmaron un préstamo en un mal año y desde entonces viven fuera del mapa, sin cuenta, sin aval, sin que nadie les abra una puerta. Y quien un día perdió a alguien, o perdió el trabajo, o simplemente se quedó solo, y no supo a quién contárselo.

Hay otro perfil del que casi nadie habla. Hombres y mujeres de más de cincuenta años que empezaron a trabajar muy jóvenes y cumplieron con todo lo que se esperaba de ellos: cotizar, ahorrar, pagar la casa, sacar adelante a los suyos. Un día llega un contratiempo que no estaba en ningún plan, un negocio que se hunde, una enfermedad, un aval firmado por confianza, una separación, y en pocos meses se desvanece lo que levantaron durante treinta años. Son demasiado mayores para que el mercado laboral los quiera y demasiado jóvenes para jubilarse. Para ellos no hay red. Empezar de nuevo a esa edad, sin patrimonio y sin apoyo, se parece mucho a empezar desde debajo del suelo.

El cuerpo lleva la cuenta de todo eso. El Observatorio Europeo de Sistemas y Políticas de Salud de la OMS lo dejó por escrito en su último análisis de la sanidad española: entre 2015 y 2022, la presencia de problemas de salud mental en el país creció un 44 %. Hoy los sufre más de una persona de cada seis y, entre las mujeres, más de una de cada cinco. España es, además, el segundo país de la Unión Europea donde más ansiolíticos se recetan, y uno de cada cinco adolescentes corre un riesgo alto de no saber soltar la pantalla. Detrás de cada cifra hay una cocina con la luz encendida a las tres de la madrugada.

Frente a eso, el arte. Las abuelas que bordaban a la puerta de casa ya sabían que pintar o cantar alivia el alma. En 2019, la Organización Mundial de la Salud lo confirmó al reunir por primera vez la evidencia científica disponible: crear, interpretar o contemplar una obra mejora la salud del cuerpo y de la mente, y también la forma en que nos relacionamos con los demás.

Cualquiera puede comprobarlo en sí mismo. Basta un lápiz, un poco de barro o una hoja en blanco para que el tiempo cambie de velocidad. El arte va despacio, tropieza, borra y vuelve a empezar, justo lo que una máquina evita. Por eso es una forma de resistencia y, también, una medicina que no necesita receta.

Cuenca entiende de esto más que muchas ciudades. A mediados del siglo pasado llegaron aquí pintores que buscaban silencio, y lo encontraron colgado sobre un barranco. Aquí las calles suben tanto que obligan a parar y tomar aire. Y aquí el paisaje no cobra entrada: la hoz del Júcar, los pinares de la serranía y la roca que el agua ha ido labrando con paciencia infinita están al alcance de quien no tenga más que unas horas libres.

Cuando una vida se rompe, necesita un lugar donde ir pegando los trozos. Cuenca sabe hacerlo sin preguntar de dónde viene cada uno ni cuánto tenía antes. Una mañana subiendo hacia la Plaza Mayor entre fachadas de colores, una charla sin reloj en una terraza de San Miguel o una tarde con las manos manchadas de pintura pueden ser la primera puntada de la costura.

Las hojas caerán, como cada año. Pero en Cuenca el otoño enseña algo que no se marchita: que siempre se puede volver a empezar, a los veinte o a los sesenta, y que la belleza, mirada con calma, cura. Hay en esta ciudad algo inmarcesible, una luz que ni el tiempo ni las prisas han logrado apagar. Este otoño dorado espera a quien quiera ir a buscarla.

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