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La expedición solidaria del conquense Miguel Ángel Rubio hace cumbre en el Kilimanjaro

Miguel Ángel Rubio y su equipo de expedición formado por Silvia Navarro, Dani Orte, Javier Agraz, Jorge Sánchez y José Manuel Asencio, han cumplido su parte del reto ‘Kilimanjaro, la importancia del momento’ cuyo objetivo es, entre otros, conseguir 20.000 euros para la investigación contra el cáncer y, para ello, cualquier persona puede hacer una donación, a partir de 5 euros, que es desgravable, a través de la Asociación Española Contra el Cáncer, AECC, en el siguiente enlace: https://sumate.mireto.contraelcancer.es/campaigns/Kilimanjaro-La-importancia-del-momento-Cumbres-contra-el-cancer

Hasta la fecha se logrado recaudar el 66% del total, pero todavía quedan 40 días para poder realizar aportaciones: “nosotros ya hemos cumplido nuestra parte del reto, que ha sido hacer cumbre. Ahora está en manos de la gente terminarlo”, asegura Rubio, que añade que la expedición para coronar la montaña más alta de África ha sido un revulsivo para las donaciones: “en poco tiempo hemos superado los 13.000 euros” y afirma haber regresado de Tanzania con gran satisfacción de haber logrado su reto personal y aunarlo con su anhelo de conseguir fondos para la investigación.

Cabe recordar que tras superar un sarcoma, un tipo de cáncer raro que afecta a las capacidades motoras de Miguel Ángel, le dijeron que le costaría subir escaleras, pero con esfuerzo, ejercicio físico, buena alimentación y capacidad de superación, Rubio ha demostrado que puede conseguir lo que se proponga, pues en su expedición no solo han coronado el Kilimajaro sino que, antes, ascendieron al monte Meru para prepararse y aclimatarse a las condiciones que encontrarían en su desafío.

El viaje estaba perfectamente organizado hasta el detalle antes de la partida: “a Lorena Bona, directora de la agencias de viajes Wild bikes safari con la que contratamos la expedición le estoy muy agradecido por su implicación, ha sido una más del equipo de expedición, y también por dejar los precios lo más ajustado posibles, por venir al viaje y subir al Meru con nosotros. No ha sido una simple relación comercial, ha tenido una atención exquisita y tenía muy bien organizada toda la logística”.

Igualmente, Rubio ha querido agradecer la ayuda de la AECC así como el patrocinio pendiente de la Diputación de Cuenca y el Ayuntamiento de Cuenca. “Además, la Fundación Sumando Recursos ha sido vital para poder hacer este viaje gracias a los 16.000 euros con los que nos ha patrocinado”. Por otro lado, Miguel Ángel no ha querido olvidarse de la Fundación UAPO de Granada “que nos asesoró en alta montaña, organizaron nuestra expedición en Sierra Nevada y nos guiaron en la misma, y su ayuda para que el Instituto Mixto Universitario de Deporte y Salud de la Universidad de Granada me realizara un primer chequeo para comprobar mi estado físico”. Al igual que también ha querido señalar el asesoramiento de Eduard Escrich en relación a nuestra preparación para afrontar la alta montaña, aclimatarnos y superar el mal de altura y “el apoyo de los medios de comunicación en la difusión del reto para que llegue a más gente”. Asimismo, Miguel Ángel ha mencionado “la inestimable colaboración de la Federación de Deportes de Montaña de Castilla-La Mancha” que aportó su asesoramiento, patrocinó la expedición y facilitó las gestiones de las licencias federativas; así como a las marcas Regatta y Dare 2B “que proporcionaron la ropa técnica de montaña que se usó durante la ascensión”.

Rubio ha recordado que la experiencia vital vivida por el grupo de aventureros “quedará plasmada en el documental que ha filmado, y en el que ya está trabajando, Simón Noguera (Jorge Sánchez)”.

Aventura en África

El viaje a Tanzania comenzó el 15 de enero con un pequeño contratiempo ya que el avión que partía desde Madrid a Qatar salió con retraso, lo que provocó que perdieran el enlace Doha-Tanzania y se vieran obligados a coger un vuelvo al día siguiente: “eso nos permitió tener un día para ver Doha pero supuso llegar con un día más tarde a Arusha (Tanzania)”. El retraso fue importante porque antes de ascender al Kilimanjaro subieron el monte Meru (4.566 metros) y cuando llegaron ya les estaban esperando, por lo que no tuvieron tiempo de pasar por el alojamiento a descansar ni seleccionar tranquilamente las cosas que necesitaban para cada ascensión: “la subida al Meru era de cuatro días y tuvimos que coger muy rápidamente lo que íbamos a necesitar, lo hicimos con presión y fue un poco estresante porque no sabes qué llevarte y qué no. Por suerte los guías nos aconsejaron”. Les acompañó en la ascensión un ranger del Parque Nacional de Arusha “porque hay búfalos y son peligrosos, puede atacar, y necesitas ir con acompañante armado”.

La primera etapa, de unas seis horas, los llevó hasta el campamento Miriakanba, a 2.514 metros, fue una “caminata sencilla, apacible, vas por la selva; aunque lo duro de esta etapa es que veníamos prácticamente sin dormir desde nuestra salida desde España”. En la segunda etapa llegaron al campamento base, Saddle Hut a 3.570 m y después subieron a Little Meru “que está a 3.820 metros, por lo que ahí ya nos empezamos a preparar y aclimatar para el día siguiente, que era la propia ascensión al Meru”. La iniciaron a la una de la madrugada y, aunque confiesa que el mal de altura no es tan potente como en el Kilimanjaro, “se empieza a sentir. Además es una subida muy técnica y mucho más dura aunque tenga menos altitud que el Kilimanjaro. Se pasa por varios pasos donde hay riesgo de caídas graves, vas con cadenas de seguridad”.

De hecho, dos miembros del equipo no pudieron culminar la ascensión al Meru: “Jorge debido a su vértigo y José Manuel aquejado del mal de altura” entre cuyos síntomas se encuentra la falta de apetito: “es fundamental comer bien e hidratarse porque se consume un montón de energía, y si no tienes suficientes calorías le vas a exigir mucho a los músculos, por lo que la fatiga se multiplica”.

A partir de la zona llamada Cobra Point, Miguel Ángel sentía ya una fatiga “inmensa”. Así lo cuenta: “las zonas en las que no podíamos usar bastones me cargaban mucho la pierna, a cada paso me la tenía que colocar con la mano, me cansaba mucho, y los últimos 150 metros son una ladera bastante inclinada de piedra que tienes que subir usando las manos, trepando, no puedes utilizar los bastones, eso me remató… fue terrible para mí”. Con mucho esfuerzo, Rubio coronó el Meru: “cuando estás al límite de tu fuerza física y tienes que seguir subiendo, entra en juego tu mente, vas concentrado e intentando ignorar el dolor. Y cuando lo consigues, la alegría es inmensa”.

El descenso fue otro hándicap para Rubio: “la bajada para mí es muy complicada porque se sobrecargan mucho las piernas”. Cabe señalar que, además de la dificultad motora que Miguel Ángel presenta a causa de su cáncer, al viaje se fue con una pequeña lesión en el dedo meñique de su pie derecho que le impedía pisar bien: “cargaba el peso en el dedo pulgar, que es donde tengo la neuropatía, llegue al campamento base cojeando, no podía andar”. Sin embargo, desde el campamento base hasta el campamento donde se pernoctaba quedaban todavía en torno a 1.000 metros por bajar: “estábamos descansado cuando empezó a caer una granizada inmensa, pero no había logística suficiente para quedarnos a dormir ahí, debíamos que continuar”.

La granizada dio paso a una lluvia torrencial y comenzaron la última etapa del descenso a la orden de los guías de “full rain gear”: “entre la pendiente y el agua hay menos estabilidad, tenía mucho miedo de caerme y hacerme daño en la espalda o en las piernas. Llevaba el pie machacado, sufrí mucho, creía realmente que no podía más, pero el guía, Toni, que es una persona maravillosa, no parada de darme ánimos y estuvo muy pendiente de mí todo el tiempo, al igual que el resto del equipo de expedición, que siempre estaban atentos a como me encontraba de mí”.

Subida al Kilimanjaro

La ascensión al Kilimanjaro estaba prevista para el día siguiente de terminar el descenso del Meru. Sin embargo, el equipo decidió quedarse un día en Arusha a descansar. El 22 de enero llegaron a Londorossi Gate, la puerta de entrada al Parque Nacional del Kilimanjaro por la ruta Lemosho, “pero como íbamos con un día de retraso, fuimos en vehículo hasta Morum Picnic Site a 3.407 metros una zona diferente de la prevista para comenzar a andar hasta Shira Camp 1. Fueron cuatro de caminata, un paseo, a unos 3.400 metros de altitud. En esta etapa hicimos sólo unos 100 metros de ascensión”. Señala Miguel Ángel que, además de los guías, tenían la ayuda de porteadores, “que cargaban con 15 kilos a sus espaldas para llevar las tiendas, la comida, los utensilios para cocinar, el baño portátil…”.

El día 23 se desplazaron de Shira Camp 1 a Shira Camp 2: “fuimos por un valle alpino y pasamos de los 3.500 metros a los 3.895, un trekking de cuatro horas”. El día 24 salieron hacia Barranco Camp, pasando por Lava Tower: “aquí empezó a ser más durillo, ganamos 735 metros de desnivel, es una enorme roca de origen volcánico. Luego bajamos a Barranco Camp y perdemos 680 metros de altitud. Los descensos para mí son muy duros, pero el paisaje era impresionante con escaleras naturales de piedra, el agua circulando por nuestro lado, empezó a nevar… muy emocionante”, afirma Rubio.

Tras ocho horas de caminata, llegaron a Barranco Camp, a casi 4.000 metros: “enfrente empezamos a ver el reto que nos esperaba al día siguiente: Barranco wall una gigantesca pared casi vertical que desde lejos se nos antojaba imposible de subir, pero conforme te acercas compruebas que el sendero que lleva a su cumbre es posible subirlo tiene un sendero que no es tan difícil, pero fue otro reto para mí porque tuvimos que plegar los bastones y subimos estilo mono, usando pies y manos la progresión fue lenta y Jorge demostró una vez más su valor coraje venciendo a su vértigo” cuenta Rubio. Ganaron 300 metros de altitud en dos kilómetros, “pero la vista del Meru al fondo y los glaciares del Kilimanjaro enfrente… fue increíble”.

La siguiente parada en el camino fue Karanga Camp: “aquí se unen otras rutas y sabes que están llegando por el mal olor a pis y excrementos, empieza a haber basura por la montaña… es una de las cosas negativas que me traigo del viaje”. De ahí llegaron al campamento base, Barafu Camp, donde empieza la ascensión al Kilimanjaro: “el 26 de enero subimos por la cordillera de Barafu pasando de 4.000 a 4.600 metros, ya estábamos más alto que en el monte Meru y el mal de altura ya se dejaba notar con más intensidad”.

Tras un ligero descanso para aclimatarse, iniciaron la ascensión a la cumbre de madrugada, el día 27 de enero: “subimos a ritmo muy lento, a cierta altitud te falta el aire, no puedes respirar, te da sensación de ahogo… y ahí nuevamente tienes que poner tu mente a funcionar, serenarte y decirte a ti mismo que no pasa nada, porque si entras en pánico empiezas a hiperventilar y ahí es cuando te ahogas de verdad. Solo tienes que seguir más despacio”, explica Rubio que añade que “cuando no puedes más, comienza otro proceso mental, piensas en tu familia o vas pensando en cosas que te ayuden. Yo pensaba en mi hijo, Miguel, en que sepa algún día el esfuerzo que hice con mis limitaciones y por qué lo hice para que él comprenda y le sirva de ejemplo para ser mejor persona y gestionar mejor su vida. Pensaba también en el primer paseo que me di por el pasillo del hospital con el cuerpo lleno de grapas, ayudado por mi mujer, Eva, con cables y goteros cogidos al cuerpo y ahí sí sentía dolor”. Además confiesa que él tuvo otra sensación: “me dormía de pie. También es síntoma del mal de altura y el peligro que entraña si no vas acompañado es que te puedas dormir y mueras por hipotermia”.

Así llegaron a Stella Point, a 5.735 metros: “es el borde del cráter principal del Kilimanjaro, de ahí a la cumbre quedan unos 150 metros, pero ya ha pasado lo peor”. Así subieron a la cumbre, “al techo de África”. Sin embargo, a los diez minutos, les obligaron a iniciar el descenso: “es peligroso quedarse ahí más tiempo porque puedes sufrir efectos agudos del mal de altura, que en los caos más graves pueden desembocar en un edema pulmonar o cerebral”, manifestó Rubio, recordando el trágico suceso de otro conquense acaecido en 2012. La bajada fue muy dura para Miguel Ángel. Desde la cumbre del Kilimanjaro (Uhuru Peak, 5.895 m) descendieron a Barafu Camp y tras un comer y descansar un rato continuaron con su descenso hasta Millenium Camp a 3.803 metros, bajando casi 2100 metros tras unas 15 horas después de iniciar la ascensión: “conforme vas bajando notas que te vas encontrando muchísimo mejor, aunque la sobrecarga en la pierna está ahí, pero el cansancio por el mal de altura va desapareciendo”.

La despedida de sus guías y porteadores “también fue emotiva. Les habíamos explicado el motivo por el que estábamos ahí, mis circunstancias… familiares de varios de ellos también sufrían cáncer ellos también lloraban porque decían que esta expedición había sido especial para ellos y sentían que formaban parte de la misma. Un porteador, que no hablaba inglés, se acercó y se nos quedó mirando fijamente sin decir nada, entendíamos que quería comunicarnos algo, pero no sabía cómo… El guía nos explicó que nos quería expresarnos su agradecimiento, su padre había muerto de cáncer, me abrace a él”.

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