Hay puertas que se abren hacia el tiempo. Alfa y omega, principio y fin. La de las Petras, junto a la Plaza Mayor y frente a la catedral, es una de ellas. La crucé el día de San Francisco de Asís y, al otro lado, me esperaba la Madre Eulalia.
Es la única monja que queda de la comunidad de las Madres Justinianas de San Pedro. Lo dice mansamente, con una voz baja y ordenada, como quien ha aprendido la medida de la Palabra igual que se miden los puntos de un bordado. Es de La Almarcha, en la Mancha conquense, y lleva más de medio siglo entre estos muros. Conoció una comunidad numerosa y ha visto marcharse, una a una, a sus hermanas. Y, sin embargo, lo primero que transmite no es tristeza. Es serenidad.
Una serenidad que no tiene nada de resignación. Es la calma de quien tiene fe y sabe dónde está y por qué. Mira despacio, escucha sin prisa, sonríe con los ojos antes que con la boca. A su lado, el bullicio de fuera se vuelve lejano, como si el convento tuviera su propio reloj y ella fuera la única que todavía sabe darle cuerda.
Cinco siglos de oración
Esta historia empieza lejos de Cuenca, en la Venecia del siglo XV. Allí vivió Lorenzo Giustiniani, de familia noble, que se entregó a la oración en la comunidad de canónigos de San Giorgio in Alga, en una isla de la laguna. Con los años fue el primer patriarca de Venecia. Murió en 1456 y la Iglesia lo venera como San Lorenzo Justiniano.
En 1490, un deán de la catedral de Cartagena, Martín de Seva y Valera, visitó aquella comunidad veneciana. Le impresionó tanto su espíritu que quiso trasladarlo a una orden femenina, y con doce mujeres fundó en Murcia el primer monasterio. Así nacieron las Canonesas Regulares de San Lorenzo Justiniano, conocidas como Justinianas.
A Cuenca llegaron pronto. En 1509, el canónigo Alfonso Ruiz dejó en su testamento la fundación de este convento. Tras varias sedes cerca de la Plaza Mayor, en el siglo XVIII se levantó la iglesia actual. La trazó Alejandro González Velázquez y la reformaron Martín de Aldehuela y Francisco Biñuales.
La guerra trajo el desastre. En 1936 el convento fue saqueado e incendiado, y se perdieron los retablos y la pintura de la bóveda. La Madre Eulalia recuerda que las religiosas ayudaron mucho en la reconstrucción. ¡Qué gran papel, el de estas mujeres anónimas, en la preservación silenciosa del patrimonio! En 1945, Ángel Pérez Palacios pintó para la iglesia los grandes lienzos de San Lorenzo Justiniano y San Pedro, sus titulares. Hoy el conjunto es Bien de Interés Cultural.
El templo como oración
Al despedirme recorrí la planta elíptica de una iglesia construida para detenerse, mirar hacia lo alto y contemplar en silencio como modo de oración. El arte sagrado no está ahí solo para adornar. Las proporciones, la luz, la piedra y los lienzos son el trabajo de personas que pusieron su talento al servicio de algo más grande. Esa belleza hecha por manos humanas es un reflejo de la Creación de Dios. La armonía del templo nos recuerda la armonía para la que fue creado el mundo, y nos devuelve a su origen. Detenerse ante esa belleza, sin prisa, es abrir una puerta a la fe.
Hilo, oro y paciencia
La Madre Eulalia cuenta que en esta casa había muchas actividades y que cada hermana aportaba las habilidades que tuviera. Su oficio más fino fue el bordado litúrgico: casullas, estolas y los ornamentos del altar y del sacerdote, además de ropa para monaguillos, escapularios y mantillas.
Hacían también encargos del obispo, sobre todo para las parroquias más pobres de la diócesis. Ella recuerda al obispo Inocencio repartiendo aquella ropa litúrgica allí donde hacía falta. Pensemos en esas iglesias de pueblo donde se celebró la misa con un ornamento salido de estas manos. Ha sido, y es aún, una forma callada de estar presente en todo el territorio sin salir de un convento.
También me habla de una pequeña huerta que llevaba un demandadero, el hombre que hacía de puente entre la clausura y el mundo, una figura que aún conservan de modo testimonial. Dentro, el tiempo se mide en horas de oración, en hilos de bordar, en contemplación de la belleza y en silencios compartidos.
Lo que se siente y se quiere
Cuando hablamos de vocaciones, la Madre Eulalia no dramatiza. Dice que siempre las ha habido y que la casa está bien cuidada. Pero hoy faltan. «Necesitamos vocaciones jóvenes», dice. Y añade, con una sencillez que desarma: «No es tan complicado ni tan difícil. Se tiene que sentir y querer».
Esa frase toca muy dentro del alma. Para ella, la vida contemplativa no es una huida ni una renuncia amarga. Es una forma de amor y de fe que se elige cada día.
El carisma que sigue vivo
Las Madres Justinianas de San Pedro pertenecen a una orden de vida íntegramente contemplativa. Siguen a Cristo en pobreza, castidad y obediencia, y sostienen su día en la oración, la contemplación, el trabajo de sus manos y la vida fraterna. Su entrega tiene una intención precisa: rezar por la Iglesia, por sus pastores y por el fruto del trabajo de los sacerdotes en todo el mundo. Hay algo hermoso en esa coherencia: las mismas manos que rezaban por los sacerdotes bordaban la ropa con la que ellos celebraban.
«Oración y contemplación —me dice—. Esa es nuestra misión en la Iglesia».
En un tiempo que corre sin saber hacia dónde, que mide el valor de todo por lo que produce y por lo que se ve, estas mujeres han guardado durante siglos otra forma de estar en el mundo. Un lugar donde el silencio no es vacío, sino escucha. Donde la fe se vive cada día y rezar por los demás es una tarea real, aunque nadie la vea.
Por eso esta columna termina con una llamada. Si alguna joven siente dentro esa inquietud que no sabe nombrar, ese deseo de silencio, de hondura, de entregarse a Dios, que no la aparte por miedo. Que se acerque, que pregunte, que llame a esta puerta. Como dice la Madre Eulalia, no es tan difícil: hay que sentirlo y quererlo.
La luz de las Petras sigue encendida. Que no sea la última.
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