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Semana Santa

Travesía por palabras que atraviesan con el Cristo de la Vera Cruz en el Lunes Santo de Cuenca

Siete palabras. Las justas y necesarias, en la línea de todo lo que rige la procesión del Lunes Santo conquense, desde hace ya treinta años, desde los prolegómenos del desfile, en el interior de la Catedral, hasta la llegada a San Esteban.

Incluso los últimos preparativos son un ritual para la Vera Cruz, que honra cada año a los hermanos que se han marchado con la rosa que reposa junto a la calavera que yace a los pies de la cruz. Las charlas distendidas y las fotos junto a la imagen titular son las únicas concesiones que se permite la hermandad hasta que comienza la misa previa al desfile. Durante veinte años, el obispo José María Yanguas ha oficiado esta Eucaristía y la hermandad ha querido agradecérselo con un pequeño detalle, pensando también en que ya está próxima la jubilación del que ha sido pregonero de la Semana Santa de Cuenca 2026.

Todavía en el interior de la Catedral, la procesión de las Siete Palabras se pone en marcha y el Cristo de la Vera Cruz atraviesa el templo siguiendo el sonido de una campana de muerte y unas voces ancestrales. Los cantos pertenecen al coro Alonso Lobo, que ha recibido al Crucificado en la salida con una nueva composición, Crux Domini, estrenada por el treinta aniversario de la fundación de la hermandad.

Ante una Plaza mayor abarrotada, el obispo de Cuenca es el encargado de la Primera Palabra: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Yanguas admite en su reflexión que el perdón es costoso, ya que “el sentimiento se revela, lo sabemos por experiencia, y el mal que nos han hecho deja huella, queramos o no”. Y sin embargo, anima a seguir el ejemplo de Cristo y perdonar, porque “no es debilidad personal”, sino una “victoria del amor”.

El luto se abre paso entre la multitud y llega hasta su segunda estación. El hermano Álvaro Rozalén pronuncia en la anteplaza la Segunda Palabra, que le hace pensar en la soledad y en los enfermos que caen en la tristeza y la desesperación, gente que anhela “una pequeña luz que les haga salir del fondo del pozo” que, en su opinión, necesitan mirar a los ojos de Cristo, fijarse en su mirada compasiva, y escucharle decir esa promesa que reconforta: “no tengas miedo, estarás conmigo en el paraíso”.

La procesión de la Vera Cruz no avanza, atraviesa, porque es difícil salir indemne de la mirada agonizante y de los tres tambores velados que, como en el Corazón Delator de Poe, llaman a la culpa.  “¡Mujer, ahí tienes a tu hijo!” es la tercera palabra de esta procesión de pensamientos que alumbran en la oscuridad. La pronuncia, en San Felipe, el hermano Juan Minaya, que observa cómo el Crucificado ofrece, en sus momentos finales, un regalo para hacer frente a la tan temida soledad: “Desde la cruz, Jesús sabe que el camino del discípulo será difícil, que habrá noches de duda, momentos de soledad, cruces personales. Por eso no quiere dejarnos solos. Nos da a su Madre. Nos la entrega como presencia, como consuelo, como hogar”.

En su opinión, esta palabra “revela el corazón mismo de la Iglesia, que no nace de una idea ni de una estructura, sino de una relación de amor confiada desde la cruz”.

El Cristo exangüe recorre la angosta calle del Peso, para escuchar la cuarta palabra: “¿Dios mío, por qué me has abandonado?” Ana María Cueva lanza esta y otras preguntas y súplicas: “¿Por qué no me miras?” “¿Por qué no me piensas?” ¿Por qué ya no te siento en mi corazón?”

Sin embargo, la hermana de la Vera Cruz encuentra en las propias dudas y temores de Cristo una respuesta a las incógnitas: 

“Puede que hoy no vea la luz,

Pero sé que estarás conmigo

Hasta el fin de los tiempos.

Padre, que donde vea motivos para abandonar,

halle razones para luchar.”

Ante la iglesia del Salvador, Héctor Soria pronuncia la quinta palabra: “Tengo sed”. El hermano mayor la interpreta como una petición de Jesús para que saciemos nuestra propia sed con sus enseñanzas y las compartamos para que fluyan: “Nosotros tenemos una misión, un deber, y es que esa agua de vida eterna no puede quedarse en nosotros, sino que debe seguir fluyendo desde nuestros corazones hacia los corazones de los demás y así la palabra de Dios continuará derramándose por todo el mundo”.

En las Concepcionistas, con el río Huécar como testigo, llega la sexta palabra: “Todo está consumado”. Miriam Soria nos muestra cómo Jesús completó su misión para animarnos cumplir la nuestra.

“En nuestra vida diaria, a veces nos sentimos abrumados por lo que no alcanzamos, por lo que dejamos pendiente o por la sensación de que todo es demasiado rápido. Entre el trabajo, las responsabilidades, los compromisos y los desafíos cotidianos, podemos olvidar detenernos y mirar el valor de lo que hacemos. “Todo está consumado” nos recuerda que lo que realmente importa no es la perfección ni la cantidad de logros, sino la intención y el amor con que vivimos cada día”, ha señalado la hermana de la Vera Cruz.

La procesión del Lunes Santo conquense afronta  su recta final, en busca de una última palabra que llevarse al alma. Es una palabra de entrega, “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, y la pronuncia el vicario general de la Diócesis de Cuenca, Antonio Fernández, que observa cómo el hijo de Dios, antes de expirar, no expresó “ninguna queja de amargura ni una palabra soez”, sino que “llenó de aire sus últimos pulmones” para expresar un acto de confianza ilimitada hacia el padre, confiándole su espíritu como el bien más precioso”.

Fernandez ha apuntado que esta palabra es especialmente significativa para los cristianos de ahora, en estas circunstancias en las que nos está tocando a vivir” y se ha preguntado cómo transmitir hoy “ese espíritu de fortaleza y confianza” en estos momentos “en el que todos nos sentimos inseguros por las consecuencias que puede tener la escalada bélica en distintos lugares del mundo” y ante “imposición de ideologías donde la muerte se presenta como la única y más fácil solución a los problemas del ser humano.

Tras estas últimas reflexiones el Cristo de la Vera Cruz se resguarda en la iglesia de san Esteban y, en la noche vacía de Cuenca, los nazarenos de Cuenca regresan llenos. Y solo han sido necesarias unas pocas palabras. Con pocas palabras, casi siempre basta.

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