Cultura

Manuel Millares, las arpilleras del centenario

Cuando nieva en la ciudad castellana de Cuenca puede ser un día de sol en la playa de Las Canteras de Las Palmas de Gran Canaria, los contrastes se relacionan simbólicamente en las geografías circundantes que gravitaron en torno a la biografía de un artista como Manuel Millares Sall, cuyo centenario de nacimiento se cumple en estas fechas de redoblados tambores de guerra.

En la adoquinada calle del barrio de Vegueta donde se ubica el Centro Atlántico de Arte Moderno se puede ver aún el apellido Millares como un recordatorio de la saga familiar a la que perteneció el artista canario. Y grandes pinturas suyas, voluminosas y monumentales, como el homenaje a Miguel Hernández o el Artefacto para la Paz, se conservan a la vista de los visitantes que acceden cariacontecidos a última sala del antiguo convento de las Carmelitas descalzas que atesora la Fundación Antonio Pérez de Cuenca, un espacio providencial que toma el nombre del andador de ríos que fuera uno de los entrañables amigos del matrimonio de Manuel Millares y Elvireta Escobio. Su compañera de vida desde la juventud y sus hijas todavía conservan domicilio en la subida hacia las Casas Colgadas, el recinto milagroso del arte abstracto fundado por Fernando Zóbel y Gustavo Torner. Entre Madrid y la capital de la isla atlántica disfruta Elvireta de sus noventa y tantos años, en su casa de la Plaza del Ángel se pueden ver algunas piezas de arte y de historia que se remontan a los tiempos del amor y de la súbita enfermedad del pintor, un último viaje al Sahara fue el clarividente desenlace de los blancos esperanzados en la obra de Millares que conectaban con los ribetes salinos del oleaje natal de su memoria.

Recientemente, el poeta Antonio Puente publicó sus entrevistas con una de las mujeres españolas que fueron partícipes de episodios esenciales del arte entre orillas y mesetas. Y es que la vida del artista estuvo señalada por ese joven romance y la amistad con sus congéneres insulares, Manuel Padorno y Martín Chirino. Las arpilleras de Millares que se distinguen en los museos de Castilla y Canarias son producto de un itinerario vital que tocó los rascacielos de Nueva York, él fue uno de los artífices del Grupo El Paso, la generación que desafió a la dictadura franquista con un pulso de fuerza. Era la libertad de creación preconizada por Sancho Negro, pseudónimo del artista insular en tierras peninsulares, quien metabolizó el dolor y la ternura de las civilizaciones en sus lienzos desgarrados.

Fue Millares un hombre de palabra y de corazón, los neandertalios y las antropofaunas de su pintura proceden de raíces y volcanes, tan medievales como macaronésicas. Fue coetáneo del italiano Alberto Burri, médico militar que participó en el grupo “Origini” y cuya obra está transida de agujeros y sacos, en parentesco singular con los mirlados guanches de Manuel Millares, una técnica de momificación prehispánica que el artista heredó de sus visitas al Museo Canario de su ciudad natal. Al igual que el catalán Antoni Tàpies, con sus cruces y tachones, Millares fundó una ontología matérica que trascendía fronteras, el crítico de arte Alfonso de la Torre ha discernido con holgura el espíritu millaresco en libros y catálogos que con luz de flexo razonan su mágico milenarismo. Y poetas como el andaluz Rafael Alberti y el sueco Lasse Söderberg eternizaron con versos el grito del artista, ángel custodio del negro universo de la condición humana.

Hay en un cajón del fondo de la galerista de Salónica y de la vanguardia, Juana Mordó, en la Facultad de Bellas Artes castellana, una carpeta de obra original de Manuel Millares que persiste bajo llave al paso funesto de la desmemoria colectiva, así como también se extravió un manuscrito del artista que en letras versales contaba su idea del arte, era una larga respuesta a la entrevista que le realizo el nieto del poeta modernista Domingo Rivero, otro exponente universal de las soledades atlánticas.

Se celebra el centenario en este nuevo año de uno de los artistas más emblemáticos del arte contemporáneo, Manuel Millares fue arqueólogo de intimidades y compromisos utópicos que salvaguardan la fe en el progreso humano y la necesaria fraternidad entre culturas y naciones, como escribió Caballero Bonald, las “magistrales transferencias desde lo vivido a lo pintado” constituyeron el haz de luces y sombras en su huella dactilar, una denominación de origen que late en los cuadros de su hermana Jane Millares, así como en los libros de sus hermanos José María y Agustín Millares Sall, familia canaria de procedencia irlandesa, habitantes del son atlántico que renace de las cenizas y las distancias. Manuel fue el más pequeño y el que llegó lejos, a lo más profundo y roto, de este paraíso.

Samir Delgado (Las Palmas de GC, 1978) poeta y crítico de arte, autor del libro “Las geografías circundantes. Tributo a Manuel Millares” (Gobierno de Canarias, 2016)

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