Opinión

Calles de mierda

Te hablo claro, como nos hablamos tú y yo. Esta mañana, otra vez, llevar a los niños al colegio ha sido como cruzar un campo de minas. Esquivando manchas de meados en las paredes y esos “regalos” de mierda —literalmente— que algún vecino decidió que era mejor dejar ahí para que los disfrutáramos los demás. La acera del colegio de mis hijos, francamente, da asco.

Ǫuiero serte honesto desde el principio para que no nos llamemos a engaño: no soy imparcial. A mí no me gustan los animales de compañía, y, encima, escribo este artículo desde el cabreo. Pido disculpas de antemano. Me declaro incapaz de entender cómo alguien puede meter a un animal en un piso de 70 metros cuadrados. Hace poco presencié algo que me reafirmó en esto: un gato encerrado en una terraza, solo, bajo el sol, durante horas. Supongo que sus dueños estarían trabajando y no querían que el animal campase a sus anchas por el salón, así que lo “aparcaron” fuera. Escuchar sus maullidos desconsolados, esperando una llegada que no se producía, me provocó repugnancia. ¿Eso es amor? Para mí, eso no es compañía; es una condena en miniatura entre olores, pelos y soledad.

Respeto ese afecto que otros sienten por sus mascotas, pero hay una frontera que no deberíamos cruzar: tu elección de vida no puede ser mi castigo. Es de justicia decir que la gran mayoría de los dueños en Cuenca son gente cívica. Vecinos que llevan su bolsa y su botella de agua con vinagre para diluir el pis, y que son los primeros perjudicados por el rastro de suciedad que deja un solo incívico.

Pero hablemos de los que faltan al respeto. Según los datos del Colegio de Veterinarios, en Cuenca hay censados unos 9.000 perros ; sin embargo, el propio Ayuntamiento ha señalado que apenas 50 de ellos están inscritos correctamente en el Censo Municipal de Animales. Esa falta de control alimenta la impunidad. No recoger los excrementos es una infracción que en nuestra ciudad puede costar hasta 750 euros. Visto el estado de nuestras calles, me declaro firmemente partidario de aumentar estas sanciones. Si la educación no funciona, quizá lo haga el bolsillo.

Y hay un punto más: la correa. Entiendo que tú tengas claro que tu perro es “bueno” y que “no hace nada”, pero los demás no tenemos por qué saberlo. Mi hijo mayor les tiene pánico, y no tenemos por qué soportar que un animal venga a olerle o a mancharle la ropa, sin mencionar, el mal rato que pasa. La normativa en Cuenca obliga a que los animales transiten con collar y correa. ¿Crees que tu perro necesita correr y moverse en libertad? Llévalo al campo o a las áreas de esparcimiento, y, por supuesto, edúcalo, si quisiera un perro en mi regazo, adoptaría uno.

En serio, amigo, creo de verdad que la gente que ama a los animales son, a menudo, mejores personas. Pero la convivencia en la sociedad actual exige cumplir las normas. Habría que preguntarse si la situación de encierro de algunos animales corresponde al amor o a un simple capricho humano. Como decía John Stuart Mill: “La libertad de cada individuo debe tener este límite: no debe ser un perjuicio para los demás”. No te pido que dejes de querer a tu mascota, solo te pido que no me obligues a sufrir las consecuencias de tu decisión.

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