Opinión

Cuenca: del desierto demográfico al territorio que despierta

Después de atravesar el desierto demográfico de Cuenca, no se vuelve siendo la misma persona. Con esa reflexión, escrita en el Camino de las Flores, comprendí el poder de transformación que existe tanto en quienes habitan esta tierra como en el propio territorio, inmerso hoy en un proceso de cambio y desarrollo. Porque algo se recoloca por dentro cuando tomas conciencia de que, detrás de una cifra que suena a condena, hay una  reserva de energía humana esperando que alguien mueva un dedo. 

Ni estamos en la Cuenca de Antoñita la Fantástica, ni en la de The Walking Dead. La realidad es mucho más rica y compleja: existe una dosis de talento latente capaz de crear y generar movimiento. Basta pasear por la capital o por cualquiera de sus 237 municipios para percibirlo. FITUR, sin ir más lejos, nos ofreció recientemente una muestra de ello.

La última EPA confirma que Cuenca cerró 2025 con miles de personas desempleadas. Es cierto. Pero también refleja que hay más de cien mil personas activas y un volumen de empleo estable. No es poca cosa. Significa que la provincia se mueve, que su gente no se rinde y que Cuenca no es una tierra que se apaga, sino un territorio que ha aprendido a decir “aquí estoy”, aunque el sistema aún no sepa muy bien qué hacer con tanto potencial dispuesto a trabajar, emprender o reinventarse.

El crecimiento de la población activa no debería interpretarse como un dato frío, sino como un síntoma de esperanza. Indica menos resignación y más voluntad de formar parte de un proyecto común. Esa actitud es, en sí misma, una forma de rebeldía pacífica y un activo para construir un futuro mejor.

Mientras tanto, el territorio habla, y lo hace por una diversidad de voces. El turismo se prepara para batir récords, consolidando a Cuenca como destino deseado por quienes buscan naturaleza, cultura y autenticidad. La bioeconomía forestal empieza a convertir los montes en motor de empleo y emprendimiento verde. La economía de los cuidados se abre paso en una provincia envejecida que reclama atención, acompañamiento y comunidad. La reindustrialización tecnológica da señales de vida y el sector agroalimentario —heredero del alma rural— busca relevo, transformación y nuevos canales digitales de venta, manteniendo la dignidad pese a las dificultades del campo y las exigencias motivadas de unos agricultores, que no se rinden. 

La cuestión no es solo cuántas personas están en paro, sino si Cuenca sabrá conectar esa energía humana disponible, con los sectores llamados a crecer. Si habrá formación adecuada, emprendimiento con arraigo y políticas valientes que prioricen lo local, el equilibrio igualitario entre mujeres y hombres y el asentamiento poblacional, si existirá la capacidad colectiva de cambiar la mirada para dejar de ver los datos como un castigo y empezar a entenderlos como una llamada a la acción. Algo así y en términos prácticos, es como mirar hacia el eclipse, que sucede y no podemos detener, para disfrutar generando economía y empleo, en lugar mirarlo con temor o con lamento por la oscuridad que conlleva. 

No podemos reescribir la EPA de 2025, pero sí decidir qué contarán las siguientes sobre Cuenca. La diferencia entre un territorio que vive en la lástima y en la queja y otro que se levanta es solo una cuestión de actitud. Que las personas que hoy aparecen en una estadística sean mañana nombres con oficio y proyecto de vida depende de ese cambio de enfoque y del compromiso de quienes deciden creer, iniciar o llegar a Cuenca para construir futuro. También de los que un día nos fuimos… y seguimos soñando con volver.

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