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Opinión

Puede que tengas razón, amigo

No hay que irse muy atrás para comprobar que la mayor disputa en una comunidad de vecinos solía ser el ruido de un televisor a medianoche o la elección del color de la fachada. Hoy, el conflicto ha mutado en algo más silencioso pero más sucio. Hemos permitido que la pasión ideológica devore la cortesía, olvidando que compartimos los mismos baches en la carretera y la misma luz de nuestras farolas. La polarización no es solo una diferencia de opiniones; es un muro que estamos levantando piedra a piedra en el portal de nuestra propia casa.

La prueba de esta patología se encuentra en los rincones más insospechados. Hace unos días, en el rellano de mi comunidad, la hoja para anotar la lectura del gas terminó convertida en un campo de batalla de tinta barata. Lo que debían ser cifras eran insultos contra unos y ensalzamientos hacia otros. Es el absurdo total: ya no podemos ni informar de nuestro consumo de energía sin lanzar una granada retórica al vecino. Hemos convertido el recibo del gas en un manifiesto de guerra.

Esta crispación no es un accidente; es un producto diseñado. A la clase política actual le interesa una sociedad envalentonada y fracturada, porque un ciudadano que odia es un ciudadano que obedece a su bando sin rechistar. Me emociona pensar cómo el mejor ejemplo de escucha y respeto lo tuvimos los españoles en la Transición. En aquel momento, políticos de todos los colores, con heridas abiertas muy recientes y profundas, fueron capaces de sentarse y ponerse de acuerdo para crear una sociedad amable para todos. Es desolador ver cómo, hoy en día, alguien ha decidido reventar aquel legado para su propio beneficio político, prefiriendo la trinchera al consenso.

Pero la mayor hipocresía la cometemos en casa. Intentamos educar a nuestros hijos en el pensamiento crítico; les pedimos que razonen y que no se crean lo primero que lean. Sin embargo, nosotros mismos somos los primeros en suspender el examen. Caemos en la trampa del vídeo corto que el algoritmo nos sirve para regalarnos el oído, llenando de dopamina nuestro organismo simplemente porque hemos oído lo que nos gusta oír.

Como advertía Schopenhauer, el ser humano prefiere tener razón a encontrar la verdad. Pero la verdadera inteligencia reside en el espacio que hay entre las facciones. Al apagar el ruido del algoritmo, podríamos descubrir que los argumentos del que piensa diferente pueden tener algo de razón, al igual que los nuestros. A través de una conversación sosegada, es posible encontrar ese punto medio que satisfaga a la mayoría; lo mismo que les exigimos a nuestros representantes. No podemos pedir en el Parlamento lo que somos incapaces de practicar en el rellano. Recuperar la concordia empieza por reconocer que, entre tanto insulto garabateado, ambos respiramos el mismo aire y nos preocupan las mismas facturas.

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