El reciente buzoneo promovido por el alcalde Darío Dolz, bajo el lema “Cuenca va por buen camino”, no puede interpretarse sino como un ejercicio de propaganda anticipada. Y resulta difícil no subrayar el hecho de que aún resta más de un año para las próximas elecciones municipales. Más allá del mensaje optimista —legítimo en cualquier acción de gobierno—, surgen preguntas inevitables: ¿cuánto ha costado esta campaña a las arcas municipales? ¿Era realmente necesaria? ¿Y, sobre todo, refleja fielmente la realidad de la ciudad?
El folleto presenta un balance de inversiones y actuaciones que, en muchos casos, requieren matices importantes. Algunas de las iniciativas destacadas ni siquiera han sido ejecutadas todavía —como los anunciados remontes al Casco Antiguo—, mientras que otras corresponden a administraciones ajenas al Ayuntamiento, como la nueva comisaría, la oficina de empleo o el Hospital Universitario, ubicado además a varios kilómetros del núcleo urbano. La apropiación política de proyectos ajenos no es nueva, pero sí resulta especialmente llamativa en un documento que pretende evaluar la gestión municipal.
Especialmente discutible es el tratamiento que se hace del transporte público. Se mencionan cifras de usuarios de las lanzaderas del AVE como si fueran un éxito consolidado, omitiendo el contexto: la implantación de estas frecuencias fue consecuencia directa del fracaso del denominado “intercambiador” en la estación convencional. Aquel experimento, retirado en apenas dos semanas tras generar un caos generalizado, no solo provocó el rechazo masivo de los ciudadanos, sino que además supuso un coste directo —al menos 12.500 euros en servicios informativos— que acabó, literalmente, en la basura.
Pero más allá de los silencios puntuales, lo preocupante es el relato incompleto. No hay una sola mención a uno de los asuntos más controvertidos del mandato: el cierre del tren convencional, impulsado desde el propio equipo de gobierno y su entorno político. Una decisión de enorme impacto que ha sido interpretada por amplios sectores sociales como una hipoteca para el desarrollo turístico, industrial y logístico de la provincia, además de alimentar sospechas sobre futuros usos urbanísticos de los terrenos liberados.
Los dos mandatos de Dolz al frente del Ayuntamiento han estado marcados, según numerosas asociaciones vecinales, colectivos ciudadanos y grupos de la oposición, por una gestión irregular en ámbitos clave. La reorganización del transporte urbano, con cambios de líneas y paradas ejecutados sin suficiente información previa, generó desconcierto y pérdida de usuarios. Las obras municipales —desde la peatonalización del Casco Antiguo hasta la reforma de la Plaza de España— acumularon retrasos, modificaciones sobre la marcha y críticas por su impacto económico y social.
A ello se suma una percepción persistente de falta de planificación, comunicación deficiente con la ciudadanía y escasa transparencia en determinadas inversiones. Proyectos anunciados como transformadores, vinculados al denominado Plan (fake) XCuenca o a la recuperación de patrimonio, avanzan con lentitud o siguen sin materializarse.
Concluyen dos mandatos de Dolz (y de cuatro administraciones del mismo signo político) sin haber hecho una sola referencia ni reivindicación a las, hace 20 años prometida, autovías a Albacete/Valencia, a Teruel y a Guadalajara. Acentuando así el cada vez mayor aislamiento de esta ciudad y su provincia pese a estar en el centro de la península y a medio camino de la primera y tercera ciudades de Cuenca en importancia demográfica, industrial y económica de España.
Nada se dice tampoco de la cesión constante de agua de nuestros embalses a otras provincias y Comunidades Autónomas sin que los conquenses se beneficien en contrapartidas en forma de inversiones que sí reciben otras demarcaciones de nuestra Comunidad Autónoma.
Frente a todo ello, el equipo de gobierno insiste en que las actuaciones emprendidas sientan las bases de una modernización a largo plazo. Es un argumento recurrente, pero que pierde fuerza cuando la realidad cotidiana de los vecinos no parece acompañarlo. Porque gobernar no es solo comunicar logros, sino asumir errores, explicar decisiones controvertidas y rendir cuentas con claridad. Y en ese terreno, más allá de folletos y lemas, es donde se mide verdaderamente el rumbo de una ciudad.
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