Opinión

9M: El silencio de las mujeres de la despoblación

El silencio de la despoblación siempre llega un día después, cuando se apagan los focos y el país cambia de tema. Yo llevo unos años escribiendo precisamente ahí, en el día después.

En una España que presume de igualdad, hay un silencio que casi nunca entra en los discursos: el de las mujeres de los pueblos que pierden gente, servicios y oportunidades. Ellas no salen en las fotos del 8M ni encajan en el relato amable del feminismo que queda bien en los escaparates. Rara vez se sientan en un plató, pero llevan décadas sosteniendo pueblos, familias y economías enteras sin que nadie se pare a preguntarles qué les pasa, qué necesitan o qué piensan de verdad.

Mientras en las capitales discutimos sobre cuotas, ministerios y grandes leyes, ellas siguen haciendo las cuentas con el tiempo y el dinero justos para llegar a fin de mes. Son las que se levantan antes de que amanezca para encadenar cuidados, trabajos mal pagados, explotaciones agrarias o pequeños comercios en lugares donde cada cierre es una despedida. A su alrededor se vacían las aulas, se cierran consultorios, se recortan líneas de autobús. Y, sin embargo, cuando se habla de igualdad, casi nadie gira el mapa hacia esos territorios donde el morado de las manifestaciones apenas se ve.

En estos años se ha asentado un feminismo muy visible, sobre todo urbano, que también habla en nombre de “las mujeres de lo rural”. Tiene un perfil reconocible: mujer de ciudad, con estudios, con el lenguaje afinado para las redes y los foros. No es que ese feminismo sobre ni que esté equivocado, pero muchas mujeres rurales no se reconocen en ese código. No porque estén “atrasadas”, sino porque su agenda diaria va por otro lado: que no desaparezca la escuela, que haya médico más de un día a la semana, que el autobús siga pasando, que sus hijas puedan quedarse sin tener que conformarse con un futuro de segunda.

También falta en el relato oficial otra constelación de mujeres: las que se quedaron cuando lo fácil era irse, las que se fueron y se arruinaron para empezar un proyecto que fracasó. Las que sostuvieron asociaciones, cooperativas, parroquias, fiestas y tejido social sin cobrar un euro, mientras partidos e instituciones utilizaban su trabajo como decorado de actos, campañas o promesas. Las que creyeron una y otra vez en proyectos que nunca llegaban, en planes de desarrollo rural que se quedaban en foto y titular. De ellas casi nadie se acuerda cuando llega la temporada de proclamar lo mucho que importan la igualdad y la España interior.

Y están, además, las que no encajan en el guion político de moda. Las que son creyentes, las que votan distinto a lo que se espera de “una mujer concienciada”, las que no se identifican con ciertos símbolos pero sí con la palabra justicia. Mujeres que han aprendido a sobrevivir a la violencia económica, a la soledad forzada, a la ausencia de servicios básicos, a un Estado que llega tarde o directamente no llega. Su rebeldía no siempre se grita en la calle; muchas veces se ejerce quedándose, organizándose, diciendo “no” a abandonar el territorio aunque todo empuje en otra dirección.

La despoblación también tiene rostro de mujer: pensiones mínimas, viudedad, trabajos de cuidado sin salario ni reconocimiento, renuncias acumuladas a lo largo de años. Sin embargo, esa dimensión rara vez aparece en los grandes planes para “salvar” el medio rural. Se habla de infraestructuras, de ventajas fiscales, de digitalización, pero casi nunca de quién decide, quién firma, quién cobra y quién se queda atrapada cuando no hay alternativas.

Si queremos hablar en serio de feminismo en este país, habrá que dejar de utilizar a las mujeres rurales como postal costumbrista y empezar a escucharlas como lo que son: sujeto político con criterio propio. Ellas distinguen sin esfuerzo lo que es pura decoración de lo que les cambia la vida: ven la diferencia entre un cartel morado y un consultorio abierto, entre un discurso sobre conciliación y una red real de servicios que permita trabajar y cuidar sin romperse por el camino.

En la España disponible, el feminismo no es una moda ni un eslogan de temporada: es la pregunta incómoda de si una mujer puede vivir, decidir y quedarse en su pueblo sin pagar por ello el precio de la invisibilidad. Tal vez haya llegado la hora de que el silencio de las mujeres de la despoblación deje de servir como coartada para seguir ignorándolas y se escuche por fin como lo que siempre ha sido: un grito que sostiene, a duras penas y desde abajo, el territorio del que tanto se habla y tan poco se cuida.

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