Desde el 1 de enero ha pasado a dominio público la obra del naturalista aragonés Odón de Buen, padre de la oceanografía española y uno de los grandes responsables de que el nombre de la Ciudad Encantada de Cuenca llegara a toda España a principios del siglo XX.
En su Historia Natural, De Buen pone la Ciudad Encantada de Cuenca como ejemplo de cómo la acción erosiva de la lluvia es capaz de formar las “más curiosas y fantásticas que puede soñar cualquier imaginación calenturienta”.
“En una extensión que no se recorre en un día de verano y formando un verdadero laberinto del cual se sale difícilmente sin un buen guía, se ofrece al espectador un panorama al que no daría crédito si la fotografía, con su materialidad, no le reprodujera y perpetuara”, describe el científico este paraje que, en su opinión, merece justamente ese apelativo de Ciudad Encantada.
La Historia Natural recoge la descripción que hizo de estas formaciones naturales el geólogo Federico de Botella y de Hornos en 1875, que también se fijó en las Torcas y en las Hoces de la Serranía de Cuenca “que representan á su vez la pacientísima labor en manos del tiempo de una humilde gota de agua”.
En su Síntesis de una vida política y científica, Odón de Buen relata cómo fue suspendido en 1896 en el ejercicio de las cátedras universitarias por romper con una enseñanza de las ciencias naturales “memorista, descriptiva y sistemática”, una “sucesión de nombres raros” que era “el tormento de los estudiantes” y les hacía “odiar la geología”.
Frente a eso, era partidario de enseñar “la Naturaleza en la Naturaleza” y llevó a miles de estudiantes al campo para enseñarles “maravillas casi desconocidas, como la Ciudad Encantada de Cuenca”. Su primera excursión fue en el curso 1911/12 y fue tan celebrada en la ciudad que la Corporación organizó un reconocimiento público al profesor y a sus estudiantes, además de sufragar los gastos.
Odón de Buen también habló de este paraje natural conquense en conferencias en lugares como el Ateneo de Madrid, algunas de ellas acompañadas por imágenes tomadas por el mismísimo Santiago Ramón y Cajal, otro científico que sintió fascinación por estas formaciones. Además, mostró su apoyo a la capital conquense en demandas de la época, como el establecimiento de la Escuela de Ingenieros de Montes en Cuenca.
En el periódico El Liberal hablaban del científico aragonés como un “hombre eminente, biólogo insigne, maestro de naturalistas, de valía indiscutida y de sólida reputación). Odón de Buen, que este es el sabio, sin mira ambiciosa, con el altruismo del que persigue la verdad por solo darla á conocer á sus semejantes, ha hecho que en Madrid se hable de Cuenca como de pueblo conocido, y de la Ciudad Encantada, como de una nueva Suiza, digna de visitarse”.
La mayor muestra de agradecimiento de Cuenca a Odón de Buen fue ponerle su nombre a la calle de Los Tintes, que transcurre a los pies del Casco Antiguo y paralela a la hoz del Huécar.
El alzamiento militar de 1936 sorprendió a Odón de Buen en su laboratorio de Palma de Mallorca. Su prestigio no impidió que fuera encarcelado durante un año. En aquel momento temió que era el fin de su carrera científica, pero a la vez tenía fe en que iba a dejar “continuadores prestigiosos”, mientras pedía a la Naturaleza que me conserve la vida tiempo bastante para ver hundido el espíritu del Mal que ha sembrado de ruinas y de cadáveres el mundo, y para ver a mi patria, curada de sus heridas.
Odón de Buen murió en el exilio, en México, en el año 1945. Dos años antes habían despojado de su nombre a la calle Los Tintes, que recuperó la denominación por la que hoy se conoce. El borrado de su huella quedó ahí, porque en las excursiones a la Ciudad Encantada de hoy todavía se habla de la labor que hizo este eminente científico.
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