En el año 2060, Cuenca es un territorio donde el silencio se ha convertido en paisaje. Lo que comenzó como una tendencia demográfica preocupante en las primeras décadas del siglo XXI acabó siendo la crónica de un vaciamiento prolongado, casi imperceptible, que ha transformado la provincia en un espacio con más memoria que futuro. Las calles yermas de muchos pueblos, los campos convertidos en desiertos energéticos y la ausencia de una juventud que hace décadas dejó de creer en el porvenir de su tierra describen una realidad que nadie quiso, pero tampoco nadie supo o quiso revertir.
Los números eran conocidos desde hacía tiempo: pérdida constante de población, la edad media más alta de Castilla-La Mancha, una densidad demográfica por detrás de la de Laponia. Pero las cifras, tan repetidas como ignoradas, no lograron provocar una reacción eficaz. A lo largo de los años 30 y 40 del siglo XXI, la despoblación se aceleró hasta convertir a Cuenca en uno de los territorios más envejecidos de Europa.
La Serranía Alta se convirtió en un conjunto de pueblos fantasmas donde solo el viento atraviesa las calles. La Alcarria conquense vio cómo sus aldeas quedaban sin escuela, sin consultorio médico, sin niños, sin comercio. El Campo de San Clemente apenas retuvo a unos pocos agricultores que, ya septuagenarios, fueron los últimos en abandonar explotaciones familiares que habían sobrevivido siglos.
Mientras tanto, Madrid se expandía, Valencia prosperaba y Albacete consolidaba su posición como nodo económico. Cuenca seguía inmóvil, sujetada por una población menguante a la que nunca llegaban inversiones estructurales capaces de generar desarrollo real.
La Cuenca de 2060 se ha convertido en una provincia que genera energía para media España, pero que apenas retiene los beneficios. A lo largo de los años 2030 y 2040, grandes operadores energéticos instalaron miles de hectáreas de paneles solares y centenares de aerogeneradores. La provincia, necesitada de ingresos y sin alternativas, aceptó condiciones que territorios más fuertes políticamente habrían rechazado.
Así, Cuenca pasó a ser un gigantesco generador de electricidad destinada principalmente a Madrid, Valencia y Albacete. Por sus tierras discurren las líneas que alimentan polígonos industriales ajenos, urbanizaciones turísticas mediterráneas y centros logísticos de la meseta. Aquí se produce. Allí se consume. Y allí se queda la riqueza.
A ello se sumó la expansión de las macrogranjas porcinas, que aprovecharon la laxitud normativa de una provincia sin capacidad negociadora. El paisaje rural quedó transformado por instalaciones intensivas que, si bien generaban impuestos, deterioraban el territorio más que revitalizarlo.
Si hay un símbolo de la marginación histórica de Cuenca, ese es el agua. El trasvase Tajo-Segura, consolidado a pesar de décadas de polémica, mantuvo una dinámica que beneficiaba a terceros: el Levante, altamente tecnificado, siguió recibiendo caudales vitales para su agricultura intensiva; parte de Castilla-La Mancha, especialmente Ciudad Real, aprovechó ese flujo para regadíos de alto rendimiento.
Cuenca quedó al margen. La provincia de origen del recurso vio cómo el agua atravesaba su territorio sin detenerse, cómo las inversiones hídricas priorizaban otras zonas y cómo los planes de modernización agraria avanzaban siempre lejos de aquí.
La paradoja hídrica se convirtió en un símbolo de la irrelevancia política de Cuenca: aportar sin recibir; ceder sin ser tenida en cuenta.
Por si esto no fuera poco, en la segunda década del siglo XXI se añadió la eliminación del tren convencional que durante 140 años había conectado Madrid con Valencia pasando por la provincia de Cuenca dando cobertura a más de 25 localidades tanto de Cuenca como de Valencia y Toledo, condenándolas al transporte por carretera más contaminante y sujeto a accidentes, atascos de tráfico, etc. Además, condenó a la provincia de Cuenca a no participar en el transporte de mercancías con el consiguiente desarrollo de nodos logísticos y puertos secos con gran creación de puestos de trabajo de los que sí se beneficiaron las provincias de Albacete y Ciudad Real. Todo ello, a pesar de la expansión meteórica del puerto de Valencia, cada vez más necesitado de transporte de mercancías hacia el interior y el oeste de la península (las 2 Castillas, Madrid, Extremadura y Portugal) y al hecho fehaciente de que la línea convencional Madrid-Valencia por Albacete y Alcázar de San Juan es 80 km más larga que la línea Madrid-Valencia por Cuenca, con lo que ello supone d aumento de costes y de tiempo para el transporte de mercancías.
¿Y Cuenca?
En 2060, la ciudad de Cuenca es un núcleo apacible pero envejecido, más parecido a una gran residencia al aire libre que a una capital dinámica. Con una edad media que supera los 60 años, la actividad gira en torno a servicios sociosanitarios y administrativos. El campus universitario se redujo a una mínima expresión. Los jóvenes que pasan por la ciudad lo hacen para marcharse.
Los barrios históricos se han achicado. El comercio local sobreviviente está ligado a necesidades básicas: farmacias, supermercados, centros médicos, pequeños restaurantes. Los edificios de viviendas tienen más pisos vacíos que ocupados.
Durante cuatro décadas, tanto los gobiernos nacionales como autonómicos priorizaron territorios con más electores o con mayor capacidad de presión. Cuenca, con su población menguante, se convirtió en una provincia fácil de relegar.
Promesas de reindustrialización que nunca se ejecutaron, infraestructuras ferroviarias aplazadas una y otra vez, proyectos logísticos desviados a otras provincias, fondos europeos que pasaron de largo. La autonomía, concebida como oportunidad, se consolidó en la práctica como un sistema que favoreció sistemáticamente a Toledo, Ciudad Real y Albacete.
Pero sería injusto cargar toda la responsabilidad sobre las instituciones. Cuenca también falló desde dentro. La falta de movilización colectiva, el miedo a incomodar a los partidos gobernantes, la dependencia clientelar de ayuntamientos y diputaciones y la resignación histórica contribuyeron a un declive silencioso.
La sociedad civil, dispersa y envejecida, perdió capacidad de reacción justo cuando más la necesitaba.
El resultado es una provincia semivacía, con una economía dependiente, con un agua que sirve para enriquecer a otros territorios, con energía que ilumina industrias ajenas y con pueblos que son memoria, no vida.
La pregunta, en este punto, no es cómo se llegó hasta aquí, sino si aún existe margen para cambiar el rumbo en las décadas que restan.
Cuenca podría renacer… pero el reloj ya corre en su contra.
La pregunta, en este punto, no es cómo se llegó hasta aquí, sino si aún existe margen para cambiar el rumbo en las décadas que restan.
Cuenca podría renacer… pero el reloj ya corre en su contra.
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